Juana en sus palabras

Juana de Ibarbourou es un caso paradojal de las letras uruguayas. Su nombre y su semblante son casi universalmente conocidos, mucho más que los de María Eugenia Vaz Ferreira o Delmira Agustini, Idea Vilariño o Marosa di Gorgio. Pero la obra de Juana es mucho menos conocida que la de otras escritoras, y su propia figura no ha merecido trabajos de divulgación o espectáculos escénicos acordes a su casi universal “popularidad” (la excepción es el trabajo de Diego Fischer Al encuentro de las tres Marías). Nacida Juana Fernández Morales un 8 de marzo de fines del siglo XIX, pasó su infancia y adolescencia en Melo, una ciudad del “dominio blanco” de Aparicio Saravia. Su padre era un gallego nacido en Lugo seguidor de Saravia, y solía recitarle a Juana poemas de la también gallega Rosalía de Castro. Fue en el marco de la conmemoración feminista de un 8 de marzo que Carolina Rodríguez tuvo la idea de trabajar sobre la escritora. En el proceso, realizado junto a Pablo Dive, fueron descubriendo aspectos de la vida y de la obra de Juana que no habían sido estudiados en profundidad. Lo interesante, de todas formas, es que en el resultado no se percibe una intención hagiográfica ni se ve una reconstrucción naturalista de la trayectoria de Juana. Lejos de esto, la biografía de la escritora es captada desde su propia obra, y el lenguaje poético es protagonista central del espectáculo. La Juana que veremos, atravesada por sombras que la acecharon hasta el final, es una criatura que nunca se dejó de impresionar por la capacidad de las palabras para construir universos, más allá de la información “positiva” contenida en esas palabras.

Con un tonalidad más bien onírica, el espectáculo comienza con Juana cantando o recitando versos que nos ponen desde el inicio en el universo poético de la autora (y de algunas de sus influencias). Desde el centro del escenario veremos el espacio dominado por hojas amarillentas de libros que se expanden en forma de espirales (“Las palabras se me caen, están todas entreveradas desparramadas en el piso”, confesará nuestro personaje). El vestuario y el peinado de la actriz nos ofrecen la visión de esa Juana que domina en textos oficiales. Pero trascendiendo esas referencias, el asombro por las posibilidades de crear universos organizando palabras aparece desde el comienzo. “Al principio no sabía o no entendía lo que era escribir -continúa Juana-, simplemente lo hacía como impulso de ver palabras juntas que significaran algo para mí”. Y desde esos primeros parlamentos también veremos cómo las palabras de Juana articularán una historia que la contiene a ella misma. La intención de Rodriguez y Dive parece ser fusionar la personalidad histórica con la obra poética. O mejor, presentar el itinerario vital de Juana desde el marco estético que su propia obra ofrece.

Puestos en ese clima poético, la actriz se librará del corset iconográfico y con “castiza desnudez” pasará a hacernos transitar por el universo de la escritora, comenzando un viaje que nos lleva a sus años de niñez en Melo, sus juegos con “Chico Carlo” y su vínculo con su aya brasileña Feliciana. Las montoneras de los alzamientos blancos no se explicitan, pero no dejan de estar presentes: “Aire misterioso en la noche. Visible ángel de la muerte. Días de pelea. Verde de mburucuyá. Olores de pitanga. Emisarios misteriosos. ¿Qué palabra soy? Santos. Paz. Guerra. Tristeza. Risas. Hay un desfile de seres extraordinarios. Tigres de los montes del Cebollatí. Brujas con canastos llenos de comida. Hombres barbudos y harapientos. Imaginar un mundo corriente circundado de globos en vuelo. La custodia rutilante de los templos vacíos. Reinaba la guerra, sorda, ardiente dentro mismo de mi pueblo.”

Escribir es inherente a Juana y supera todos los obstáculos hasta publicar un libro consagratorio. Lenguas de diamante (1919) llega a manos de Miguel de Unamuno con una carta que ruega la opinión. El autor de Niebla responderá: “he leído señora mía, primero con desconfianza y luego con grandísimo interés y agrado su libro (…) La desconfianza es en mi antigua por lo que hace a poesía de mujeres, el soplo poético de una Safo que desnuda castamente su alma en sus versos desapareció casi con el cristianismo (…) Una mujer, una novia, aquí no escribiría jamás versos como los de usted aunque se les vinieran a las mentes, y si los escribiera no los publicaría y mucho menos después de haberse casado con el que los inspiró. Me ha sorprendido gratísimamente la castísima desnudez espiritual de las poesías de usted, tan frescas y tan ardorosas a la vez (…) Lo que sí creo, es que debe usted dejar las tristeza hasta que ellas vengan que desgraciadamente, teniendo como usted tiene un alma tan sensible y hasta ardiente, le vendrán”.

Y las tristezas le llegaron. Escribir para una mujer a principios del siglo XX tampoco era sencillo en nuestro país, y a partir de estas palabras laudatorias de Unamuno, la estructura social que cercenaba la libertad de las mujeres empieza a tomar forma en el espectáculo. Marido, padre, amigo, hijo, la sombra de la opresión y la violencia de género ensombrecen un espectáculo que hasta ese momento no la había explicitado. Habrán destellos de luz, como el “acto” en que América “desposa” a Juana, pero el final nos ofrece, siempre desde las claves poéticas iniciales, a una Juana a la que “las tristezas” la acompañan fielmente.

La coherencia con que la temática de la obra se ajusta a su aspecto formal es una de las grandes fortalezas de Juana de América. La actuación de Carolina Rodríguez sin dudas es otro pilar para un espectáculo que está lejos de ser un recital de poesía, pero que de alguna forma hace vivir el universo poético de Juana en el recorrido que se hace por su biografía. Quedan pocas funciones. No se lo pierdan.

Juana de América. Textos: Pablo Dive y Carolina Rodríguez. Dirección: Pablo Dive. Actúa: Carolina Rodríguez.

Funciones: domingos 19:00. Teatro Stella (Mercedes 1805)

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