La democracia en América por Ricardo Peirano

Los sucesos que ocurren en Estados Unidos, tanto en el frente interno como en el internacional, al son de las “órdenes ejecutivas” del presidente Trump siguen sacudiendo el mundo. Comentarlos es difícil sin poner una nota al principio diciendo “hasta el momento de redactar este artículo”.

Ya lleva 186 “órdenes” en 7 meses y va camino a superar con holgura las 220 que firmó durante todo su primer mandato. Ha impuesto aranceles, ha deportado inmigrantes legales e ilegales, ha desafiado a jueces, ha quitado la ayuda a universidades y ha hecho capitular a importantes estudios jurídicos, hizo un decreto para suprimir la ciudadanía por nacimiento para los hijos de padres indocumentados o con estatus temporal (como visas de estudiante, trabajo o turista) nacidos en suelo estadounidense después del 19 de febrero de 2025, siempre que ninguno de los padres sea ciudadano estadounidense o residente permanente legal.

La última Orden que firmó, al menos mientras se escribe este artículo, es la que le permite intervenir la ciudad de Washington D.C. y poner a la Guardia Nacional a controlar a la policía metropolitana. Según él para acabar la delincuencia, que en el último año se había reducido drásticamente. El problema es que, como con la inmigración, mientras acaban con los grandes criminales ilegales acaban con muchos inmigrantes no tan ilegales y para nada criminales.

Mientras tanto el presidente negocia afanosamente. Es lo que le gusta. Hacer un “deal” e ir a jugar al golf. Le pone un plazo a Rusia que en caso de no cumplir implicará la típica sanción arancelaria. Y justo antes de que venza el plazo, como Rusia no cumple, invita a Putin a una cumbre en Alaska para negociar no se sabe qué. Cuando termine la cumbre Trump dirá: “We did a fantastic deal” (Hicimos un acuerdo fantástico) y nunca nadie sabrá por qué es tan fantástico.

Pero la intervención  personalísima de Trump en los asuntos económicos de los Estados Unidos ya no se reduce a la imposición de aranceles o los acuerdos comerciales para disminuirlos (o eventualmente subirlos según el humor del presidente). Ahora ha comenzado a hacer “acuerdos comerciales” con empresas individuales.

El primero es con Apple. Trump tiene una obsesión con la fabricación de Iphones en Estados Unidos. Antes se fabricaban en China, pero previendo una guerra comercial entre Estados Unidos y China, Apple comenzó a mover su cadena de producción a otros países, especialmente a India. Hoy, el 20% de los Iphones se produce allí. Pero Trump quiere que se produzcan (que se “manufacturen” como dice el) en suelo americano. Y eso es una prueba muy clara de cuan errado está Trump con su obsesión en la pérdida y recuperación de puestos de trabajo en el sector manufacturero.

Desde que se lanzaron en 2007, ningún Iphone se produjo en Estados Unidos. La cadena de producción más eficiente estaba en China y allí comenzó la producción de masa de un producto que lleva vendidos más de 2200 millones de unidades. Es decir, la producción del Iphone en el exterior no hizo perder ningún empleo en Estados Unidos pues nunca los hubo. Lo que sí hizo fue generar muchos empleos en Estados Unidos en software, ventas, fabricación de apps para los teléfonos, etc. En otros sectores de la economía pero no exactamente en el manufacturero fuerte aunque algunos cristales de celulares y relojes se producen en Kentucky. Vamos a ver en que queda todo esto pues Trump amenazó a Apple con un arancel del 25% si los Iphones  no se manufacturan en Estados Unidos. La reacción de Tim Cook, el CEO de Apple, fue regalarle a Trump un una placa de vidrio con una base de oro 24 kilates, hecho en Estados Unidos, con cristales de Kentucky y oro de Utah. Trump quedó muy halagado y la decisión final sobre los aranceles postergada.

Pero la obra final del “nuevo capitalismo sin reglas” salió este pasado domingo cuando Trump acordó con los CEO de Nvidia (la compañía de mayor capitalización  bursátil del mundo) y AMC el pago del 15% sobre las ventas realizadas a China de chips de Inteligencia artificial. Una suerte de “impuesto”  que va directamente al Tesoro de Estados Unidos y que dejaran unos US$ 2000 millones anuales.

Toda aquella idea de tener reglas claras, firmes y estables para que las empresas puedan planificar inversiones y negocios se ha venido al suelo. Ahora hay que hablar directamente con el presidente de Estados Unidos (si uno es lo suficientemente grande) o esperar la sucesión de “ordenes ejecutivas”, muchas veces opuestas entre sí, para saber cuál será el costo de la materia prima importada.

Ya no es la mano invisible del mercado la que conduce la economía, ni tampoco la mano visible del estado. Es la mano discrecional del presidente, que hoy aprieta aquí y mañana afloja allá. Gran confusión e incertidumbre. Tanto en la economía como en la política exterior. Tiempos complicados. Tiempos, quizá, para releer “La democracia en America” de Alexis de Tocqueville donde describía en 1836 las grandes bondades de la democracia americana y también los peligros de la concentración del poder en lo que llamaba “el despotismo blando”. Tocqueville, con todo, veía contrapesos a esa concentración del poder en la separación de poderes, la prensa independiente, el fomento de la participación ciudadana.

El tiempo dirá si el gran sociólogo francés tenía razón Lo cierto es que las instituciones americanas, tan admirablemente diseñadas por los Padres Fundadores, y su economía libre están siendo puestas a dura prueba como pocas veces antes en su larga historia.

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