León XIV, el valor del derecho y la regeneración democrática por Gustavo Monzón

En La hora de los depredadores (2024), el politólogo Giuliano Da Empoli ofrece una imagen que captura el momento político que atravesamos: la democracia ya no administra el conflicto mediante el diálogo racional orientado al bien común. Lo que domina el paisaje actual es la política del caos. Ideólogos que cultivan sistemáticamente la indignación, explotan las emociones y polarizan las identidades para consolidar un tribalismo que desintegra el tejido cívico. Las democracias iliberales no son anomalías: son el resultado previsible de una profunda mutación del orden político global.

Es en este horizonte donde cobra todo su peso el discurso, con ocasión del inicio de año, que León XIV dirigió al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede el 9 de enero de 2026. No fue una alocución protocolaria. Fue una intervención que merece ser leída con atención por quienes nos preocupamos por el futuro de las democracias y creemos que la razón pública y la tradición religiosa no son adversarias, sino interlocutoras necesarias para sostener el régimen democrático en tiempos de adversidad.

La ciudad y sus dos amores

León XIV eligió como hilo conductor el De Civitate Dei de san Agustín, redactado en el siglo V cuando Roma atravesaba una crisis de legitimidad sin precedentes. Agustín distinguió dos ciudades: la ciudad de Dios, animada por el amor incondicional al bien; y la ciudad terrena, amenazada por el amor propio que alimenta la sed de poder y conduce a las comunidades políticas a su autodestrucción. El Papa fue preciso al señalar que esta distinción no implica un dualismo ni una confrontación entre la Iglesia y el Estado. No propone un programa político: ofrece categorías para leer el momento presente y advertir sobre los peligros que el nacionalismo excesivo, la distorsión del lenguaje y el liderazgo sin anclaje en la verdad representan para la vida democrática.

El lenguaje como condición política

El primer foco del discurso es el lenguaje. La crisis del multilateralismo no es solo un problema de voluntad política: es también, y quizás fundamentalmente, un problema semántico. León XIV señala que en las sociedades contemporáneas se ha producido una ruptura entre el lenguaje y la verdad. Las palabras han perdido su conexión con la realidad; en la ambigüedad resultante, el lenguaje se convierte en un arma para golpear y ofender en lugar de comunicar. La paradoja es que este debilitamiento se invoca con frecuencia en nombre de la libertad de expresión. Pero el efecto es el contrario: la libertad de expresión está garantizada precisamente por el anclaje de los términos a la verdad. Un lenguaje que, en su afán inclusivo, excluye a quienes no se ajustan a las ideologías que lo moldean, no es libertad: es una forma sofisticada de opresión. Sin lenguaje común no hay deliberación; sin deliberación no hay democracia.

La libertad religiosa y la laicidad positiva

El segundo punto es la libertad religiosa, que la Iglesia reconoce como fundamento de los derechos humanos desde Dignitatis Humanae (1965). No es un privilegio confesional: es la expresión jurídica de la capacidad humana de buscar la verdad. León XIV identifica dos amenazas. La primera, más visible: los regímenes autoritarios que persiguen a los creyentes —más de 380 millones sufren discriminación y violencia por causa de su fe. La segunda, más sutil, se da en democracias que, en nombre de los derechos y la igualdad, restringen progresivamente la capacidad de los creyentes para proclamar sus convicciones en el espacio público. El constitucionalista Joseph H. Weiler ha llamado “cristofobia” a esta actitud. El aporte del Papa es decisivo aquí: una sociedad verdaderamente libre no impone uniformidad, sino que protege la diversidad de conciencias. Esa es la laicidad positiva que León XIV defiende: no la expulsión de la fe del espacio público, sino la garantía de que la fe y la razón secular puedan dialogar fructíferamente para el bien de todos.

La paz como problema de derecho, no de fuerza

El tercer foco es el más directamente político: la paz y el multilateralismo. León XIV denuncia que el principio establecido tras la Segunda Guerra Mundial —que prohibía usar la fuerza para violar fronteras ajenas— ha sido vulnerado. La diplomacia fundada en el diálogo está siendo sustituida por otra basada en la fuerza. La guerra vuelve a estar de moda. Siguiendo a Agustín, el Papa advierte: incluso quienes buscan la guerra no pretenden otra cosa que imponer su propia paz, la paz que les gusta. La paz construida sobre la victoria unilateral no es paz: es dominación con otro nombre. La paz verdadera requiere la humildad de la verdad y la valentía del perdón. El respeto al Derecho Internacional Humanitario y el fortalecimiento del multilateralismo no son idealismos ingenuos: son las condiciones estructurales para que el estado de derecho no sea devorado por quienes tienen interés en el caos.

El aporte de la Iglesia al regeneramiento democrático

En el discurso de León XIV hay una afirmación de fondo que merece ser subrayada. El Papa señala que nuestra época parece inclinada a negar a la ciudad de Dios su derecho a la ciudadanía en la vida pública. Cuando la sociedad clausura el horizonte trascendente, el amor propio crece sin contrapeso. Si en la vida cívica falta un fundamento que trascienda los intereses particulares solo prevalece la voluntad de poder. Lo que el Papa propone no es imponer una cosmovisión religiosa al orden secular: es recordar que la dignidad de la persona —fundamento del derecho y de la convivencia democrática— requiere un anclaje que el puro cálculo de intereses no puede proveer.

El diagnóstico de Da Empoli y el discurso de León XIV convergen, desde tradiciones y lenguajes muy distintos, en un mismo punto de alarma: el orden político que conocimos está siendo deshecho por fuerzas que explotan el caos, erosionan el lenguaje común y han abandonado la búsqueda del bien común. La respuesta de la Iglesia no es nostálgica ni restauracionista. Es la respuesta de quien, desde una larga memoria histórica y una convicción profunda sobre la dignidad humana, sostiene que la razón y la fe, la ley y la conciencia, aún pueden articular una respuesta a la altura del tiempo. En tiempos de depredadores, un León de paz puede ser exactamente lo que el debate democrático necesita.

Nota: Este artículo es una versión breve, del publicado en la Revista Entre Todos de Abril 2026, titulado, “Un León entre depredadores”

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