Con esta columna culmina un recorrido que ha bordeado, sin rodeos y en clave filosófica, la gran frontera: la muerte. A lo largo de estas quince entregas nos hemos preguntado si la vida es un ensayo para morir, por qué tememos a la muerte, si el suicidio es desesperación o lucidez, si podemos pensar la nada o si los animales saben que van a morir, entre otras. Preguntas que no buscan clausura, sino abrir el horizonte del pensamiento. En esta última parada, propongo mirar hacia nuestro lugar: Uruguay. ¿Qué imaginarios, prácticas, silencios o palabras construyen nuestra relación con la muerte? ¿Qué dice la muerte, aquí y ahora, de nuestra cultura, nuestros vínculos y nuestra forma de habitar el mundo?
Lejos de los grandes tratados filosóficos o las religiones que prometen trascendencia, en Uruguay —país laico y democrático— la muerte es, paradójicamente, una presencia negada. Según la Primera Encuesta Nacional sobre Percepciones Sociales de la Muerte, el Duelo y el Suicidio, el 34% de los uruguayos nunca ha pensado en su propia muerte, y otro 40% no lo ha hecho en los últimos tres meses. ¿Qué revela este dato? ¿Es esta omisión una forma de protección o una forma de empobrecimiento existencial? Heidegger diría que vivir sin pensar en la muerte es vivir en la inautenticidad, como si fuésemos eternos, como si la muerte sólo le ocurriera a los otros. Y sin embargo, cuando la muerte irrumpe, lo hace con violencia emocional. El 60% de los uruguayos considera que los dolores psicológicos duelen más que los físicos, y para la mitad de los encuestados, el dolor más relevante en su vida fue la pérdida de un ser querido. Esta afirmación —sencilla pero estremecedora— revela que el sufrimiento por la muerte del otro no se borra fácilmente, ni se resuelve con lógica o ciencia. ¿No es acaso ese dolor una prueba de nuestra radical dependencia afectiva? ¿No habla de la fragilidad de nuestras certezas y de la centralidad del amor?
El estudio también muestra cómo, a medida que envejecemos, ese dolor por la muerte de los otros crece. La experiencia del duelo se acumula y deja huellas que configuran una cierta sabiduría, pero también una cierta soledad. En las sociedades modernas, donde se desvanece el sostén simbólico de los rituales y se acelera el tiempo, ¿cómo procesamos ese duelo? ¿Cómo elaboramos la pérdida sin palabras compartidas ni ceremonias profundas? Curiosamente, aunque el 70% de los uruguayos no está de acuerdo con que los velorios deban eliminarse, una mayoría cree que deberían durar menos de cuatro horas. Persisten como ritual, pero se reducen en duración, en intensidad, en silencio. ¿Estamos entonces asistiendo a una minimización del morir, a una especie de “fast mourning”? ¿Podemos ritualizar la muerte sin tiempo, sin cuerpo, sin comunidad? Aquí cabe preguntarse, como hizo Byung-Chul Han, si no hemos vaciado también el morir de su densidad simbólica, como hemos hecho con tantas otras experiencias humanas.
Otra dimensión crucial es la percepción del suicidio. A pesar de que las estadísticas muestran que los suicidios son más frecuentes en adultos y personas mayores, la mayoría de los encuestados percibe que ocurre sobre todo en jóvenes. La imagen del suicidio está atravesada por una mezcla de tabú, miedo y simplificación. Sin embargo, ante la pregunta sobre cuál de las muertes violentas preferiría disminuir —entre homicidios, siniestros de tránsito y suicidios— más de la mitad de la población eligió el suicidio. ¿Qué significa este gesto? ¿No nos dice algo sobre el dolor de no encontrar sentido? Más aún: el 65% de las personas señala como principal causa del suicidio la falta de apoyo del entorno, por encima de problemas psicológicos o de salud. Esta percepción interpela fuertemente, ¿estamos solos? ¿Es el suicidio el síntoma final de una sociedad que ha perdido la capacidad de cuidar? La filosofía política sostiene que no hay yo sin nosotros. Y sin ese “nosotros” —familiar, social, institucional— la vida puede volverse insoportable. La salud mental, por su parte, es percibida como más importante que la física por más del 50% de los uruguayos. Sin embargo, el 79% no ha ido al psicólogo en el último año, y el 87% no ha visto a un psiquiatra. Esta suerte de brecha entre percepción y acción puede explicarse por barreras económicas, culturales o estigmas. Pero también deja entrever una tensión, ¿valoramos la salud emocional solo en teoría? ¿Es la mente un territorio que preferimos no explorar demasiado?
A lo largo de esta serie La Muerte en Clave Filosófica, hemos intentado —con humildad— pensar la muerte no desde el miedo, sino desde la conciencia. Como escribió Montaigne, “filosofar es aprender a morir”. Pero esa lección no se agota en un artículo ni en una columna. Por eso esta última entrega no pretende clausurar la conversación, sino sembrar nuevas preguntas. Porque eso es, al fin y al cabo, el diálogo filosófico, un espacio donde cada respuesta engendra nuevas incertidumbres. Hemos recorrido ideas, dudas y grietas, buscando en cada esquina de la palabra una forma más humana de mirar lo inevitable. Sabemos, como sabían los antiguos, que ningún concepto disipa la sombra, pero sí puede darle contorno. Y en ese contorno hallamos, a veces, un respiro. Por eso este final es apenas un umbral, una invitación a seguir pensando juntos, a sostener la pregunta aún cuando la respuesta no alcance, a rozar la muerte con la mirada para reconciliarnos, de paso, con la vida. Porque filosofar no es cerrar puertas, sino abrir ventanas a lo desconocido. Y aunque la muerte nos iguale, el modo de mirarla —y de decirla— sigue siendo lo que nos vuelve humanos.
¿Podemos acompañar al que sufre sin decirle que todo va a estar bien? ¿Hay un lenguaje común para nombrar el dolor de la pérdida? ¿Es posible pensar una muerte buena, una muerte digna, en una sociedad acelerada? ¿Qué nos dice el silencio de los velorios cortos sobre nuestra relación con el tiempo y el sentido? ¿Y qué lugar tiene la muerte —esa gran maestra— en nuestras vidas privadas, políticas, educativas? Tal vez lo más urgente no sea responder, sino sostener el coraje de preguntar. Porque quien pregunta, vive. Y quien vive de verdad, sabe que algún día morirá.







