¿La primera víctima?

La foto es triste.

La ballena, lo que se ve de ella, flota en el agua, desgonzada, casi sin forma reconocible.

Fue avistada desde un barco de pesca, y la Cámara de la Industria Pesquera  hizo la denuncia. Al parecer, el buque de la empresa CGG Service (US) INC, que hace prospección sísmica en nuestro mar, había pasado pocas horas antes por el lugar disparando sus cañones de aire comprimido (el  ruido de los disparos, que supera los 230 decibeles, es lo que se usa para explorar el fondo marino) y poco después la ballena apareció muerta.

Casualidad, dirán algunos.

Puede ser. Pero es muy poco usual  ver ballenas muertas flotando a la deriva en nuestras costas. Si a eso le sumamos que las principales figuras académica en la materia habían advertido que la prospección sísmica causaría mortandad de la fauna marina, y que ese riesgo no se estaba evaluando ni previniendo debidamente, la hipótesis de la casualidad medio que se debilita.

Lo peor es que, si las advertencias de los científicos especializados son acertadas, y nada hace pensar que no lo sean, la ballena bien puede ser la punta de un iceberg  de destrucción. Es posible que muchos peces y otras especies marinas estén muriendo por donde pasan el barco y sus cañones. Obviamente, la ballena es muy visible. Pero debajo del agua pueden estar pasando cosas aun peores. 

Hace pocos días tuve oportunidad de dialogar con algunos de esos científicos, y la cosa es básicamente así: los disparos, que se hacen cada pocos segundos durante las 24 horas del día, generan un ruido ensordecedor. El oído humano, y el de la  mayoría de los animales, pueden soportar sonidos de hasta 120-130 decibeles sin sufrir daño. Más allá de eso, hay dolor, daño físico e incluso puede producirse la muerte. Imaginen 230 decibeles propagándose por el agua (en el agua la propagación es cuatro veces mayor que en el aire) durante las 24 horas del día. Y a eso hay que sumarle la remoción del agua, fatal para las especies que regulan sus funciones vitales precisamente por la vibración del agua.

Lo que se ha dicho en la prensa es que los disparos se suspenderán si se avista fauna marina en las cercanías del barco. Eso, aún si se cumple, no soluciona nada. Se piensa en ballenas, lobos marinos y tortugas. Pero el mar es un ecosistema en el que todas las formas de vida dependen unas de otras. Si se destruye el zooplancton, o las especies que no pueden trasladarse, o las que no son visibles desde la superficie, si se afectan sus mecanismos de orientación (las ballenas, por ejemplo, dependen del sonido para orientarse y comunicarse) o sus lugares de alimentación, reproducción y cría, toda la fauna y el ecosistema marino se verán dañados.

Obviamente, eso traerá también consecuencias económicas y sociales. La pesca, el turismo, las actividades recreativas en la costa, se verán perjudicados. Nada de eso ha sido tomado en cuenta. La búsqueda de petróleo, o la suba de valor de las acciones de las empresas que dicen buscarlo, parece ser el faro que guía todo este disparate.

Dije disparate, porque las propias empresas  a las que se les concedió la prospección y explotación del eventual petróleo, estiman la posibilidad de encontrarlo en un 20%. De modo que estamos comprometiendo la salud del mar y las riquezas que genera con una chance del 80% de no encontrar nada. Como no se encontró nada cuando se hizo prospección unos años atrás. Quién se beneficiaría en caso de encontrarlo, según los contratos, es otra historia triste en la que es mejor no entrar hoy.

La concesión de los derechos de exploración y explotación fue otorgada en secreto por el gobierno anterior. Y las autorizaciones para hacerlo fueron dadas por este gobierno.

Parecería que no hay nada que hacer, entonces, salvo resignarse.

Sin embargo, no sería la primera vez que un contrato firmado en esas condiciones es dejado sin efecto. Recuerden a Neptuno.

Estamos a tiempo. Un monitoreo serio e independiente de los efectos que está teniendo la prospección podría enderezar las cosas. Si no hay evidencia de daño, nada cambiará. Pero, si lo hay, si resulta que la ballena no es una casualidad ni una víctima aislada, si se demuestra que se está dañando en serio a la vida marina, parece obvio que habría razones fundadas para detener la prospección.

¿Quién podría negarle al gobierno el derecho a controlar un bien inmenso que es de todos?

´¿Cuál sería la razón para que el gobierno se negara a hacerlo?

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