Los otros tupamaros

El pasado 29 de abril hubo una novedad editorial que no pasó desapercibida. Llegó desde la Academia en forma de tesis de postgrado. Javier Suárez, profesor Magister en Historia Política, se metió con uno de los temas tabú para la izquierda como fue la renuncia a la lucha armada por parte de la inmensa mayoría de los tupamaros. Entre los años 1974 y 1976, el 85% de sus militantes tomaron distintos caminos, con la decisión de no seguir por el camino de la lucha armada.

Suárez agrega un acápite sugerente al título: “Cuando la revolución deja de ilusionar”. El texto profundiza, documenta, va a distintas fuentes para construir un trabajo original, aunque otros autores ya hubiesen anunciado lo que la historia oficial del MLN había esquivado.

El 14 de abril de 1972, y durante los meses siguientes, el MLN sufrió una derrota estratégica. Todo su aparato militar fue destruido por la acción de las Fuerzas Armadas. Hasta ese día el MLN (Tupamaros) había mostrado una vitalidad constante, una capacidad extraordinaria para sobreponerse a los golpes recibidos. ¿Qué pasó a partir del 14 de abril, cuando el MLN ponía en marcha su plan “Hipólito”, de acoso a las Fuerzas Armadas? Ese fue el día elegido para golpear al Escuadrón de la Muerte, organización clandestina, constituida por civiles y militares que se habían propuesto debilitar al MLN en su militancia periférica, allegados, colaboradores, a través de atentados que implicaron, como método, el asesinato precedido de crueles torturas. El 14 de abril los tupamaros mataron a cuatro integrantes del Escuadrón de la Muerte, pero las Fuerzas Armadas y la Policía eliminaron a ocho integrantes del MLN. Los tupamaros se habían propuesto iniciar una ofensiva contra la represión; en los hechos, fue la contraofensiva de la represión la que consiguió imponerse.

El MLN no solo perdió su aparato militar y, prácticamente, toda su infraestructura, sino que también perdió su retaguardia en el interior del país. En setiembre, a raíz del golpe de Estado en Chile, también tuvo que abandonar el territorio chileno, quedándole solo un numeroso grupo en Cuba que se preparaba militarmente para volver al país a continuar la lucha armada. Por su cercanía, Argentina podía servir de retaguardia, función que había desempeñado el interior del país, limitado para esconder a clandestinos, curar heridos y, en mucho menor medida, esconder armamento. La pérdida de la retaguardia, y no haber prestado suficiente atención al hecho de que desde setiembre de 1972 las Fuerzas Armadas utilizaban sistemáticamente la tortura en el interior, tomando a la organización armada desprevenida y con el uso de un manual anacrónico, basado en la tortura policial, en el que se le pedía al militante que soportase el interrogatorio durante 24 horas, en las que la organización podía tomar medidas de autoprotección. No se tomaron medidas de evacuación del territorio, el MLN solo trató de resistir a la heroica en lugar de trasladar al exterior a la enorme cantidad de clandestinos, que acabaron en la cárcel o muertos.

Paralelamente al debate interno sobre las causas de la derrota, se fue abriendo paso una alianza estratégica con otras tres fuerzas guerrilleras regionales: el ELN de Bolivia, el MIR de Chile y el PRT de Argentina. Mientras tanto, buena parte de la militancia tupamara completaba su preparación militar en Cuba. La Junta de Coordinación Revolucionaria tenía un talón de Aquiles: El gobierno cubano era contrario a la participación del Partido Revolucionario de los Trabajadores de Argentina, de origen trotskista, junto a las otras tres organizaciones guerrilleras. Esta decisión se la hizo saber, personalmente, Fidel Castro a la dirección tupamara, por lo que en el futuro esa unión de fuerzas guerrilleras no contaría con el apoyo de Cuba.

Paralelamente crecía la conciencia de que no sería posible restablecer la lucha armada en Uruguay, y muy difícilmente en cualquier otro país de América Latina, aunque el golpe de Estado y la dictadura que instauraron las Fuerzas Conjuntas hacían vigentes las condiciones subjetivas para un enfrentamiento armado, que se proponía lograr el incipiente MLN en 1967. La Dirección del MLN comenzaba a dividirse en torno a la lucha armada. En 1974 cuatro de sus integrantes propusieron la posibilidad de abandonarla para transformarse en una fuerza política.

Esta propuesta tomó forma, y en los hechos, a partir de 1974, consiguió abrir un debate que logró la adhesión de la mayoría de los tupamaros en el exterior. No hubo consenso para crear una nueva fuerza política, que estaría supeditada a la decisión de los rehenes, una vez se consiguiese su libertad. Llegado ese momento tampoco los dirigentes históricos consiguieron un consenso, lo que no impidió que tuviesen representación en el Parlamento.

El libro de Javier Suárez abunda en detalles de este proceso. El país ha elegido libremente dos gobiernos notoriamente vinculados a la tradición tupamara. El debate que iniciaron Lucas Mansilla, Luis Alemañy, Kimal Amir y William Whitelaw, se reaviva con el libro de Suárez. ¿Aquello fue un tiro en la nuca al MLN, o se trató de evitarle al país y a la propia organización guerrillera una sangría de cientos de muertos, la de los rehenes en primer lugar para llegar a una derrota más que previsible?

El país no está mejor, todas las fuerzas políticas lo gobernaron sin que se impusiese el espíritu del obelisco ni la mirada a largo plazo que sintetizara los anhelos de los uruguayos. Seguimos anclados a conflictos similares a los previos al nacimiento del MLN. Los jóvenes se siguen yendo, la grieta no se cierra, un país, de tan solo 3 millones y poco de habitantes, sigue sin saber cómo volver a crear oportunidades para los que nazcan y para los que vengan atraídos por las oportunidades que tuvieron nuestros abuelos.

Desde 1984 para acá parece que cada cinco años solo esperamos, como Machado, en su poema “A un olmo seco”, otro milagro de la primavera.

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