No es bueno para la sociedad encarnizarse en discusiones meramente formales. Es lo que está pasando con el debate que se generó al conocerse las conclusiones del llamado diálogo social. Las discrepancias reales que se producen en una sociedad tironean el tejido social francamente, pero las discusiones fabricadas, las que se presentan por una cosa y son por otra, terminan enfermando a la sociedad, la vuelven neurasténica.
Este diálogo social que hoy ocupa la atención nace de las filas de quienes propusieron un plebiscito contra la reforma de la seguridad social que promovió el gobierno anterior y lo perdieron; la mayoría de los uruguayos no acompañó, votó en contra de modificar esa reforma. Esta es la verdad simple y derecha.
Pero los perdedores no se avinieron, creen que tienen razón y que las mayorías se equivocaron, y procedieron a inventar un organismo ad hoc con el fin de llegar a sus propósitos por otro camino. Eso les permite decir que no van contra el resultado (literal) del plebiscito.
Queda todo más claro en las palabras del Senador Brenta quien, sin ambages ni pruritos dijo: los plebiscitos no están grabados en piedra. Decodificado quiere decir: si perdí me mato de risa del resultado del plebiscito; busco la vuelta y consigo lo que pretendo por otro lado.
En realidad, y si se quiere analizar el asunto con franqueza, todo este llamado diálogo social es una gran hipocresía desde el comienzo. Veamos.
La primera hipocresía, la hipocresía fundante radica en la elección a dedo de los integrantes del tal diálogo. Imaginemos que hubiese una gran discrepancia en el futbol entre Nacional y Peñarol y viene alguien que dice: busquemos el consenso, formemos una comisión de diálogo y la integramos con seis delegados de Peñarol y tres de Nacional. Ya se sabe cuál será el resultado, ¿no?; todo el formalismo de reuniones, deliberación y demás es pura farsa.
La integración a dedo de este llamado diálogo social fue una farsa. Busque Ud. sacrificado lector en Google cómo estaba integrada esa comisión y me dará la razón. El Partido Independiente tenía un lugar, el Partido Nacional también, solo uno. Estaban los representantes del Frente Amplio y también los del PIT-CNT (3). La Federación Rural o la Asociación Rural, por ejemplo, no estaban. Y había –lea bien- un representante de la “Alianza de organizaciones para los derechos de las personas con discapacidad”. La misma representación (1) que el P. Colorado, que tiene cien años y lo votan cientos de miles. Con esa integración ya se sabía cuál iba a ser el tenor de las conclusiones finales antes de empezar a reunirse.
Estos inventos ad hoc son una farsa: en las democracias el diálogo tiene lugar en el Parlamento, donde se sientan los que tienen respaldo de votos y en la cantidad que dé ese respaldo. En nuestro país ha cobrado cuerpo una superstición infantil de que cuanta más gente se convoque para resolver sobre un asunto más representativo y mejor será el resultado. Es una fantasía tonta; no será mejor y ni siquiera más representativo. Hay que tener más respeto con el Parlamento como institución representativa y democrática. (Y tenemos que procurar hacernos menos trampas al solitario).