A medida que avanza la segunda presidencia de Donald Trump se constatan diversos avances del Poder Ejecutivo sobre los Poderes Legislativo y Judicial, y sobre derechos esenciales como la libertad de expresión, consagrado en la Primera Enmienda, o la presunción de inocencia y el derecho al debido proceso, consagrados en el Bill of Rights. O cuando el presidente emite “órdenes ejecutivas” que llevan su autoridad más allá de lo que dice la Constitución, o cuando ordena a su Fiscal General acelerar los procesos judiciales contra personas que él considera enemigos suyos, o amenaza con expulsar a un miembro de la Reserva Federal por presuntos problema administrativos, o despide a la jefa de la Oficina de Estadísticas Laborales porque no le gustan las cifras de crecimiento de empleo, o presiona al presidente de la FED para que reduzca la tasa de interés, o hace un uso político de los aranceles para castigar a enemigos o premiar a los amigos, o juguetea con la idea de tener un tercer período presidencial a pesar de que eso está prohibido expresamente por la Constitución.
Es entonces cuando vuelve a la memoria colectiva un hecho, aparentemente banal, ocurrido en 1787. No fue un hecho decisivo de la historia de los Estados Unidos pero sí fue un hecho premonitorio. Involucra ni más ni menos que al famoso Benjamin Franklin.
Cuando el inventor del pararrayos y uno del Padres Fundadores de los Estados Unidos, salía de la Convención Constitucional de 1787 en Filadelfia, fue abordado por una mujer (según la tradición, Elizabeth Willing Powel) que le preguntó: “Well, Doctor, what have we got—a Republic or a Monarchy?” (“Bueno, doctor, ¿qué tenemos: una república o una monarquía?”). Franklin respondió: “A Republic, if you can keep it.” (“Una república, si pueden conservarla.”).Esta cita es una de las más famosas de la historia estadounidense y resalta la fragilidad de la democracia, enfatizando que su supervivencia depende de la vigilancia y el compromiso ciudadano. La anécdota fue registrada por James McHenry, un delegado de Maryland, en sus notas de la convención.
La pregunta de Ms. Powel era muy atinada en tiempos en que predominaban las monarquías y las repúblicas brillaban por su ausencia pese a los esfuerzos de Montesquieu y de Locke. Inglaterra venía forjando una monarquía constitucional desde la Revolución Gloriosa de 1688 pero aún no estaba consolidada. En Francia aún no había tenido lugar la Revolución Francesa y su resultado no sería una “República democrática” sino el “imperio napoleónico”. El resto de Europa eran reinos o Imperios.
Hizo bien, pues, Ms. Powel en preguntar al Doctor Franklin qué saldría de la Convención Constituyente. He hizo mejor Benjamin Franklin en responder: “Una república, si pueden conservarla”.
Una república, con separación de poderes, fue lo que estableció la Constitución americana. La primera república con separación de poderes. Era toda una revolución, conceptual y práctica. No había monarca y su poder quedaba dividido y además sujeto a control de los tres poderes entre sí y el de los derechos de los ciudadanos.
Era un experimento político totalmente novedoso, que además contaba con el añadido del federalismo. De ahí la preocupación de Franklin de que era algo muy frágil y que sería difícil de conservar y que la conservación de esa república sería tarea de los ciudadanos. Por eso dijo “si pueden conservarla”. Tarea de todos, tarea de siempre. Algo que con el paso del tiempo podía parecer adquirido y garantizado era, sin embargo, susceptible de caer o de perderse.
Por 250 años, con una Guerra Civil de por medio, con cuatro presidentes asesinados en ejercicio del cargo (Abraham Lincoln, James Garfield, William McKinley y John Kennedy) y con intentos fallidos contra otros cuatro (Andrew Jackson, Theodore Roosevelt, Gerald Ford, Ronald Reagan), la famosa “Democracia en América” que tan bien describía Alexis de Tocqueville en 1836, cuando visitó el país, sobrevivió y resistió a las tentaciones monárquicas y autoritarias.
Hoy la república que describía Franklin está bajo asedio. No solo por la expansión del poder presidencial sobre prerrogativas del legislativo y el judicial, sino también por el carácter autoritario con el que Donald Trump conduce el Poder Ejecutivo. Su gabinete tiene que rendirle pleitesía de vez en cuando y decirle que es el mejor presidente de la historia de los Estados Unidos; su vicepresidente no hace otra cosa que alabarlo un día y otro también; el Partido Republicano casi no ofrece una voz alternativa por temor a incurrir en la ira del presidente; los jueces supremos, ya han dejado de lado la tradicional división entre conservadores y liberales y ahora tienen un enorme cuidado en no recortar o acotar los poderes presidenciales.
Aún las mejores políticas -y las de Trump respecto a los aranceles, a la destrucción del orden multilateral, a la caza de indocumentados por agentes federales usando máscaras para no ser identificados, a la deportación de personas sin acceso al debido proceso ciertamente no lo son- deben impulsarse por el cauce de la ley, del respeto de los derechos del ciudadano. Lo demás termina mal. Termina en el autoritarismo. Termina debilitando la república. No olvidemos que también Chávez y Maduro fueron originalmente electos democráticamente y fueron conculcando una a una todas las libertades individuales y destruyendo la separación de poderes.
Es verdad que la fortaleza institucional de Estados Unidos es muy superior a la de Venezuela. Pero “cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar”. La república no está garantizada porque esté escrita en una magnifica constitución. Es deber de los ciudadanos defenderla día a día.







