Kamchatka: hicimos lo que había que hacer por Santiago de Arteaga

La película Kamchatka (2002) cuenta la historia de una familia argentina durante los primeros meses de la dictadura militar. Los padres de dos hijos chicos se escapan para que no los secuestren. Entre el miedo persistente y la angustia con respecto de lo que sucederá, encuentran tiempo para jugar al TEG en familia. La península rusa de Kamchatka se convierte en el último espacio terrestre donde se puede resistir contra las invasiones. “Kamchatka —dice el niño— es el lugar donde resistir”.

Llega un momento en que las imágenes buenas terminan por hartar. Yo estoy especialmente harto de la idea de que pensar es resistir. Tengo la impresión de que se ha vuelto un cliché y reduce el pensar a un mecanismo reactivo y defensivo frente a la realidad. Pero el estado de cosas del mundo cada vez se parece más a tiempos pasados, aunque desde Uruguay las veamos con mucha menos preocupación que en otras partes de la tierra. Frente al auge de posiciones fanáticas, recalcitrantes y convicciones inflexibles —además de las ya viejas necesidades materiales que mueven los asuntos humanos y despiertan guerras acá y allá: en Ucrania y Rusia, en Israel e Irán, en Gaza, o tienen a Taiwán en el ojo del dragón—, uno se pregunta dónde está Kamchatka.

A estoicos como el esclavo Epicteto los han criticado por pregonar una libertad interior que en última instancia no se muestra más que falsa, como una especie de retiro último al que uno se entrega precisamente por no tener lugar en el mundo. Ese espacio propio, inaccesible para el mundo, no contaminable por los otros, de la “ciudadela interior”, es donde uno va cuando quiere sentirse libre sin serlo de verdad, porque la libertad solo tiene lugar frente a los demás hombres. Hay quienes sostienen que este último lugar de resistencia interna, entonces, no es más que una ficción, un consuelo falaz del que echamos mano, a pesar de ser esclavos.

Pensar no es resistir ni renunciar

Lo que voy a decir tiene mucho de esa ficción: la de Kamchatka y la de la ciudadela interior. No nos queda otra cosa que un poco de fariseísmo cuando decimos estas cosas, porque quienes no las vivimos solo podemos hablar desde lejos, tocar de oído, caminar con cuidado porque el campo está lleno de vidrios. Porque pensar no es en sí mismo resistirse a nada, incluso si puede, llegadas las circunstancias, ejercitar algo parecido. La realidad no siempre es amenazante ni siempre nos pone en lugar de resistencia.

Pero a veces es cierto que al mundo le caen misiles y los que están a cargo no piensan, precisamente porque calculan. Calcular es fundamental en tiempos de guerra, en más sentidos de lo deseable. Hay estrategia, evaluación de costos, proyección de objetivos, comparación de beneficios y desventajas, enumeración de pérdidas. Cuando las cosas están así, no queda otra cosa que decir la perogrullada absoluta que pocos quieren mirar: pensar es necesario para prevenir catástrofes. Cosa que está lejos de ser segura. Y para pensar hay que retirarse.

Heidegger escribió que pensar no produce nada, ni siquiera nos dispone a actuar de una u otra manera. Quizá sea cierto, aunque muchos —demasiados— discreparán. Lo que sí está clarísimo es que no hay una línea directa entre pensar y actuar bien, o prevenir el mal. Me parece, no obstante, que el problema no está tanto en la incapacidad radical del pensar para evitar que cosas terribles sucedan; sí puede ofrecer las condiciones para el acaecimiento de un juicio contrario a lo terrible.

Los problemas son los que siempre han sido, pero mucho más refinados: la recalcitrancia neurótica de la política, la soberbia pusilánime del acrítico, el fanatismo del imbécil. No se trata de exagerar los términos ni de caer en la idolatría de la razón, pero pensar es fundamental para toda cultura que no quiera ejemplificar la desesperación de todo lo humano en su falta de espíritu y en la guerra.

Así las cosas, me parece significativo recordar un texto muy corto del israelí Amos Oz, donde se opone al fanatismo. Eso de cómo se cura a un fanático resulta demasiado significativo en tiempos en que ciertas amenazas están igual de vivas que siempre. El que pensó que los organismos internacionales serían capaces de aguantar la arremetida de los “Yo, el Supremo” de Occidente y Oriente fue demasiado ingenuo. Lo único que puede sostener el mundo de facto es la buena voluntad en la acción y en la interpretación, la sensatez en el manejo de la sensibilidad, y una especie de optimismo trágico, no rosadista, que se deja ver muy poco. Los legalismos y moralismos no son capaces.

Porque somos demasiado fanáticos y recalcitrantes, y estamos radicalmente heridos de razón. Pero pensar no es solamente aplicar la razón en sus formalidades, ya lo sabemos. Es hacer lo que al fanático le resulta imposible —y Amos Oz diagnostica—: cuestionar las convicciones absolutas y excluyentes, el maniqueísmo vital. Para el israelí, uno de los elementos fundamentales para desarticular el fanatismo es ser capaz de vivir en la complejidad y la ambigüedad. El fanatismo prospera en los mundos simples, pero la realidad es compleja, de modo que debemos aprender a sostener la incertidumbre y la pluralidad.

¿Qué tiene que ver pensar con esto? En primera medida, que pensar es una forma de moverse en la pluralidad interior. Cuando uno piensa, no solamente es capaz de cuestionar su propia postura, de evaluar las condiciones reales de aquello que defiende, de dar cuenta de la limitación y alcance de sus propias ideas, sino que el mismo movimiento del pensar implica situarse en distintas posturas, acá y allá, para ver el mundo desde ellas. ¿Cómo es ver la realidad desde acá? ¿Cómo se ve si me muevo para allá? El fanático no puede hacerlo. En segunda medida, pensar de verdad significa que uno no tiene resueltas las cosas. Hay que ser capaz de sostener la incertidumbre mientras se busca la comprensión adecuada a la pregunta que se hace o a la circunstancia en que está inscrito.

El coraje de no saber

El fanático no puede sostenerse ahí donde no hay seguridad, porque es fragilísima su identidad y depende íntegramente del ideario del que vive. Un fanático religioso no es nada por sí mismo, como tampoco lo es un fanático político. ¿Qué sucede si esas ideas no son tan evidentes? ¿Si, de pronto, fuera necesario cuestionarlas en virtud de la realidad? Es decir, ¿qué pasa si la realidad se impone y no se corresponde con lo que el fanático defiende? Su debilísima identidad queda lacerada.

Entonces, pensar resulta poco funcional, demasiado arriesgado. Pensar requiere lo que Foucault llamó el coraje de la verdad. Y eso no refiere tanto a encontrarla, sino más bien a no saberla. Estar en el mundo sin certeza, como en “La autopista del sur”, el cuento de Cortázar: sin saber si se podrá avanzar un poco más, si será posible volver a casa, si el sol que empapa de calor desaparecerá, si quedará agua, si no seremos reducidos por los otros… Toda esa intemperie sucede cuando uno piensa sin saber.

Esa especie de Kamchatka —imagen a la que recurro otra vez, porque me da igual que pueda ser un cliché— es un poco a lo que me refiero cuando hablo de pensar en el mundo de los fanáticos, de las urgencias y las amenazas de los imbéciles. Y eso que uno sabe que esa resistencia tiene poco de seguridad. En todo caso, si uno lo hace, al menos puede tener la satisfacción de “haber hecho lo que se tenía que hacer”, como escribía Camus en uno de sus artículos de Combat. Contra todo pronóstico, contra la inutilidad, la incertidumbre y el tedio, la amenaza y la insensatez, el miedo y el vértigo.

Estoy seguro de que el peor de los hombres es el que renuncia a pensar, incluso si pensando uno no esté seguro de que pueda ser de los mejores, ni mucho menos. Pero habrá hecho lo que tenía que hacer.

Agregar un comentario

Deja una respuesta