La moderación política: ¿cobardía o valentía? por Miguel Pastorino

La valentía política no es gritar más fuerte, sino sostener el matiz, pensar contra la tribu y pagar el costo de decepcionar a los propios. La polarización rinde como recompensa identitaria y da visibilidad, a la vez que protege de discutir en serio, de dudar, de pensar críticamente, de corregirse. Hoy tener coraje en la vida pública no tiene que ver con mostrarse radical y agresivo, sino con animarse a pensar libremente y sin miedo de tener que ser autocrítico, de cambiar y aprender de los que piensan distinto. De esto trata el breve ensayo Moderaditos. Una defensa de la valentía política” (2025), del filósofo español Diego Garrocho, de necesaria lectura en los tiempos que corren. 

No es un libro complaciente, porque incomoda tanto a quienes celebran la radicalidad como a quienes se refugian en una moderación de vidriera para no comprometerse. Su gran mérito es recordar que pensar tiene un costo y que la valentía política rara vez adopta formas espectaculares. No es un manual de buenas maneras democráticas, ni una defensa ingenua del consenso. Es un intento serio y muy bien escrito de recuperar una virtud política que hoy parece sospechosa: la moderación, entendida no como tibieza, sino como una forma exigente de valentía.

Desde las primeras páginas, Garrocho despeja posibles equívocos. No escribe para elogiar la cortesía ni para lamentar, en tono moralizante, la mala educación del debate público. El diagnóstico es más incisivo: la conversación pública está dañada porque hemos confundido agresividad con coraje, estridencia con convicción, radicalidad con autenticidad. El insulto, la demonización del adversario y la belicosidad verbal no serían excesos colaterales del debate democrático, sino síntomas de un fracaso más hondo: la incapacidad de asumir el riesgo de pensar sin refugios identitarios.

“La polarización ha construido refugios identitarios en los que sentirnos a salvo. E incluso en las universidades, lugares concebidos desde su origen medieval para la disputa y la confrontación intelectual, se han creado espacios seguros para que podamos seguir tratando a los estudiantes como si fueran menores de edad. Las ideas impopulares o las propuestas que desafìan los paquetes ideológicos cerrados y preconcebidos corren el riesgo de ser sospechosas por cuanto desestabilizan la ordenación contemporánea del disenso político”.

Polarización y miedo.

Uno de los aciertos del libro es situar la polarización no solo como un fenómeno político o comunicacional, sino como un dispositivo afectivo. Garrocho habla, con razón, de una verdadera “economía del miedo”. Miedo a que nuestras ideas sean frágiles, a que el adversario tenga alguna razón, a que ciertos fetiches ideológicos deban ser abandonados. En ese clima, las ideas se custodian como propiedad privada y se defienden con la virulencia de quien cree estar ejerciendo legítima defensa.

“El miedo patológico en muchas ocasiones está vinculado con el egoísmo y el afán posesivo de nuestra época nos lleva a custodiar nuestras ideas como quien protege la cartera o quien se cubre el rostro en una pelea”.

La polarización, sostiene el autor, funciona como refugio identitario. Protege del disenso real y ofrece abrigo emocional frente a una realidad compleja e incierta. De allí que no solo las redes sociales contribuyan al ruido: también los medios tradicionales, los representantes políticos y los ciudadanos comunes participan activamente en esta degradación de la palabra pública. Nadie queda del todo a salvo. El señalamiento es incómodo porque no permite externalizar la culpa en algoritmos o magnates tecnológicos: la responsabilidad es compartida. ¿Podemos preguntarnos con honestidad en cuanto colaboramos en las redes o en nuestras conversaciones para alimentar la censura social y la simplificación?

En este punto, el libro retoma una tesis olvidada de la filosofía política: las ideologías contemporáneas operan muchas veces como religiones de sustitución. Se tolera el pluralismo espiritual, pero se combate con saña el pluralismo ideológico, porque con las propias ideas se establece una relación casi de culto. Criticar una posición política no se vive como una discrepancia racional, sino como una profanación. De ahí la dificultad creciente para sostener una conversación pública mínimamente abierta sin sentirse atacado personalmente en lo más íntimo. Pero en realidad la adhesión irracional, acrítica a cualquier sistema de creencias, es una falta de respeto a ese mismo credo:

“Me gustaría pensar que no defendemos una idea porque sea nuestra o porque pertenezca “a los nuestros” (expresión gregaria e intelectualmente letal), sino que estamos dispuestos a hacer una idea “nuestra” porque la consideramos digna de ser defendida. Y para poder defenderla debemos asumir que es legítimo y hasta saludable que alguien la ataque”.

“Moderaditos”: el desprecio por quien piensa.

El núcleo conceptual del ensayo aparece cuando Garrocho analiza el uso despectivo del término “moderaditos”. El diminutivo no es inocente: funciona como un mecanismo de disciplinamiento hacia la propia tribu, para borrar el disenso interno. No se lanza contra el adversario ideológico, sino contra quien, dentro de la propia familia política, se atreve a introducir matices, autocrítica, prudencia o dudas.

El moderado es presentado entonces como un cobarde, un hipócrita o un traidor. Alguien que —según el relato del radical— en el fondo piensa lo mismo, pero calla por corrección política o miedo al qué dirán. Garrocho invierte esta sospecha: muchas veces el moderado no comparte los presupuestos del radical y los rechaza por convicción, no por temor. El problema es que, en un clima de trincheras, esa diferencia resulta intolerable.

“Hay que confiar muy poco en las convicciones propias para mostrarse airado cuando alguien las critica, y hay que tener una vida muy pobre para inquietarse por el mero hecho de que otras personas puedan defender de modo legítimo principios morales distintos de los nuestros”

La crítica del autor es doblemente interesante porque evita idealizar la moderación. Garrocho reconoce que existen simulacros de mesura: equidistancias oportunistas, tibiezas morales allí donde se exigiría firmeza. Pero advierte que ese abuso no invalida la virtud, del mismo modo que la hipocresía no invalida la honestidad. Confundir moderación con cobardía es, en última instancia, una forma de pereza intelectual.

Para desmontar esa confusión, recurre a una genealogía clásica. La moderación no es un invento coyuntural ni una concesión a la corrección política. Remite a la sophrosyne griega, a la temperantia latina, a la idea de medida, autodominio y adecuación a la realidad. En Platón y Aristóteles, la moderación no se opone a la valentía: la presupone.

La valentía como virtud política

El libro dedica su tramo más denso a reconstruir el concepto de valentía como virtud cívica. Desde Tucídides y la figura del ciudadano-soldado hasta Hobbes y Spinoza, el miedo aparece como un elemento estructural de la experiencia política. Gobernar, deliberar y decidir implica siempre administrar riesgos. La valentía, en este marco, no es temeridad ni exhibicionismo, sino moderación respecto del miedo: temer lo que debe temerse y no temer lo que no debe temerse. Garrocho insiste en que el valiente no actúa por compulsión ni por necesidad, sino por convicción. Recupera aquí una intuición clásica que hoy suena extraña: la valentía es algo bello, no simplemente útil.

La figura de Sócrates cumple una función ejemplar. No como mártir romántico ni como suicida imprudente, sino como alguien que considera que la injusticia es un mal mayor que la muerte. El episodio del juicio socrático sirve, además, para introducir una advertencia incómoda: las mayorías pueden equivocarse gravemente, y el populismo no es una anomalía externa a la democracia, sino una de sus tentaciones recurrentes.

Militancia y cámaras de eco

Analiza con mucha claridad las condiciones contemporáneas del debate público y defiende una idea que hoy parece contracultural: una conversación democrática sana requiere contacto entre diferentes y competencia real de ideas. Sin fricción, las ideologías se empobrecen y se convierten en visiones dogmáticas.  Sin embargo, lo que predomina es el blindaje identitario. Las cámaras de eco ofrecen seguridad emocional y recompensan la exageración. No hay valentía —subraya el autor— en agitar consignas extremas bajo pseudónimo ni en construir una identidad pública a base de provocaciones. El “coraje del matiz” resulta mucho más costoso.

Aquí aparece otro diagnóstico incisivo: la polarización es rentable. Es un negocio en el que participan políticos, medios y ciudadanos, muchas veces sin advertirlo. La lógica de la viralidad, del zasca y de la indignación permanente convierte el conflicto en mercancía. Algunos medios ya no tienen lectores, sino militantes. Y cuando la lealtad partidista sustituye a la diligencia profesional, la credibilidad se erosiona.

El autor entiende que hay un matiz que diferencia el señalamiento desde las izquierdas y desde las derechas hacia los “moderaditos”, con desprecio a los propios que no “se la juegan”: Entre progresistas la crìtica es tachar de impuro al moderado, acusándolo de no ser alguien verdaderamente de izquierda, pero en la derecha se lo señala como un tibio, un incapaz, un cobarde que teme salir de la corrección política. Así, los sectarios de cada tribu ven un traidor o un cobarde a quien quiere pensar en serio y con matices la compleja realidad que los fanáticos simplifican.

En este contexto, la moderación exige una doble valentía. Por un lado, una valentía práctica: asumir el costo de decepcionar a los propios, ser acusado de impuro, tibio o traidor. Por otro, una valentía más íntima: sostener un pensamiento propio incluso cuando el clima ambiental desalienta cualquier forma de duda.

Disenso, no consenso

Garrocho es cuidadoso en un punto clave: defender la moderación no equivale a promover un consensualismo ingenuo. La democracia no se justifica por el acuerdo, sino por el disenso ordenado. El conflicto es constitutivo de la política; lo que está en juego es la forma que adopta. Porque el problema de la polarización no es que existan desacuerdos intensos, sino que el disenso se reduzca a una lógica binaria de amigo-enemigo. Allí donde todo matiz se vive como traición, la deliberación se vuelve imposible. La moderación, entendida como actitud dialógica, permite sostener convicciones firmes sin renunciar a la posibilidad de estar equivocado.

El libro cierra ampliando el diagnóstico hacia un cambio de época marcado por la incertidumbre, la ansiedad y la fragilidad de los vínculos. Sin caer en alarmismos, el autor sugiere que las democracias dependen menos de diseños institucionales que de ciertas disposiciones del carácter, porque sin ciudadanos capaces de tolerar la duda, el riesgo y la frustración, la virtud cívica se vuelve inviable.

En tiempos de gritos y simplificación de ideas, la mesura puede parecer una claudicación del compromiso político, pero el autor propone leerla como una forma exigente de coraje: la de quien se atreve a pensar sin trincheras y a hablar sin disfraces. No es poca cosa, ni es tan frecuente, pero se hace cada vez más necesario. ¿Y si el verdadero riesgo hoy no fuera equivocarse, sino dejar de pensar por miedo a decepcionar?

Agregar un comentario

Deja una respuesta