La revolución del sentido común por Martín Alesina

Cuando pienso al Uruguay del futuro, con problemas demográficos, educativos, sociales y de rentabilidad, lo pienso gris/gris oscuro.

Igual mantengo una luz de esperanza, pero sólo si hacemos los deberes para volvernos un país pujante y atractivo: para vivir, emprender y desarrollarse. Y en el camino hacia este objetivo, creo que hubo varios errores no forzados últimamente. Y hay también acciones de bajo costo pero de alto impacto que pueden ir marcando la diferencia.

Para ver la luz, con un tercio de los niños viviendo bajo la línea de pobreza, no podemos aceptar que parte del IVA que paga una madre soltera en condiciones vulnerables vaya a cubrir la mala gestión de los fondos previsionales de profesionales, ni a brindar tierra de calidad a familias de clase media alta.

No podemos darnos el lujo de perder más tiempo en iniciativas populistas que surgen desde el poder, tanto político como sindical, ni en demorar decisiones impostergables en protección social.

En un contexto de bajo crecimiento económico y baja rentabilidad y competitividad, es de sentido común no complejizar una opción de exportación y válvula de escape para productores ganaderos, ni insistir con limitar la actividad más pujante de las últimas dos décadas. Es de sentido común dejar de darle la espalda al mar, cuando tenemos más superficie marítima que terrestre, y hacer cumplir el convenio vigente para que hoy miles de personas vuelvan a trabajar y el país deje de perderse millones de dólares por tener la flota parada en plena zafra. Es de sentido común también accionar para no llegar a que la leche se tenga que tirar porque no se llega a acuerdos entre actores del sector.

En un contexto de déficit habitacional y dificultad para el acceso a la vivienda, no puede pasar que al mismo tiempo que se exonera construcciones con piscina en Parque Miramar, se le cobra el IVA a construcciones humildes en barrios vulnerables.

Es condición necesaria ir hacia un país donde el Ministerio del Interior por fin tenga lo que hay que tener para contener la escalada violenta en el deporte, con policías capacitados en tribunas y penas ejemplares. Pero, al mismo tiempo, entender que el joven que roba 200 pesos o la mujer que entra 5 gramos de marihuana a una cárcel puede tener una pena alternativa: endurecer a quien se deba, y alivianar con quien se deba, y así frenar la escalada de personas privadas de libertad. Donde, los que sí merecen la cárcel, no vayan a una escuela del delito si no a un centro de rehabilitación: más cárcel de Punta de Rieles y menos COMCAR.

Un país donde se condene de igual forma actos terroristas que la masacre de inocentes indefensos.

Un país donde el sentido de responsabilidad del gasto público sea igual al gasto que tiene cada uno en su hogar; y si no nos sale hacerlo por naturaleza humana, que las reglas hagan lo suyo. Pero, que al mismo tiempo, se hagan gastos impostergables que son una inversión a futuro.

Es de sentido común querer un país donde la norma sea cuidar los fondos públicos, pero en varios departamentos del país es norma el clientelismo, los contratos turbios y el acomodo a familias y militantes.

Debemos ir hacia un país donde no vuelva a pasar un periodo donde las reformas educativas no reformen la educación, las viviendas no vayan a quienes más las necesitan, los aviones comprados no vuelen, el ajuste fiscal no baje el déficit, falten medicamentos en salud pública, y más.

Un Uruguay que siga sin distracciones el camino comenzado hace unas semanas por el Ministerio de Economía. Un Uruguay más simple, más atractivo para emprender, para invertir, para que jóvenes locales proyecten una vida en el país con optimismo y con oportunidades reales para inmigrantes. Donde reglamentaciones obsoletas y protectoras del poder de unos pocos no afecten la alimentación ni el acceso a productos de higiene de niños por su alto precio, ni tampoco colaboren a que una pareja decida no tener hijos porque no llega económicamente.

Gobernar con sentido común, que no es más que cumplir con su trabajo, es lo mínimo que tenemos que exigirle a nuestra clase política, a la de hoy y a la de antes. El rumbo está claro y no tiene bandera ni color político. Este barco lo comparte gente de todos los bandos, y también aquellos que no lo tienen. Creo que sólo si caminamos hacia allí, sin distracciones, habrá luz al final del túnel, sobre todo para los más vulnerables. Este, me parece, es el deseo razonable de la mayoría silenciosa.

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