un musical sobre el “terraplanismo” de los científicos
“la ciencia experimental ha progresado en buena parte merced al trabajo de hombres fabulosamente mediocres” (Ortega y Gasset)
Sin ocultar su reivindicación de la “aristocracia” (una aristocracia de “los mejores” decía él, no de sangre) José Ortega y Gasset realizó, a comienzos del siglo XX, una notable disección de algunas problemáticas de su sociedad. Es sabido que Ortega, a partir de su máxima “yo soy yo y mis circunstancias”, siempre reivindicó el carácter “situado” del ser social, y su reflexión tuvo como eje a la sociedad occidental de su tiempo. En esa sociedad le preocupaba lo que él llamó “hombre-masa”, un tipo de individuo que, para el pensador español, habitaba en todos los sectores sociales. Uno de los “hombre-masa” más peligrosos para Ortega era aquel que conocía al detalle un mínimo campo de saber, que era su especialidad, pero ignoraba cómo esa partícula de conocimiento se integraba en el saber social.
“La especialización comienza – dice Ortega en La rebelión de las masas (1930)- precisamente en un tiempo que llama hombre civilizado al hombre «enciclopédico». El siglo XIX inicia sus destinos bajo la dirección de criaturas que viven enciclopédicamente, aunque su producción tenga ya un carácter de especialismo. En la generación subsiguiente, la ecuación se ha desplazado, y la especialidad empieza a desalojar dentro de cada hombre de ciencia a la cultura integral. Cuando en 1890 una tercera generación toma el mando intelectual de Europa, nos encontramos con un tipo de científico sin ejemplo en la historia. Es un hombre que, de todo lo que hay que saber para ser un personaje discreto, conoce sólo una ciencia determinada, y aun de esa ciencia sólo conoce bien la pequeña porción en que él es activo investigador”.
El mayor peligro de este nuevo científico, para Ortega, es que su estrecho campo de conocimiento le habilita a opinar de cualquier otra área de la vida social. “En política, en arte, en los usos sociales, en las otras ciencias tomará posiciones de primitivo, de ignorantísimo; pero las tomará con energía y suficiencia, sin admitir -y esto es lo paradójico- especialistas de esas cosas”.
Terraplanistas
En clave de farsa, el musical Terraplanistas parece partir de las antípodas del pensamiento científico que disecciona el filósofo español, pero en la medida que se va desarrollando, el discurso “terraplanista” parece ser producto directo de una sociedad que Ortega empezaba a vislumbrar hace ya un siglo. No en vano, Sanguinetti se pregunta en el programa de la obra “¿Qué lleva a alguien a creer en lo absurdo? En un sistema que despersonaliza y aísla, que debilita los relatos colectivos y promueve el éxito individual, ¿qué ocurre con los que quedan al margen de la vida productiva? (…) El surgimiento de creencias como el terraplanismo podría ser el resultado, en este sentido, de una actitud que también es nuestra”.
Terraplanistas comienza “a bordo” de un “velero Van de Stadt” que se dirige a la Antártida para “demostrar” que la tierra es plana. Habitan el velero una serie de personajes que, vistos de cerca, poco tienen en común. De Eddie sabemos, dado que apareció en la revista Forbes, que pertenece a una familia de ingresos económicos que permiten “financiar” el excéntrico viaje. Pero Robbie, el más veterano, tiene apariencia de hippy. En general todos parecen ser científicamente “escépticos”, pero con certezas no consensuadas. Más que el terraplanismo los une la soledad, y esa soledad de “losers” finalmente es la que les lleva a reunirse y formar la peculiar sociedad que habita el velero. No en vano cantan: “No estamos solos, es mejor tener amigos que tener razón”.
Felipe, el quinto tripulante de la embarcación que emula y trata de refutar a la vez los viajes de “descubrimiento” de los siglos XVI y XVII, es un periodista que intercala información sobre el “terraplanismo”, sobre los tripulantes y sobre la misión del viaje. Y de alguna manera ordena parte de la historia para que tenga “sentido” para la platea.
En paralelo la obra se sitúa en la Base Antártica Juan Carlos I, en donde asistiremos a los debates entre los “científicos” Juan Carlos y Mónica. Juan Carlos es el tutor de una tesis de Mónica sobre “Cianobacterias antárticas como bioindicadores del cambio ambiental en el litoral de la isla de Livingston”. Llegados a este punto es que el planteo de Sanguinetti termina de tomar forma. Porque si Terraplanistas es despiadado con alguien, es con el esquema de poder universitario y la forma en que se estructura la investigación científica en esos ámbitos.
Podríamos mencionar aquí la paradoja de que una base “científica” en el siglo XXI lleve el nombre de un rey Borbón, pero eso es tan real como las perversas relaciones de poder que se establecen en los ámbitos universitarios retratados. Sanguinetti no “explica” como uno de los ámbitos produce al otro, pero sí habla en su espectáculo de cuestionables formas de “validación” que, más allá de los fundamentos que posea, no da razones sino que apela a la autoridad para imponerse. La autoridad muchas veces de científicos que se especializan en “líquenes” pero que pueden ser incapaces de comprender dinámicas sociales. Para señalar la continuidad de los dos espacios el director toma algunas decisiones clave, como que Juan Carlos y Robbie sea representados por Pierino Zorzini y Mónica y Julie por Camila Cayota.
Es claro que el autor no es un relativista, y quizá por eso sobre el final tuvo la necesidad de que la “razón” abordara su espectáculo con argumentos que expliquen por qué el terraplanismo no tiene sustento. Pero los personajes embarcados para demostrar que la tierra es plana son muy similares a los que vimos asaltar el Capitolio cuando Donald Trump denunció fraude en las elecciones que perdió con Joe Biden. Y esa base social que apoya los discursos “irracionales” son producto de la sociedad occidental contemporánea, de su “racionalidad” y de sus “instituciones”. Este es el peligro que parece señalar Sanguinetti en Terraplanistas.
En el espectáculo en sí el humor se cuela entre una banda de sonido que suena a hard rock clásico, quizá a lo Lynyrd Skynyrd u otras bandas de rock sureño que por talentosas no dejaban de ser conservadoras. El desempeño vocal es acorde al de unas actuaciones que transmiten estar disfrutando de protagonizar esta historia y el diseño escenográfico y de luces resuelve con funcionalidad la narración en paralelo de las dos historias que se entrelazan mucho más de lo que muchas veces estamos dispuestos a asumir.
Terraplanistas. Texto y dirección: Santiago Sanguinetti. Música: Sebastián Codoni. Elenco: Pierino Zorzini, Claudio Lachowicz, Soledad Lacassy, Rodrigo Tomé y Camila Cayota. Músicos en escena: Sebastián Codoni, Virginia Álvarez y Pablo Schol. Diseño: Laura Leifert, Johanna Bresque, Claudia Sánchez y Sebastián Acosta.
Funciones: sábados 21:00, domingos 19:30. Teatro El Galpón
La rebelión de los losers:
un musical sobre el “terraplanismo” de los científicos
“la ciencia experimental ha progresado en buena parte merced al trabajo de hombres fabulosamente mediocres” (Ortega y Gasset)
Sin ocultar su reivindicación de la “aristocracia” (una aristocracia de “los mejores” decía él, no de sangre) José Ortega y Gasset realizó, a comienzos del siglo XX, una notable disección de algunas problemáticas de su sociedad. Es sabido que Ortega, a partir de su máxima “yo soy yo y mis circunstancias”, siempre reivindicó el carácter “situado” del ser social, y su reflexión tuvo como eje a la sociedad occidental de su tiempo. En esa sociedad le preocupaba lo que él llamó “hombre-masa”, un tipo de individuo que, para el pensador español, habitaba en todos los sectores sociales. Uno de los “hombre-masa” más peligrosos para Ortega era aquel que conocía al detalle un mínimo campo de saber, que era su especialidad, pero ignoraba cómo esa partícula de conocimiento se integraba en el saber social.
“La especialización comienza – dice Ortega en La rebelión de las masas (1930)- precisamente en un tiempo que llama hombre civilizado al hombre «enciclopédico». El siglo XIX inicia sus destinos bajo la dirección de criaturas que viven enciclopédicamente, aunque su producción tenga ya un carácter de especialismo. En la generación subsiguiente, la ecuación se ha desplazado, y la especialidad empieza a desalojar dentro de cada hombre de ciencia a la cultura integral. Cuando en 1890 una tercera generación toma el mando intelectual de Europa, nos encontramos con un tipo de científico sin ejemplo en la historia. Es un hombre que, de todo lo que hay que saber para ser un personaje discreto, conoce sólo una ciencia determinada, y aun de esa ciencia sólo conoce bien la pequeña porción en que él es activo investigador”.
El mayor peligro de este nuevo científico, para Ortega, es que su estrecho campo de conocimiento le habilita a opinar de cualquier otra área de la vida social. “En política, en arte, en los usos sociales, en las otras ciencias tomará posiciones de primitivo, de ignorantísimo; pero las tomará con energía y suficiencia, sin admitir -y esto es lo paradójico- especialistas de esas cosas”.
Terraplanistas
En clave de farsa, el musical Terraplanistas parece partir de las antípodas del pensamiento científico que disecciona el filósofo español, pero en la medida que se va desarrollando, el discurso “terraplanista” parece ser producto directo de una sociedad que Ortega empezaba a vislumbrar hace ya un siglo. No en vano, Sanguinetti se pregunta en el programa de la obra “¿Qué lleva a alguien a creer en lo absurdo? En un sistema que despersonaliza y aísla, que debilita los relatos colectivos y promueve el éxito individual, ¿qué ocurre con los que quedan al margen de la vida productiva? (…) El surgimiento de creencias como el terraplanismo podría ser el resultado, en este sentido, de una actitud que también es nuestra”.
Terraplanistas comienza “a bordo” de un “velero Van de Stadt” que se dirige a la Antártida para “demostrar” que la tierra es plana. Habitan el velero una serie de personajes que, vistos de cerca, poco tienen en común. De Eddie sabemos, dado que apareció en la revista Forbes, que pertenece a una familia de ingresos económicos que permiten “financiar” el excéntrico viaje. Pero Robbie, el más veterano, tiene apariencia de hippy. En general todos parecen ser científicamente “escépticos”, pero con certezas no consensuadas. Más que el terraplanismo los une la soledad, y esa soledad de “losers” finalmente es la que les lleva a reunirse y formar la peculiar sociedad que habita el velero. No en vano cantan: “No estamos solos, es mejor tener amigos que tener razón”.
Felipe, el quinto tripulante de la embarcación que emula y trata de refutar a la vez los viajes de “descubrimiento” de los siglos XVI y XVII, es un periodista que intercala información sobre el “terraplanismo”, sobre los tripulantes y sobre la misión del viaje. Y de alguna manera ordena parte de la historia para que tenga “sentido” para la platea.
En paralelo la obra se sitúa en la Base Antártica Juan Carlos I, en donde asistiremos a los debates entre los “científicos” Juan Carlos y Mónica. Juan Carlos es el tutor de una tesis de Mónica sobre “Cianobacterias antárticas como bioindicadores del cambio ambiental en el litoral de la isla de Livingston”. Llegados a este punto es que el planteo de Sanguinetti termina de tomar forma. Porque si Terraplanistas es despiadado con alguien, es con el esquema de poder universitario y la forma en que se estructura la investigación científica en esos ámbitos.
Podríamos mencionar aquí la paradoja de que una base “científica” en el siglo XXI lleve el nombre de un rey Borbón, pero eso es tan real como las perversas relaciones de poder que se establecen en los ámbitos universitarios retratados. Sanguinetti no “explica” como uno de los ámbitos produce al otro, pero sí habla en su espectáculo de cuestionables formas de “validación” que, más allá de los fundamentos que posea, no da razones sino que apela a la autoridad para imponerse. La autoridad muchas veces de científicos que se especializan en “líquenes” pero que pueden ser incapaces de comprender dinámicas sociales. Para señalar la continuidad de los dos espacios el director toma algunas decisiones clave, como que Juan Carlos y Robbie sea representados por Pierino Zorzini y Mónica y Julie por Camila Cayota.
Es claro que el autor no es un relativista, y quizá por eso sobre el final tuvo la necesidad de que la “razón” abordara su espectáculo con argumentos que expliquen por qué el terraplanismo no tiene sustento. Pero los personajes embarcados para demostrar que la tierra es plana son muy similares a los que vimos asaltar el Capitolio cuando Donald Trump denunció fraude en las elecciones que perdió con Joe Biden. Y esa base social que apoya los discursos “irracionales” son producto de la sociedad occidental contemporánea, de su “racionalidad” y de sus “instituciones”. Este es el peligro que parece señalar Sanguinetti en Terraplanistas.
En el espectáculo en sí el humor se cuela entre una banda de sonido que suena a hard rock clásico, quizá a lo Lynyrd Skynyrd u otras bandas de rock sureño que por talentosas no dejaban de ser conservadoras. El desempeño vocal es acorde al de unas actuaciones que transmiten estar disfrutando de protagonizar esta historia y el diseño escenográfico y de luces resuelve con funcionalidad la narración en paralelo de las dos historias que se entrelazan mucho más de lo que muchas veces estamos dispuestos a asumir.
Terraplanistas. Texto y dirección: Santiago Sanguinetti. Música: Sebastián Codoni. Elenco: Pierino Zorzini, Claudio Lachowicz, Soledad Lacassy, Rodrigo Tomé y Camila Cayota. Músicos en escena: Sebastián Codoni, Virginia Álvarez y Pablo Schol. Diseño: Laura Leifert, Johanna Bresque, Claudia Sánchez y Sebastián Acosta.
Funciones: sábados 21:00, domingos 19:30. Teatro El Galpón