UNA FECHA QUE NOS INTERPELA
Laicidad no es ateísmo de Estado. No es prohibición de lo sagrado en el espacio público. No es el silencio obligatorio de los creyentes cuando concurren a la plaza o al parlamento. Ese malentendido —extendido, arraigado, sincero en muchos casos— es precisamente lo que este Día de la Laicidad, 19 de marzo, debería ayudarnos a corregir. Este artículo propone exactamente eso: recuperar el sentido filosófico genuino de la laicidad, distinguirla del laicismo y aplicar esa distinción a uno de los debates más actuales del Uruguay de 2026: si el Papa León XIV visita nuestro país, ¿debe el Parlamento recibirlo? La respuesta, bien pensada, no solo es sí. Es que hacerlo sería uno de los gestos más laicos que la democracia uruguaya podría protagonizar.
LAICIDAD Y LAICISMO: UNA DIFERENCIA QUE IMPORTA
La laicidad es el principio por el cual el Estado no adopta ni impone ninguna cosmovisión particular como fundamento oficial de su autoridad. Garantiza que todos los ciudadanos, creyentes o no, participen en igualdad en la vida pública. El laicismo, en cambio, es una postura ideológica que va más allá de la neutralidad y propugna activamente la expulsión de las religiones del espacio público. Es, en el fondo, un dogmatismo al revés: donde el creyente impone su fe, el laicista impone su increencia.
La historia muestra que la laicidad no es un modelo único. Charles Taylor lo documentó con rigor: la secularidad moderna no debe interpretarse como la desaparición de la religión, sino como una transformación de las condiciones de creencia. El modelo francés —la laïcité— propone separación estricta y espacio público sin símbolos religiosos. El modelo anglosajón permite formas de cooperación bajo el principio de no establecimiento. En Uruguay, la Reforma Vareliana y el batllismo construyeron un modelo propio que fue un logro civilizatorio, pero cuya consolidación derivó en una comprensión cada vez más estrecha, que tendió a equiparar laicidad con exclusión simbólica de lo religioso.
VAZ FERREIRA, TAYLOR Y HABERMAS: TRES VOCES PARA REPENSAR
El filósofo uruguayo más lúcido sobre este asunto fue Carlos Vaz Ferreira. En Sobre los problemas sociales, propone una comprensión de la laicidad que sigue siendo revolucionaria: no es una doctrina, sino un método antidogmático orientado a impedir que cualquier convicción —religiosa, política, científica o ideológica— se convierta en espíritu oficial. Eso incluía, con igual severidad, la imposición religiosa y la imposición laicista. Vaz Ferreira soñaba con espíritus más completos: ciudadanos capaces de pensar con amplitud, revisar sus convicciones y dialogar con humildad intelectual.
Jürgen Habermas —quizás el mayor filósofo político del siglo XX, agnóstico declarado— sostuvo que vivimos en sociedades postseculares, donde la persistencia de las formas religiosas obliga a la razón secular a revisar sus propias pretensiones. Fue taxativo: el Estado democrático de derecho no puede exigir a los ciudadanos religiosos que abandonen sus convicciones y las traduzcan a un lenguaje secular antes de participar en la vida pública. Las razones religiosas, cuando se someten al juego de la argumentación común, son razones legítimas en la deliberación democrática.
La paradoja uruguaya: somos uno de los países más secularizados de América Latina, y al mismo tiempo uno de los que más psicofármacos consume, más soledad registra entre jóvenes y ancianos, y mayor crisis de sentido exhibe. Vaz Ferreira lo habría entendido en seguida: el dogmatismo laicista expulsó algo del espacio público sin ofrecer nada equivalente a cambio. No afirmo que hay una relación causal, pero la correlación puede vincular la ausencia del lenguaje trascendente, modelos de referencia y valores o principios que nos ayudan a orientar el sentido de nuestras vidas, con la experiencia de vacío y soledad, que lleva a utilizar productos para evadirnos de esta realidad.
EL APORTE DE LA RELIGIÓN: DATOS, NO FE
No hablamos de teología. Hablamos de evidencia. Los estudios de las últimas décadas muestran que las prácticas religiosas y espirituales contribuyen al bienestar en salud mental al otorgar propósito, esperanza y autoestima, y mejoran síntomas de depresión, ansiedad e ideación suicida.
La OMS ya reconoce la dimensión espiritual como parte de la salud integral. La inteligencia emocional es importante, pero la inteligencia espiritual es clave y urgente. Existe además una correlación mundial reveladora: donde disminuye la libertad religiosa, se deterioran la democracia y los derechos humanos.
Uruguay lo sabe, aunque lo haya olvidado. Antes que el batllismo articulara la legislación laboral, fueron sindicatos cristianos inspirados en la Rerum Novarum los que reclamaron el descanso dominical, la jornada de ocho horas y el salario justo. Durante la última dictadura cívico militar, la Iglesia Católica fue uno de los pocos espacios de refugio: los obispos registraron información sobre detenidos y desaparecidos, y las parroquias acompañaron a familias perseguidas cuando el silencio era la norma. Hoy, de las 150 organizaciones de servicios a la infancia en Montevideo, al menos 70 tienen vinculación directa con organizaciones religiosas. En los barrios más pobres de la capital, las escuelas públicas y colegios, junto a parroquias y capillas, suelen ser el único tejido institucional que permanece.
EL PAPA EN EL PARLAMENTO: EL GESTO MÁS LAICO POSIBLE
León XIV ha confirmado su intención de visitar Uruguay en 2026, la primera visita papal en casi cuarenta años. Un grupo de diputados de distintos partidos ya propuso que el pontífice incluya una instancia en el Parlamento. La reacción refleja del laicismo fue la de siempre: eso viola la separación Iglesia-Estado. Pero la reacción refleja no es argumento.
El Parlamento uruguayo ha recibido a líderes mundiales, jefes de Estado y premios Nobel sin adherir a sus ideologías. León XIV no vendría como autoridad religiosa sobre el Estado, sino como la voz moral más escuchada del planeta. Juan Pablo II habló ante el Parlamento Europeo en 1988. Francisco lo hizo ante el Congreso de los EE.UU. en 2015, anteriormente también lo hizo Benedicto XVI. En ninguno de esos casos el Estado financió una misa o legisló en nombre de Dios. Solo escuchó. Y escuchar nunca fue inconstitucional, sí democrático.
De qué hablaría el Papa en el Parlamento uruguayo: de pobreza, desigualdad, crisis climática, paz, dignidad humana, soledad de los ancianos, desesperanza de los jóvenes, Inteligencia Artificial. Ninguno de esos temas tiene denominación religiosa. El presidente Orsi ya se reunió con él en el Vaticano. Si el Presidente de la República puede escucharlo, ¿por qué no pueden hacerlo los representantes de la ciudadanía?
Hay una dimensión que trasciende la agenda política. Vivimos lo que Gilles Lipovetsky llamó la era del vacío: hiperconsumo, individualismo extremo, ausencia de horizontes de sentido. León XIV es hoy una de las pocas voces globales capaces de hablar de paz con autoridad moral genuina: no la de las armas ni la del dinero, sino la del servicio gratuito. Recibirlo en el Parlamento no es un acto de fe. Es reconocer que en la era del vacío las democracias también necesitan alma, es decir, un fundamento intelectual y de principios, el vivir desde el servicio al bien común.
LA LAICIDAD QUE NOS MERECEMOS
El Día de la Laicidad no debería ser una fecha de trinchera. Debería ser el día en que Uruguay recuerda por qué construyó este principio: para que todos pudieran pensar libremente, creer o no creer sin miedo, y participar en igualdad. Una laicidad que expulsa voces no protege la libertad: la restringe.
La laicidad integradora que Uruguay necesita debe combinar neutralidad estatal e inclusión cultural; reconocer la pluralidad espiritual del país sin restablecer viejas hegemonías; abrir el espacio público a múltiples lenguajes éticos sin permitir que alguno se vuelva obligatorio. Uruguay posee una tradición laica valiosa: lo que necesitamos no es negarla, sino ampliarla.
Una democracia madura no teme escuchar. Delibera, contrasta y se enriquece. Y una laicidad verdadera no silencia: hospeda.







