Invadidos por una concepción que reduce el cine a un mero entretenimiento formado por una sucesión de imágenes llamativas, que lo mismo da sean generadas por humanos o inteligencias artificiales, retornar a la obra del animador japonés Hayao Miyazaki resulta imprescindible. Artesano de la animación, su visión poética, profundamente enraizada en la mitología y el folclore de su país, devuelve contenido y emoción al arte de hacer películas. Un pequeño pero representativo ciclo que Movie Center pondrá en pantalla durante marzo y abril permite disfrutar de parte de su obra.
Laboriosamente construida, trazo por trazo, por seres humanos, la animación surgió casi a la par del cine, mixturando el arte audiovisual con el comic, la ilustración y la poesía. Era un lenguaje nuevo pero, al mismo tiempo, condensaba gran parte del desarrollo artístico de la Humanidad hasta el momento. Con el tiempo y las nuevas tecnologías, fue perdiendo ese carácter artesanal, y lentamente la computadora fue reemplazando a las personas en su creación.
Si bien sigue habiendo animación hecha a la vieja usanza, cada vez menos estudios apelan a lo artesanal para crear sus filmes animados. El Estudio Ghibli, fundado por los directores Hayao Miyazaki, Isao Takahata y el productor Toshio Suzuki hace más de cuarenta años, sigue trabajando básicamente con animación concebida a mano, si bien puede utilizar algo de CGI y coloreado digital para el acabado final de sus obras.
Ese cuidado y respeto por la animación como expresión artística, se revela también en las temáticas y el lenguaje narrativo que caracteriza al estudio y a Miyazaki en particular.
Para comprender su obra, habría que conocer la base espiritual de la sociedad japonesa, mezcla de budismo y sintoísmo. Este último, la segunda corriente religiosa en número de fieles en Japón, es la base de la filosofía artística del mangaka y director oriental.
El sintoísmo es una creencia animista que atribuye a todos los seres, objetos y fenómenos de la naturaleza un alma o principio vital. Cree en la existencia de seres espirituales llamados “kami”, deidades del cielo y de la tierra de los cuales dan cuenta textos clásicos japoneses, y que pueden hallarse en la naturaleza.
Pero para el sintoísmo o “shinto”, convivir en armonía con la naturaleza es parte de algo más complejo, porque el shinto reconoce a los objetos como “yorishiro”, un lugar donde el dios puede residir.
De esta manera, para los sintoístas el escenario natural es parte de una red divina que requiere veneración, en cuyo contexto los bosques, los ríos y las montañas, son dioses en sí mismos. Este vínculo religioso de la naturaleza con todos los seres, se trasunta en filmes como “La princesa Monoke” o “El viaje de Chihiro”, cuya temática gira en torno al vínculo del ser humano con lo espiritual. En tanto, “Mi vecino Totoro”, por ejemplo, plantea la convivencia armónica con los fantasmas del bosque, una visión ancestral que, aún en el Japón tecnocapitalista actual, cala hondo en el espíritu de muchos.
El ciclo de Movie Center rescata dos películas del ilustre Miyazaki: “Se levanta el viento” y la bellísima “El castillo vagabundo”. La primera es un melancólico drama bélico, que narra la historia de Jirō Horikoshi, un ingeniero aeronáutico japonés que llegó a desarrollar varios aviones militares, entre ellos, el avión de combate Zero, que fue usado en el ataque a Pearl Harbor durante la Guerra del Pacífico de la Segunda Guerra Mundial. La narración recrea la niñez del protagonista y su juventud en el período de entreguerras, envuelto en un contexto social y político revulsivo, hasta su madurez, cuando alcanza sus máximos logros en el mundo de la aeronáutica. Más allá de la presencia de la guerra y sus horrores, el director compone un relato nostálgico y poético, dotado de bellísimas imágenes y una profunda humanidad.
En tanto, “El castillo vagabundo”, una de sus obras más renombradas, profundiza en temas como el pacifismo, la vejez y la compasión, pero no desde una visión pesimista o idealizada, sino desde el retorno del ser humano a conectarse con la naturaleza como expresión de reencuentro consigo mismo y con los demás. Plena en poesía y espiritualidad, esta es una propuesta más vigente que nunca, que desafía la deshumanización que plantean las nuevas tecnologías capitalistas, las cuales reemplazan a las personas por meros robots, en pleno auge de la inteligencia artificial.






