La humanidad es lo que realmente transforma por Fernanda Sfeir

 

Las personas no me dan lo mismo. Su calidad humana, su compromiso, su seriedad, su formación y su entrega no me dan lo mismo que quienes diariamente denigran a nuestro sistema. Por eso creo justo destacar a esta gran persona. Ojalá existieran más como él. Uruguay tiene mucho que agradecerle a Juan Miguel Petit.

Hoy culmina un ciclo de 10 años de un auténtico servidor público, quien transformó profundamente la manera en que miramos nuestro sistema penitenciario. Su nombramiento como Comisionado Parlamentario demostró que la política de nuestro país sí puede estar a la altura. Juan Miguel rompió las lógicas partidarias y convirtió la Oficina del Comisionado Parlamentario en un espacio profesional, con equipos técnicos de referencia para todos los parlamentarios y también para el Poder Ejecutivo. Me consta que además de proponer, fue puente y canal de negociación en numerosas oportunidades entre oficialismos y oposiciones en la modificación o creación de mejoras vinculadas al sistema penitenciario. Eso no fue magia: fue trabajo demostrado, compromiso, conocimiento, buena fe y una vocación republicana y democrática inquebrantable. Petit nos deja método, evidencia, denuncias fundamentadas y sobre todo, propuestas para mejorar.

Hace unos días, con la tristeza profunda en la mirada de quien sufre en carne propia lo que está viendo, me dijo durante una de nuestras recorridas: “En 10 años, con esto sí que no pude”. Mientras él observaba un celdario inhabitable que clama por su cierre, yo veía a 50 personas que solo sabían su nombre. Personas que, al verlo llegar con su clásica libreta, le contaban sus problemas sabiendo que él no solo los escucharía sino que anotaría cada detalle para denunciarlo y darle seguimiento una por una de las situaciones.

Si hoy el sistema penitenciario está en el centro de la preocupación nacional, mucho tiene que ver con Juan Miguel. Fue comisionado, pero también recorrió, denunció, ayudó, defendió y propuso. Enseñó a toda una sociedad a mirar de frente una realidad que había permanecido oculta y nos formó a muchos de nosotros, para quienes él se convirtió en referente y persona de consulta por su generosidad y compromiso permanente.

Juan Miguel tuvo la valentía de enfrentar aquello que parecía imposible, muchas veces en soledad y contra molinos de viento, pero aun así no dejó de dar batalla ni un solo día. Donde estuvo, dejó huella. Y no tengo dudas de que aún falta mucho para dimensionar la profundidad de su siembra.

No sé cuántas horas de mi vida habré tenido el privilegio de intercambiar con Juan Miguel y mil cosas querría subrayar de todo lo aprendido. Sin embargo, si hubiera que destacar un aspecto de su trabajo titánico es que durante 10 años enfrentó las frustraciones de un sistema perverso en el que nunca, jamás, bajó los brazos en la defensa de los derechos de las personas privadas de libertad, de sus familias y sobre todo, en la construcción de otro sistema que sí es posible. Aún así, lo que más admiré siempre de él: jamás perdió la ternura.

Gracias Juan Miguel por enseñarme a pelear por nuestras convicciones, por más difícil que parezca. Por enseñarme a resistir, por demostrarme que está bien creer y por dejarme caminar a tu lado en un camino que aún tiene mucho por delante y del que siempre serás parte. Gracias por enseñarnos que incluso en los escenarios más duros, la firmeza debe convivir con la ternura y el amor. Podemos ser las dos cosas.

Juan Miguel Petit no solo nos deja una oficina más fuerte institucionalmente y con grandes profesionales, sino también una enseñanza invaluable: en el corazón mismo de la dureza institucional más cruda del Estado, la humanidad sigue siendo lo que realmente transforma. Su nombramiento demostró que la política de nuestro país sí puede estar a la altura. Ya es hora de que vuelva a estarlo y lleve adelante las transformaciones que el sistema penitenciario necesita.

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