La gracia, como la concibe la religión católica, es un don otorgado por Dios, no por merecimiento sino por puro amor divino. Representa el vínculo entre este y el ser humano, y supone el perdón de los pecados, permitiendo la trasformación interior de la persona. Pero cuando el otorgamiento de la gracia recae sobre un simple mortal, las implicancias éticas y filosóficas resultan difíciles de analizar. Esta cuestión, entre otras, nos plantea el director italiano Paolo Sorrentino en “La gracia: la belleza de la duda”, su último filme, de reciente estreno en las carteleras uruguayas.
El reconocido escritor, guionista y cineasta italiano, que se ha ganado un preponderante lugar en la cinematografía mundial con poco más de una decena de películas, suele analizar desde la ironía temáticas tan humanas como el poder, la política, la soledad, la pérdida, la vejez o la identidad, desde una perspectiva nostálgica y reflexiva.
Bajo un formato de aparente comedia, a veces desde una perspectiva cínica, otras apelando a la melancolía, el realizador, experto en trasmitir emociones y estados de ánimo a través de la hábil utilización de planos cenitales o planos generales, suele generar profundas reflexiones en el espectador.
“La gracia: la belleza de la duda”, su más reciente película, es una suerte de drama con tonos de comedia o de comedia agridulce en la que el director nos mete bajo la piel de Mariano De Santis, un presidente italiano que, a pocos meses de finalizar su mandato, debe resolver algunos temas complejos que lo llevan a cuestionarse su ética como jurista y como católico.
Conservador, medido, usualmente predecible, el gobernante debe lidiar, además, con el recuerdo de su mujer fallecida, la desconfianza hacia alguno de sus colaboradores y el tenso vínculo con su hija, autora de una ley de eutanasia que él debe rechazar o refrendar, y su propia nostalgia.
Si bien en Italia el Primer Ministro es el verdadero Jefe del Estado, el Presidente conserva algunas atribuciones fundamentales, entre ellas el otorgamiento de la gracia, una suerte de indulto que extingue la pena por un delito determinado. Debatiéndose entre su estricto sentido de la aplicación del Derecho, su moral católica y sus humanas dudas, De Santis debe decidir asimismo sobre la eutanasia, a la cual se opone dada su religión, lo que le genera tensos roces con su propia hija, autora de la ley.
Al mismo tiempo, lucha contra su vejez y el sentimiento de obsolescencia que le genera la cercanía de la finalización de su mandato. Incluso, las atenciones de una joven mujer lo llevan a cuestionarse su soledad de pareja, aferrado a la idealizada imagen de su esposa fallecida, idealización que se extiende a su pasado, en cuanto ella representa su propia juventud.
Tony Servillo, actor fetiche del director italiano que ha protagonizado varias de sus obras, como la recordada “La gran belleza”, compone un personaje diametralmente alejado de Gambardella, aquel desmesurado hedonista. Mariano de Santis, por el contrario, es un hombre cauteloso, equilibrado, conservador, cuyo único vicio es algún ocasional cigarrillo fumado a escondidas de su hija. La composición del veterano actor resulta impecable y conmovedoramente humana como de costumbre, elevándolo al podio integrado por grandes intérpretes italianos como Vittorio Gassman, Marcello Mastroianni, Giancarlo Giannini o Nino Manfredi.
Una vez más, se torna evidente la influencia de maestros como Federico Fellini o Michelangelo Antonioni, referentes del realizador italiano, en la composición de personajes y en planos que van desde la soledad de los grandes planos generales a la introspección que sugieren los primeros planos, ya sean de perfil o espaldas, tanto en una suntuosa oficina del Palacio del Qurinal, residencia y sede presidencial, o en campo abierto.
Las conversaciones sobre ética y moral con el Papa, un Sumo Pontífice afro, magistralmente compuesto por el actor Rufin Doh Zeyenouin, las charlas con sus ministros, edecanes y secretarios, la extrañable relación con una amiga de toda la vida, que guarda un secreto sobre su esposa fallecida, coadyuvan a la construcción del personaje, como si fueran pinceladas de una composición pictórica.
“La gracia: la belleza de la duda”, filme mas introspectivo y sosegado que algunas de las obras anteriores del director, es una lección de cine, suntuosamente narrada, que genera reflexiones en el espectador, lo cual se agradece en una época de cinematografía de industria vacua y artificiosa.


