LISTA DE ESCUCHA/2  por Jorge Alastra

1- “Canciones Chuecas” (1971) fue el octavo disco de Daniel Viglietti, considerado uno de sus mejores trabajos. La canción “Cielito de tres por ocho” es una musicalización de unos versos atribuidos al poeta Bartolomé Hidalgo (1788-1822) que el músico adaptó y transformó. La música introduce armonías de séptima mayor, algo inusual para un “Cielito”, además de otras irrupciones que se apartan de la música de corte nativista. La fuerza expresiva de Viglietti queda patentada en esta versión donde, además, su guitarra oficia de pequeña orquesta de cámara. “Cielito, cielo que sí/ El rey es hombre cualquiera/ Y morir para que él viva/ ¡la puta! es una zoncera”.   

2- En 1983, Jorge Galemire editó un álbum que se convertiría en objeto de culto para muchos músicos de distintas generaciones y palos estéticos. Es que la música registrada en “Segundos Afuera” es tan bella desde tan diferentes ángulos artísticos, que cuesta no rendirse ante su alta capacidad melódica y arreglística. La hermosa y breve balada “La Costurera” parece salida de un disco de McCartney. Nadie podría discutirlo. Su arco melódico demuestra la sensibilidad de Galemire, su mundo interior, su alma. El arreglo es tan refinado como el canto (donde se destaca el trabajo fantástico del bajista Andrés Recagno), y la puesta en escena de un texto lleno de afecto por la mujer entregada a su oficio, tan importante, aunque invisible: “La costurera/ dedo de aguja/ se nos durmió/ hora de brujas/ la espalda curva/ no le aguantó”. 

3- Una de las canciones más importantes de Eduardo Darnauchans es “Canción del Malamente Ciudadano” con texto del poeta Washington Benavides. Sin embargo, por esos misterios de destino, ha quedado detrás de otras, quizá no tan trascendentes. Según la historia, quedó afuera de su tercer álbum “Sansueña” (1978). El arreglo y la ejecución de todos los instrumentos, por ende, fueron del maestro Jorge Galemire. Pero aquí lo destacable de esta canción es la melodía. ¿De dónde diablos llegó, de dónde Darnauchans, pudo extraer esta línea melódica tan luminosa? Y lo curioso -al menos para quien escribe esto- es que, aunque la canción se ubica en el ámbito del rock o del folk anglosajón, su melodía insiste en quedarse en nuestros campos y besa la tierra. Una bellísima obra que hay que recuperar. “Tu voz me llega a veces/ Por un aire de hierro/ Por un intransigente aire/ De vidrio y hierro// Y pienso en el poema/ Del hombre del desierto:/ La mano de la amada/ Posada sobre el perro/ Y un río de frescura/ Desataba en su sueño”. 

4- En 1991, Hugo Fattoruso y Rubén Rada, publicaron en Buenos Aires “Las aventuras de Fattoruso & Rada”. Aquí aparece “Candombe para Figari”, uno de los mayores candombe-canción escritos en Uruguay, y quizá el mejor texto de la carrera de Rada: “Querido amigo Figari, pintor de la tierra mía/ Usted nunca imaginó que un candombe le daría/ De tanto mirar sus cuadros aquí y en tierras vecinas/ Me di cuenta que pintó música como la mía”. A pura cuerda, el candombe se aleja del tono jazzístico esperado y se sumerge en el barrio; el del sur de Montevideo. La estructura creada por Rada es perfecta. Y arrollador su estribillo: “Rompe a lonja, rompe/ Parche y madera, madera/ Dale a la lonja moreno/ Que resuenen los candombes por Figari una vez más”. Un emotivo homenaje de un artista negro a uno blanco. Actores trascendentes, ambos, de la cultura uruguaya. 

5- La tanguez es un término que se empezó a utilizar para etiquetar ciertos productos que no eran tango hecho y derecho, sino ramificaciones del género y que tenían un fuerte componente piazzolliano en su dirección. Daniel Amaro y Jorge Bonaldi fueron dos artistas que bucearon en este mar aportando hermosas obras. Bonaldi tuvo un protagonismo casi único en este nicho de la canción popular, que desde luego ha usado el tango de manera más explícita o tangencial en muchos autores. Hay muchas canciones de Bonaldi de aquel período que merecen ser revisitadas, reeditadas y reconocidas por un público más joven. “Ciudad Vieja”, aparecida en “Montevideo” (1978), es hermosa y nostálgica con tres partes bien definidas y un texto magnífico de Washington Benavides. En el evidente trance piazzolliano viaja la canción, que por un momento milonguea a “lo Piazzolla”, pero sin perder el timón de que estamos hablando de Montevideo. El clímax del poema es justamente el final; y que curiosamente nos habla del hoy, pero desde el ayer: “en el espejo del bar/ no me encuentro aunque me miro/ que si no entiendo mi tierra/ no me entenderé yo mismo”. 

6- El presentador de tablado que asume Eduardo Mateo en “Flor de Murga” (Mal tiempo sobre Alchemia, 1987), puede rastrearse desde “Todos detrás de Momo” (1971) de Los Olimareños/ Rubén Lena. Pero la principal influencia fue, sin dudas, el final de “Retirada” de Jaime Roos (“Para espantar el sueño”, 1978); aquel momento surreal que evocaba al animador de un tablado barrial. La canción es luminosa y se ubica como en una dimensión espiritual de la murga-canción. Es como si Mateo rindiera su propio homenaje a este formato, como lo haría un admirador desde afuera. La inclusión del coro femenino es algo que se adelanta a los tiempos, si bien Mateo utilizó estas voces como algo tímbrico (lo mismo que las congas) y no como una pretensión de corte “político”. Puede decirse que “Flor de Murga” es una murga-mantra. Que pese a no ser una especie que se remita al género, y solo lo esboce, es tan sensible que hace dejar de lado ese aspecto. La única aproximación del maestro a la canción de espíritu murguero. 

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