Profusamente analizado desde diversas disciplinas y puntos de vista, el nazismo sigue horrorizando y alimentando el morbo por la sistematización de la crueldad y el odio. Más allá que no es el autor del primer genocidio de la Historia, aterra la fría planificación, profusamente documentada, del exterminio de toda una raza, aunque en los hechos abarcó mucho más que la intención de eliminar a los judíos. “Nuremberg: el juicio del siglo”, filme actualmente en carteleras, propone un análisis rupturista, que trasciende a los habituales convencionalismos y maniqueas miradas.
Es imposible comprender el fenómeno nazi sin analizar, en primer término, el Tratado de Versalles y sus consecuencias sobre la sociedad alemana, que superaron a lo económico para afectar, además, lo social y lo psicológico, y sin leer y meditar en profundidad “Mi lucha”, obra fundacional del pensamiento nacionalsocialista, escrita en 1925 por Adolf Hitler desde la prisión, luego del fallido Golpe de Estado que encabezó, en 1923, el denominado “Putsch de Munich”.
El tratado supuso una gran humillación para Alemania, que debió declararse única responsable por la Primera Guerra Mundial, además de ceder el 13% de su territorio, reparar económicamente a los países vencedores del conflicto y reducir drásticamente sus Fuerzas Armadas.
Esto provocó una grave inestabilidad política y económica en Alemania, con un explosivo aumento de la pobreza, lo cual generó un terreno fértil para el parto y ulterior ascenso del nazismo. En ese contexto de crisis, cobró relevancia Adolf Hitler, quien nació en un hogar empobrecido, con un padre profundamente nacionalista y sosteniendo el mito que la guerra se había perdido por culpa de los judíos y los comunistas.
En dicha obra se encuentra ya el huevo de la serpiente, el germen del odio estereotipado hacia judíos, comunistas, homosexuales, negros, discapacitados y cualquiera que no cumpliera el ideal de raza pura y perfecta que este alienado mitómano propugnaba, un ideal que él mismo estaba lejos de cumplir. El resto es historia dolorosamente conocida: los guettos, los campos de concentración y el Holocausto o Shoà (catástrofe en hebreo).
Ya desde los años cuarenta del siglo pasado, mucho antes de la finalización de la Segunda Guerra Mundial, el cine abordó el fenómeno nazi y sus nefastas consecuencias, a menudo desde la caricaturesca parodia, que insistió, durante décadas, en mostrar a los acólitos de Hitler como seres grotescos, monstruosos, inhumanos, capaces de horrores inimaginables e imposibles de cometer por otros regímenes o grupos.
Los Aliados alimentaron, quizá para minimizar o soslayar atrocidades propias como los holocaustos nucleares que pulverizaron a Hiroshima y Nagazaki, la figura del nazi como un ser alejado de la condición humana, automatizado por su fanatismo e incapaz de experimentar emociones.
Cabe citar, como antecedente del filme actualmente en cartelera, “El juicio de Nuremberg” (1961). Ambos filmes comparten temática, pero la primera, dirigida por Stanley Kramer, es un clásico drama judicial, a diferencia de la segunda, que profundiza en la psicología de los detenidos, haciendo especial hincapié en la figura de Hermann Göring, encarnado por Russel Crowe.
Ante la supuesta muerte de Hitler, el Comandante y Ministro, mano derecha del Führer, era su sucesor natural. Los Aliados querían juzgar y condenar a los principales funcionarios del régimen nazi por crímenes contra la Humanidad, y necesitaban confesiones e información que les permitiera preparar las acusaciones.
Para ello, contrataron a dos psiquiatras, encargados de profundizar en la compleja psicología de los detenidos, todos fanáticos seguidores de Hitler. Uno de ellos, Douglas Kelley, magistralmente interpretado por Rami Malek, logró establecer un vínculo de confianza con Göring -Crowe en uno de los mejores papeles de su carrera- descubriendo, detrás del fanático bajo cuyas órdenes se cometieron terribles barbaridades, un ser humano capaz de sentir temor, afecto, e incluso amor.
El libro resultante de esas charlas “Veintidós celdas en Nuremberg”, (1947) le valió al psiquiatra ser condenado al ostracismo, al plantear que nada diferenciaba a los nazis del resto de los seres humanos, y que cualquier pueblo o grupo podía cometer similares abominaciones en determinadas condiciones.
“Nuremberg: el juicio del siglo” (2025) plantea un debate necesario, lejos de los miopes enfoques que el cine suele ofrecer sobre el tema, en tiempos en los que hemos normalizado que criminales como Benjamin Netanyahu y Donald Trump encabecen genocidios, y se jacten públicamente de ello.






