En el fondo, muy en el fondo, todas las posturas políticas pueden clasificarse en dos grandes corrientes, liberalismo y comunitarismo (no confundir: escribí “comunitarismo”, no “comunismo”), que hasta el Siglo pasado se enfrentaron duramente.
El tema viene a cuento porque, con el fenómeno Milei, el liberalismo extremo parece haberse puesto de moda. Una moda bastante innecesaria, ya que, como veremos, el liberalismo se ha impuesto como concepción política dominante desde hace varias décadas.
¿En que se diferencian el liberalismo y el comunitarismo?
Más allá de las mil variantes de uno y de otro, su diferencia fundamental es no solo filosófica sino antropológica.
En esencia, el liberalismo cree que el sujeto protagónico de la historia humana es el individuo, y que la sociedad existe para asegurar los derechos y posibilitar el bienestar de los individuos. De ahí, por ejemplo, la ficción del “contrato social”, que intenta explicar simbólicamente a la sociedad como un acuerdo de mutua conveniencia entre los individuos para mejorar sus vidas
El comunitarismo, en cambio, es colectivista. Afirma que el sujeto de la historia humana ha sido siempre la tribu, el clan, el grupo social, y que el individuo es una abstracción impensable, salvo como producto de una colectividad y una cultura que posibilitan su existencia e identidad. De modo que no hay ningún contrato social. La comunidad humana siempre existió y el individuo es apenas una novelería occidental de los últimos quinientos años.
Supongo que, de las dos definiciones, muchos sentirán que la primera, la liberal, es la que se ajusta a sus convicciones, la que les resulta natural y de sentido común. Es lógico. Somos hijos de la cultura occidental. La que inventó al individuo, su libertad, sus derechos, su soledad, su inseguridad y sus angustias existenciales.
La lucha entre el liberalismo y el comunitarismo, en especial hasta fines del Siglo XX, estuvo centrada en el papel del Estado, sobre todo en la economía. Como es lógico, el liberalismo era enemigo tanto de la intervención estatal como de los impuestos. Sostenía que la primera afectaba la libertad individual y los segundos eran un robo, un castigo al esfuerzo y a la iniciativa privada. Las posturas colectivistas, en cambio, afirmaban que, sin intervención estatal, la inequidad social y la explotación se volvían intolerables.
Dije antes que, al menos en este Siglo, el liberalismo parece haber ganado la batalla. Atrás quedaron las corrientes políticas colectivistas, el comunismo, el socialismo, incluso la socialdemocracia, el fascismo, el nazismo, y las concepciones tradicionalistas, para las que los intereses y las libertades individuales debían ceder ante el interés colectivo del Pueblo, del Estado, de la Nación, de Dios o de la Moral tradicional.
Ya a fines del Siglo XX, hubo quienes percibieron el triunfo del liberalismo. Francis Fukuyama, por ejemplo, publicó un libelo titulado “El fin de la Historia”, en el que, al terminar la Guerra Fría, celebraba el fin de la batalla ideológica con la Unión Soviética y la expansión global de un liberalismo económico, político y cultural que se perfilaba como definitivamente hegemónico.
No estaba del todo equivocado, al menos respecto a las sociedades occidentales. Hoy, derechas e izquierdas respiran un aire filosóficamente liberal. Las dos exponen sus programas políticos en términos de “derechos”, en la concepción más liberal del término, para la que el individuo es un acreedor de derechos ante la sociedad y no un sujeto obligado hacia la sociedad.
Nadie que se postulara hoy a un cargo político, afirmando que la sociedad necesita personas dispuestas a cumplir deberes ciudadanos, a sacrificar algunos de sus derechos y a trabajar voluntariamente para sacarla adelante, lograría ser electo para nada.
Por otro lado, todos –en la izquierda, en la derecha y en el centro político- creen a pies juntillas en la libertad de mercado y en que captar inversiones de grandes capitales transnacionales, otorgándoles cualquier privilegio que reclamen, es el único camino viable.
En síntesis, estamos en pleno apogeo del liberalismo. Y empezamos a vivir algunos de sus problemas más paradójicos, de los que el gobierno de Milei es una especie de sinopsis siniestra.
Quiero ser claro. Ningún régimen plenamente comunitarista o plenamente liberal sería vivible. Posiblemente la vida real requiera siempre regímenes mixtos, con toques de una y de otra concepción.
Las concepciones comunitaristas tienen usualmente un problema con la libertad. Tienden a ser conservadoras y asfixiantes, porque, en nombre del pueblo, el Estado, la nación, la moral o la tradición, imponen exigencias autoritarias y paralizantes. Ese es su talón de Aquiles.
El liberalismo tiene también su talón de Aquiles. Y es la economía. Si habláramos de liberalismo ideológico, político, religioso o de las costumbres, a nadie que no sea un autoritario visceral tendría por qué importarle lo que piensa, vota, opina, reza o cómo vive cada uno. Pero el liberalismo radical está inextricablemente unido a la economía. Su empeño en defender la propiedad privada y la libertad económica irrestrictas lo lleva a dos grandes paradojas invalidantes.
La primera paradoja es que la propiedad privada, a la que el liberalismo económico considera sagrada, requiere la protección del Estado (escrituras, registros públicos, jueces, policía), al que el liberalismo odia. Y, admitida la intervención del Estado para proteger la propiedad, ¿por qué no habría de admitírsela para proteger los derechos laborales o para realizar políticas sociales? ¿Dónde está el límite? ¿Quién lo fija?
La segunda paradoja es realmente inquietante. La libertad económica irrestricta conduce inevitablemente al autoritarismo. ¿Por qué? Porque la acumulación ilimitada de capital genera niveles de poder obscenos, que terminan corrompiendo a los gobernantes, poniéndolos a su servicio, determinando sus políticas, manipulando a la opinión pública mediante el control de los medios de comunicación y sometiendo a quienes quieran resistirse.
¿Alguien cree que en mercados en los que actúan firmas como Vanguard o BlackRock (Uruguay es uno de ellos) existe libre competencia y equidad de oportunidades? ¿Creen que el desembarco prepotente de empresas Israelíes en la Argentina de Milei crea condiciones económicas y políticas como para que “la libertad avance”?
Hay mucho más para decir sobre este tema. De hecho, este artículo es un resumen parcial de un texto más extenso en preparación. Pero hay algo que no debe quedar sin ser dicho.
En la medida en que cree que la sociedad es la suma de intereses particulares de sus integrantes, y que el mercado, es decir la compra y venta de bienes y servicios, puede satisfacer todas las necesidades sociales, el liberalismo económico tiene un punto ciego que es demoledor para cualquier sociedad.
La sociedad no es una suma de intereses particulares. Hay áreas vitales que no pueden ser cubiertas por la oferta y la demanda. ¿Qué oferta y qué demanda pueden decidir cuál es el bien común de un país, su rumbo cultural, su modelo productivo, sus reglas de convivencia, la educación de sus niños?
Hay toda una esfera de la vida en común que no puede ni debe resolverse por las reglas del mercado, ni mucho menos por los intereses más poderosos del mismo mercado.
El liberalismo económico finge que esa esfera no existe, a la vez que pretende decidir sobre ella con la lógica del mercado. Por eso es la ideología del poder. Y por eso derivará inevitablemente en un autoritarismo feroz si no somos capaces de detenerlo a tiempo.







