La matemática del desempleo por Santiago Pérez

En el Uruguay de las formas, la matemática básica parece una materia olvidada, pero sus leyes son ineludibles. La realidad no sabe de relatos ni de voluntarismo político; se rige por una ecuación que aprendimos en primero de liceo, los que tuvimos la suerte de ir. El gasto salarial de una empresa es el producto del precio del trabajo por la cantidad de puestos (G = P x Q). Es lógica de almacén: el gasto no puede crecer al infinito. Cuando en los Consejos de Salarios se decreta un aumento de P desconectado de la productividad, el empresario que no puede subir el gasto eternamente tiene una sola salida: ajustar la Q. Es decir, recortar gente.

Pero cuando la empresa puede trasladar el costo al precio, lo traslada. El transporte colectivo lleva dos décadas ilustrando ese mecanismo: cada ronda de Consejos de Salarios sube sueldos y beneficios de choferes y guardas, remuneraciones que ya alcanzan niveles europeos, y la paramétrica del boleto los absorbe puntualmente. La pregunta que nadie responde en los despachos es quién financia ese esquema: ni las empresas, ni el Estado en abstracto, sino los mismos trabajadores que pagan con su boleto (y vía impuestos en el subsidio) esos salarios de convenio cuando van al trabajo.

Estos últimos años han consolidado un cementerio industrial y de servicios que crece en silencio. Hay dos tipos de cierres y conviene no mezclarlos. Algunos responden al impacto directo de la inteligencia artificial sobre el sector tecnológico global: UKG y Sabre no se fueron de Uruguay porque el marco laboral local sea caro; se fueron porque sus casas matrices están reconvirtiendo operaciones enteras a sistemas automatizados. Es un fenómeno que no distingue fronteras y que ninguna política salarial puede frenar. Otros cierres responden a una ecuación de costos que dejó de cerrar y son perfectamente evitables: Yazaki (más de 1.200 empleos, plantas trasladadas a Argentina y Paraguay), Verizon (265 empleados), Eurofarma (37 trabajadores notificados el mismo día del cierre), Fanacif, Fenedur, La Vienesa. El empleo industrial acumula una caída del 27% desde 2010, con el sector metalmecánico entre los más afectados.

El contraste regional ya es indefendible. Argentina aprobó en febrero de 2026 una reforma laboral que introduce banco de horas, negociación por empresa y un nuevo esquema indemnizatorio, reconociendo que casi la mitad de sus trabajadores operan en la informalidad por la rigidez del sistema vigente. Chile lleva dos años implementando cambios graduales con mecanismos de adaptabilidad sectorial. Uruguay discute reducir la jornada de 48 a 40 horas sin reducción salarial y proyecta una ley para obligar a las empresas a avisar cuando se van. Es exactamente la discusión que se tendría en 1960.

Mientras tanto, Oracle eliminó entre 20.000 y 45.000 puestos globalmente porque un equipo de tres arquitectos con herramientas de IA hace hoy el trabajo que antes requería 47 ingenieros. Amazon recortó 16.000 empleos en una primera fase, con otros 14.000 proyectados para el trimestre siguiente. En la división Alexa pasaron de 847 ingenieros a 23 en pocas semanas. Los ingenieros salientes pasaron sus últimas semanas documentando sus procesos en sesiones de transferencia de conocimiento, sin saber que estaban entrenando al sistema que los reemplazaría. La frase que circula internamente lo resume sin eufemismos: “no nos están despidiendo, nos están archivando.” Esto no es horizonte lejano; es el mercado laboral de 2026, y está ocurriendo en uno de los sectores que Uruguay eligió como ancla de su estrategia de inserción global.

Los empleos que se van por automatización no vuelven con ningún Consejo de Salarios ni con ninguna ley de preaviso. Los que se van por costos evitables sí podrían quedarse, si el Estado dejara de discutir como si estuviera en 1960. El país cerró 2025 en recesión técnica, con dos trimestres consecutivos de contracción en la segunda mitad del año, mientras la burocracia estatal vive en un oasis financiado por los que aún producen: almuerzo subsidiado con cerca de $20.000 mensuales, bonos por “asiduidad”, o sea, por ir a trabajar.

En ese cuadro de desindustrialización silenciosa, las zonas francas son el único oasis de competitividad real que le queda al país. Representan el 6,6% del PBI, generan más de 21.000 empleos directos con salarios que duplican el promedio nacional y explican un tercio de todas las exportaciones uruguayas. Son, además, la única plataforma donde una empresa global puede operar desde Uruguay sin que la ecuación de costos la expulse hacia Paraguay o Argentina. El régimen sobrevivió a todos los gobiernos precisamente porque los resultados son indefendibles desde el otro lado: cada peso exonerado regresa multiplicado en empleo calificado, divisas e inversión. El PIT-CNT, sin embargo, planteó en agosto de 2025 que el esquema de exoneraciones tributarias vigente es “muy oneroso para los intereses del país” y reclamó su revisión para financiar el presupuesto. Es el mismo movimiento sindical que vio cerrar Yazaki sin proponer una sola medida de competitividad, que defiende Consejos de Salarios desconectados de la productividad y que ahora apunta al único instrumento que todavía atrae inversión genuina al país.

Frente a ese cuadro, el PIT-CNT convocó su marcha del 8 de marzo bajo la consigna “antiimperialista por la soberanía de los pueblos.” Las brechas salariales, los techos de cristal, la sobrerrepresentación de la mujer en la pobreza no resultaron motivo suficiente. Que la central sindical más influyente del país elija ese foco en este momento dice todo sobre el abismo entre la agenda del movimiento obrero organizado y la realidad que enfrentan los trabajadores. La matemática no espera. Y tampoco el mundo.

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