La agonía de los matices

El mundo se ha transformado en un club de grandes apostadores, que van por todo. Nuestro vecino, Brasil, optó por uno de esos equipos; su industria crece, pero también crecen la delincuencia, el narcotráfico y la desigualdad social.

Sudáfrica, socio del Brasil en los BRICS es el país con mayor índice de desigualdad del mundo (63.00 del índice Gini), y el propio Brasil está en el grupo de los peores, con un 51.06. Pero, además, Brasil junto a Rusia y China, han cobijado políticamente, también integrantes de los BRICS, al régimen ilegal, del no presidente de Venezuela, arrastrando una situación en sus propias fronteras que desembocó en una de las más graves violaciones al derecho internacional. Lula, recién entonces habló para reclamar derechos pisoteados por parte del gobierno de Donald Trump, cuando debió haber sido el gobierno de Brasil, y las democracias latinoamericanas, los primeros en aislar al régimen chavista. En cambio, ahora, dejó flotando en el ambiente regional la miserable sensación de deberle algo a un personaje tan nefasto, como Trump, que mezcla negocios con la guerra, y sus propios negocios no paran de crecer, como ya lo están denunciando referentes del sistema político de Estados Unidos.

Uruguay tiene, hoy, 40 en el índice de Gini. Por encima de 40, están los países con mayor desigualdad, como Estados Unidos (41.8), Argentina (42.4), Chile (43.00), México (43.5) y Costa Rica (45.8).

Pero los países europeos están todos, sin excepción, por debajo de los 40 puntos. Incluso Australia y Canadá. Eso quiere decir desarrollo económico, pero, al mismo tiempo, políticas de desarrollo social sostenibles. El panorama europeo, al que Trump le ha impuesto la obligación de aumentar su gasto militar al 5% del PIB, con la negativa de España de aumentar ese gasto en desmedro de los recursos que dedica al desarrollo social. España tiene hoy, un coeficiente de 33.4, cerca de la línea de los países europeos que han tenido un sostenido crecimiento económico sin descuidar los compromisos sociales.

Pero, por debajo del 30, están los países europeos que, realmente, hacen una diferencia enorme con el resto de todas las regiones del mundo. Las políticas de igualdad de género, protección a la inmigración ilegal y fomento de oportunidades a las nuevas generaciones deberían ser motivo de imitación por los países de América Latina, que tienen recursos naturales abundantes, muchos de ellos dedicados a gestiones deficientes y corrupción, pero no tienen que dedicar una parte importante de su presupuesto a mantener un sector militar con un horizonte de guerra.

Una guerra para la que Europa no estaba preparada, pero que no pudo eludir. Estados Unidos está en su eterna guerra, con capacidad militar sin igual en el mundo, y eso quiere decir que los coletazos de Trump, y su relación personal con Vladimir Putin mueven continuamente el tablero de este ajedrez fatal.  Invertir más recursos europeos en armamento en desmedro del bienestar social no es aceptable. Así ha podido construir un espacio democrático que implica a 27 países, con distintos idiomas, culturas, incluso con trayectorias históricas que muchas veces se habían enfrentado militarmente.

La construcción de la Unión Europea está basada en una ingeniería donde los matices juegan un papel fundamental. No hubiese sido posible sin mantener un esfuerzo diplomático sostenido. Las relaciones públicas no se deterioran en un solo día, pero todos los días son importantes para construir una realidad tan diversa en un continente y un mundo asediado por los apetitos de conquista de los nuevos actores económicos que parecen actuar por encima de los acuerdos políticos existentes.

Donald Trump está empeñado en desconocer esos acuerdos históricos. No solo se los salta olímpicamente, sino que trabaja fuerte para crear otra ONU, que más se parece a la junta de propietarios de una nueva legalidad basada en la fuerza económica y militar. La ONU había sido fundada en 1945, para cauterizar las heridas de la guerra. La que Trump promueve traerá más incertidumbre: Triunfarán los poderosos, y los países chicos deberán optar  rápido.

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