En 1984 se editó en Buenos Aires un disco que se convertiría con el paso del tiempo en objeto de culto. Un músico argentino, Oscar Moro (1948-2006) y otro uruguayo – oriundo de Canelones -, Luis Alberto “Beto” Satragni (1955-2010), se juntaron para producir lo que sería el álbum Moro-Satragni. El primero había sido integrante de bandas emblemáticas como Los Gatos, Color Humano o Serú Girán; el segundo contaba con una trayectoria importante en Argentina con el grupo Raíces y con Spinetta Jade.
Ambos con un enorme camino transitado antes de llegar a esta producción en particular. Un trabajo que sintetizó un poco lo que habían integrado desde la experiencia a su propio arte, y que dejó en claro la influencia notoria – en el caso de “Beto” Satragni – de la música de su tocayo Luis Alberto Spinetta. Una marcada huella que nunca eclipsó su esencia afrouruguaya original.
Se puede decir que el rock argentino fue siempre una anomalía, pues al tener escasos músicos negros que interactuaran y enriquecieran el rock local, lo que surgió fue una expresión popular determinada por músicos blancos, de clase media, que emulaban los modelos anglosajones. En el caso de Uruguay, si bien el movimiento de rock también tuvo sus exponentes también blancos y de clase media, el componente afro estuvo siempre presente como rasgo biológico. Aunque también tuvo sus problemas (y esto sería material para un artículo más extenso y profundo); ya que los negros de “allá” – para mucha gente – no eran iguales a los de “acá”. Una banda importante como Tótem, tuvo sus inconvenientes por ser “demasiado negra”, en Uruguay y en Argentina. O el tipo de asordinado racismo que sufrió un grupo como El Kinto, que trabajaba una estética (y un sonido) que no coincidía con lo difundido por los medios masivos. Y es por esto por lo que este disco (una pena que haya tenido un solo opus) es un ejemplo de interacción de dos mundos: el roquero argentino con toda una trayectoria de mercado autosuficiente y nuestra música afro que se introducía por las hendijas del fenómeno. Rubén Rada había sido un factor determinante para colocar nuestra cultura musical negra en el panorama de la música popular del vecino país y Satragni caminó sobre sus pasos.
Moro-Satragni contó con un elenco de grandes instrumentistas, a lo que se agrega la participación especial de tres figuras prestigiosas como Charly García, quien participa como autor, vocalista y tecladista en “Cómo me gustaría ser negro”; David Lebón como guitarrista y cantante en “Todo lo que pueda hacerme bien”; y el flaco Spinetta como autor y guitarrista en “Mirada azul”. Además, los nombres que surgen pertenecen al corazón de la historia del rock y el jazz argentino: Lito Epumer, Gustavo Bazterrica, Leo Sujatovich o Diego Rapaport.
“Aguantando con fiebre” (Satragni) es un clima introductorio donde ya se perfila el sonido global. De un comienzo jazzístico climático cambia a una cosa más roquera, a lo Serú Girán, pero con la extrañeza de que la voz principal remite a Pippo Spera. Y aquí ya empieza a entrelazarse lo que dijimos al inicio de estos apuntes, pues es una especie de Serú Girán cantado “en uruguayo”. “Canecandombe” (Stragni) suena a Barcarola sin paradas intermedias. Es una bella candombez que bien podría haber producido el grupo cuya voz principal era la de Pippo. Es una especie de mirada nostálgica a la “tierra de uno”: “Llego contando las manzanas/ que el tiempo va borrando/ me voy para el tablado/ comentan en la esquina/ parece que en esta noche/ va a haber una llamada”. Aparece en percusión Osvaldo Fattoruso y le da el color fundamental desde los tambores.
“Como me gustaría ser negro” (Ch. García) es una clásica canción garciana, escapada del territorio de SG, con su atmósfera de jazz-rock (vía Génesis) pero con tambores; o sea, con candombe (años antes de que Peter Gabriel presentara su proyecto Real World). Dice García irónicamente: “Si yo fuera un ciudadano de primera/ amparado por una constitución/ yo te podría decir que me cago en tu amor/ y que me gustaría ser negro/ y con mucho olor”.
“Mirada azul” (L. A. Spinetta) suena a Spinetta Jade a tope. Los integrantes que aparecen tocando eran o fueron integrantes de la banda, con el agregado de Osvaldo Fattoruso en percusiones. Aquí se repite el efecto “spera” en la voz principal cantada por Satragni. Y la mezcla resulta deliciosa. “Bailarina, pequeño amor/ todos mis sueños yo te doy/ cristalina mirada azul/ algo por fin me embriagará”. Cierra el disco una canción que es SG en toda su extensión. David Lebón colocó su voz y la guitarra en “Todo lo que pueda hacerme bien” (D. Lebón/ O. Moro). Un “pop” sin muchas sorpresas, nada más que la participación de Lebón que aparece – del mismo modo que Charly – como gancho comercial del sello discográfico, ya que SG acababa de deshacerse como banda. Un álbum que está colocado entre los materiales de culto, con un slogan que reza: “música para músicos”. Aunque no estemos de acuerdo con esto, un poco es el destino de cierta música que no es masiva.


