Lo estuvimos persiguiendo para entrevistarlo durante el gobierno de la coalición, pero el hombre tenía voto de silencio. Ahora pudimos juntarnos para hacer un recorrido por la historia personal y política de este importante protagonista en las ultimas décadas de nuestro país. Lo peleamos bastante y nos divertimos mucho. Disfruten de la charla con el “Cuqui”.
Por Nicolás Martínez y Alfredo García / Fotos: Rodrigo López
¿Por fin lo dejan hablar?
Mientras no tenga prohibido hablar por este gobierno socialista.
¿Gobierno socialista?
Orsi de socialismo no tiene nada. (Risas)
¿Cómo está?
Bien. Si llego a julio, tengo 85. Estoy usando bastón por un tema de equilibrio, nada más. De las piernas estoy bien, camino todos los días. Ahora vine de viaje pero me cansé de andar vagabundeando por el mundo. Me joroba el avión. Ya viajé bastante.
El que no se cansa de viajar es su hijo.
Sí, pero fue el año sabático que se tomó para viajar y la compañera nueva. Está en el CED, acá a la vuelta. Y después, el año que viene supongo que hay que encarar los compromisos. Yo no puedo contestar nada por él, pero la presión que va a tener va a ser muy grande.
Y usted está dedicado a escribir. ¿Qué está haciendo?
Yo estoy dedicado a escribir, ahora salió el número dos de una trilogía. Hacemos reuniones con gente joven. Es un poco lo que me he impuesto, tratar de transmitir ideas y entusiasmo.
¿Los jóvenes están interesados en la política?
Creo que una de las grandes cosas que hicimos en el Partido Nacional fue abrir la instancia de elecciones de jóvenes. Por eso hubo una gran reforma del partido. Votaron 80 mil jóvenes, pero más importantes aún son los 25 mil que pusieron su nombre en las listas.
Son futuros militantes.
Por lo menos interesados. A mí siempre lo que me gusta es decirles que no sean indiferentes. La indiferencia no me gusta. Siempre comprometido. Ni imparcial ni objetivo. Ahora, es una vida difícil.
Mucho más fácil es balconear.
El agua tibia. Este partido tiene una épica opositora enraizada con la historia de la patria. Saravia sobre todo es un convocante, van más de 10 mil personas a Masoller. Es como una misa, un rito.
Le robaron un montón de jóvenes a la izquierda.
El partido siempre atrajo gente joven. Junto con el Frente, somos los que convocamos más jóvenes. El herrerismo dentro de este partido es un poco el fermento. Ahora tenemos el Congreso del Herrerismo, que estamos reducidos a una mínima expresión electoral, pero no intelectual.
¿Quién se perfila hoy como el abanderado?
Lacalle Pou va suelto adelante. Y abajo hay una franja de coroneles: Javier García, Martín, el propio Álvaro Delgado.
Pensando en el herrerismo.
Luis Alberto Heber, como jefe, es mi relevo. Que ha tomado una actitud muy linda porque al dejar el Senado se le libera todo el tiempo para la actividad partidaria. El Partido Nacional es muy apegado a la presencia territorial. Eso lo aprendí del doctor Herrera. Cuando él murió, tenía 17 años, pero hicimos la última campaña juntos y lo practicamos en doscientos pueblitos en los cuales pueden vivir desde 7 personas en adelante. Hay un pueblo, Cerros de Vera, en la mitad de Salto que hay que ir en avión, votan 120 personas, 100 votaron por nosotros en el 89. Cuando llego y bajamos se acercó un paisano y me dice: “Por acá estuvo otro candidato”. Rápidamente pensé en Titito Heber, que se movía mucho. El doctor Herrera en 1928. Nunca más había ido nadie. En el medio de la nada y el basalto hacia el Este es una soledad que se entronca con Tacuarembó. Es la parte más salvaje.
Herrera y usted solamente.
La presencia territorial, y lo otro, el contacto humano. Cuando Pivel me designó junto con Oliú y Enrique Beltrán para el primer contacto con los militares, hacía 12 años que nadie oía hablar de nosotros ni sabía quiénes éramos. Yo en la tele trataba de jetear porque había que salvaguardarse. Un día en no sé dónde, pero en un lugar lejos, un paisano me da la mano y me dice: “Ah, usted es el de la televisión”. Y no dijo una tontería. Lo que pasa es que del mundo totalmente artificial y lejano de la pantalla yo bajé al contacto personal a oír a aquel tipo; me relajara, me felicitara, me pegara una trompada o me diera un abrazo, pero me incorporé a su mundo directo. Y eso, en un país tan chico como el nuestro, es impresionante lo que vale.
Porque humaniza la vida política.
Uno sufre mucho más porque asume la parte humana de los episodios. Pero se encariña más y se construyen vínculos de amor en el mejor sentido de la palabra. Compartir, compadecer, padecer con. Eso humaniza mucho y le quita la frialdad a los episodios políticos. Y siempre le agradezco a la vida política porque me ha hecho conocer la entraña de mi país y ser cada vez más patriota, más oriental.
Conoce mucha gente.
Somos dos millones y medio de votantes, yo en la cabeza debo tener mil nombres. Pero el otro día fui a un asado de las Fuerzas de Paz. Saludo a una muchacha Silveira, de Santa Clara. “¿Tú sos Silveira Muniz? Allá está Marongo Silveira, casado con Yolanda Muniz. Esta era la hija. A veces le errás, pero si embocás…
Sos Gardel.
Y olvide, amigo, andá a buscarla al fondo. Y apareció otra. “Yo soy hija del doctor Rodríguez”. “¿Son como nueve?”. “No, seis”. “Ah, bueno, estuve cerca”. (Risas)
Esa pura memoria. ¿El mito de la libretita con los nombres anotados no existe?
Libretita yo nunca usé. Siempre usé la memoria. Pero puede ser que lo escrito haya cumplido su parte en las giras. Por ejemplo, una gira al Tacuarembó real: frigorífico, fábrica de tableros de Otegui, aserradero, o sea, la vida real. A todos esos que me recibían yo les mandaba una cartita agradeciendo. A Julio Argentino Roca le preguntaron por qué había sido dos veces presidente de la República y contestó graciosamente, que porque contestaba las cartas. Y además yo hacía presentaciones en la hora previa del Senado: “Ayer estuve en la Escuela de Tacuarembó”. Además una carta a la maestra, otra a Primaria, una carta al diario de Tacuarembó. Ciento cuarenta y siete veces hice la hora previa siendo senador. Entonces, el conocimiento del país real y el conocimiento sensorial, es decir, no leído ni visto en el video, embarrarse los zapatos.
Eso se da, sobre todo, en el interior.
En Montevideo también. Yo cuando era muy joven era delegado de la lista 8 de Arraga, y sábado y domingo me iba a La Teja. Estaba el bar La Piraña, donde nos juntábamos al final a tomar una grapa. Me ha encantado, siempre; a la caña no la puedo ver. Tengo una botella en la heladera.
¿Grapa italiana?
Sí, gracias a la desmonopolización de alcoholes, hay grapa.
¿Quién desmonopolizó?
Un tal Lacalle Herrera. Pero antes había presencia territorial montevideana en los barrios. Alguno dice: “Pero yo salgo en la televisión”. No es lo mismo.
Ahora en el nuevo Directorio tenemos que adecuar la estructura antigua de veinticuatro seccionales a nueve municipios para estar. Los comités no están abiertos todo el año. Para mí eso era como ir a misa.
Porque se abría todo el año y los lunes atender a la gente. Y cuando dejé de ser presidente, atendí todos los lunes en la casa de Herrera para que vieran que no se me había ido la fama a la cabeza.
¿Extraña el comité político?
Es donde yo me crié y le debo tanto a eso… Me acuerdo del negro Modesto de la Cruz. Moreno de mota blanca, gran tipo. Tenía un comité en la calle San Martín y Enriqueta Compte y Riqué. Él no era candidato a nada, era su comité. Entonces él ponía un pizarrón invitando a las reuniones con gente que iba a hablar. El comité era un centro de difusión de ideas, no era aquello de la jubilación por el voto, que también se hacía. Pero no era eso que se ha vulgarizado de que poco menos que era un burdel político. Ahí yo me formé y eso se lo agradezco al partido. Haber andado con la gente de alpargatas. Soy un paisano metido en política, nada más, con alguna idea, eso sí.
¿Aparte del abuelo, quién lo marcó políticamente?
Creo que más que nada mi abuelo, porque mis padres se separaron cuando yo tenía 9 años. Mi padre se fue a vivir a España, y entonces yo no tuve padre presente y la figura masculina sustituta fue el abuelo. Pero además era un personaje.
No era un abuelo cualquiera.
Yo me di cuenta quién era cuando ya estaba casi muriéndose, a mis 15 años. Antes era un abuelo como cualquier otro. Me regaló la primera bicicleta una Hopper inglesa de color negro, yo tenía 6 o 7 años. Y el entorno. Porque dije mi primer discurso a los 16 años. El 3 de agosto de 1957, en la intersección de General Flores e Industria.
¿Cómo fue ese día, lo tiraron al ruedo?
No, me avisaron. Herrera mandó espías, después me enteré. Había como dos mil personas, era la lista 71 antigua, que era del turco Abi Saab, de Casupá. Eran muy buenos blancos y libaneses. Me daba no sé qué leer y entonces me hice un ferrocarril en una tarjeta para no perder el hilo, claro. Y bueno, no sé qué dije. Me aplaudieron, obviamente.
Al nieto de Herrera lo iban a aplaudir siempre.
Y la segunda vez estábamos en Florida con Herrera. Fuimos en el ómnibus, y de repente me dice: “Hable, mi amigo”, y me empujó. Y ahí sí que no sé qué dije, pero el empujón me dura hasta hoy.
Claro, ese empujón fue histórico.
Yo tengo su anillo. No lo tengo ahora porque tengo lastimado el dedo, pero uso el anillo de él. Herrera murió y su mano quedó colgando, y mi madre le sacó el anillo y me lo puso. Eso fue en el Sanatorio Americano, habitación 32, el 8 de abril del 59 a las once menos veinte. Ese fue el momento justo.
¿Pesa mucho la carga de familiar?
Ayuda mucho. También a uno lo juzgan un poco por ser más notorio. Yo he tratado de ser digno. No igualarme nunca, pero tratar de llevar adelante algunas ideas. Por ejemplo, la vocación de poder del Partido Nacional. En el año 30 Herrera pierde con Terra por 15 mil votos, había perdido con Campisteguy por mil quinientos en el 28. Y el partido tiene esa lucha entre blancos independientes y herreristas desde el 30 hasta el 58, que votamos juntos recién después de 28 años y se logró obtener el gobierno. Nosotros creo que le devolvimos la vocación de poder. Cuando estábamos con el Consejo Nacional Herrerista teníamos cuatro diputados y hacíamos “gira de gobierno”. Heber, Trobo, Martín Sturla y yo, en un Fiat 147 diesel, no sé cómo cabíamos. A mí me rindió muchísimo. Porque la realidad es la materia prima del político verdadero.
¿Aprendió mucho?
Esas visitas eran muy interesantes porque íbamos, por ejemplo, a una fábrica de plástico. Primero con los dueños; segundo con el sindicato, si quería; y después en el taller con los trabajadores. Bravo estuvo en Funsa porque ahí no era moco de pavo.
¿Cómo fue?
Bueno, entramos a Funsa, estaba Vargas, que era miembro del Directorio. Vimos los telares, los neumáticos, las zapatillas y estábamos viendo los moldes de las cubiertas de tractor y sentimos sonar una bocina. Pregunté si era por el peligro. “No, es por usted. Huelga”. Pararon la fábrica. Estaba Romero, que después fue Director de Trabajo. Y se empezó a aglomerar gente a la salida. El gerente me dice: “Yo le garantizo que no pasa nada, está en mi casa”. Salimos en medio de trescientas personas y el tipo en la puerta me largó. Yo sabía que tenía que caminar una cuadra hasta mi auto y estaba solo. Pero no pasó nada.
¿Cuándo fue eso?
Yo era senador, entre el 85 y el 90. Y entonces le mandé una carta a Romero y le dije: “Ahora vengan a mi cancha”. Y vinieron al Senado cinco de ellos. Y ahí nos puteamos amablemente. Pero eso lo valoró, porque siempre conmigo tuvo una buena relación.
¿Sigue habiendo patriotismo en Uruguay?
Se está conspirando contra el patriotismo. Es una de nuestras preocupaciones. Ejemplo: mi amigo, y recalco amigo, Tabaré Vázquez…
Se llevó muy bien con Tabaré.
Muy bien. Nos llamamos Ramón, los dos. Yo me llamo Luis Alberto Ramón y él, Tabaré Ramón. Somos de familias españolas y San Ramón es el patrono de las parturientas. Y entonces muchos padres prometen que si todo sale bien, le ponen su nombre al hijo. Y sí, siempre teníamos eso. Pero imbuido de ese socialismo que va en retirada en todo el mundo, por suerte. No te rías. Lo lamento, pero es así.
No hay juego sin revancha, espere señor.
¿Qué hace Tabaré? El escudo de Montevideo es lindísimo. Con el cerro y la frase: “Con libertad ni ofendo ni temo”. Y le pone un cuadradito: Montevideo tu casa. Son esas cosas refundacionales que a nosotros nos chocan del Frente. Tabaré Vázquez, siendo presidente, suprime el escudo y pone el sol naciente. Se suprimen los abanderados.
No todavía.
Están en eso. Quieren poner el mate en el escudo. Uno se lo toma como una broma, pero es un intento antinacional. Y eso no hay que admitírselo ni siquiera a la gente más izquierdista, porque son izquierdistas orientales.
¿Qué es la patria?
La patria es la medida exacta del amor. Porque amar solo a la familia es egoísta. Amar a la humanidad es demasiado. La patria es la medida ideal del afecto. Y además es una unidad de destino. Es un conjunto de gente, hombres y mujeres que van hacia cierto lugar. Ese es un poco el tema de mi próximo libro de reflexiones sobre la patria. Y un país como el nuestro, más todavía, porque nacimos a pesar de los vecinos.
Somos como el tala, que es el árbol que más me gusta porque es pinchudo y con frutos dulces, que crece entre dos piedras, con un poquito de agua, un poquito de tierra y al final rompe la piedra. Bueno, eso somos nosotros entre Brasil y Argentina. Un país que tiene esa epopeya tiene que cultivar el nacionalismo. Yo soy nacionalista. Punto.
¿Uruguayo u oriental?
Son las dos épocas. Yo soy oriental, con Sanguinetti siempre discutíamos porque él es uruguayo. Es lo mismo. Quizá lo de oriental lo usamos la gente que nos gusta la tradición y uruguayo es más el país de la inmigración. En este momento la palabra nacionalismo hay que usarla con mucho cuidado. En Europa están los catalanes o los escoceses. El nuestro es un nacionalismo de país de aluvión. Charrúas no hay más. Hay un poco más de guaraníes quizás, pero después somos gallegos, italianos, libaneses, judíos, rusos, alemanes e ingleses. Es un nacionalismo incluyente. Típica definición de una nación de inmigrantes como es la nuestra. Y soy integrante del Partido Nacional, que es algo más que el Partido Blanco.
¿Por qué?
El Partido Nacional se compone mayoritariamente de blancos, pero incorporamos los principistas a fines del siglo XIX. Los constitucionalistas, a principios del siglo XX. Los ruralistas, en el 58. La Unión Cívica, uno de los partidos más viejos del país, se incorporó oficialmente. ¿Qué quiere decir eso? Que en el Partido Nacional somos quizás mayoría los blancos, pero tiene vocación de integrar gente.
¿Sigue teniendo sentido jurar la bandera y jurar morir por la patria?
Sí, incluso jurar. El doctor Sanguinetti, con esa erudición que tiene, que es muy grande, en el Senado, suprimió lo del “juro” por “prometo”, una disquisición que literaria y filosóficamente quizá tuviera razón. Pero, “te lo juro”, es mucho más que “te lo prometo”. Y estoy dispuesto a jurar y poner la mano en el corazón cuando suena el himno.
¿Eso no es una costumbre de los yanquis?
Y de ahí lo trajimos. En Estados Unidos, que es admirable en tantas cosas, todos los días en la escuela el niño se para al costado del pupitre, pone la mano en el corazón –y hay chinos, negros, amarillos– y dice: “Comprometo mi adhesión a la bandera de los Estados Unidos. Una sola nación con justicia y libertad para todos, bajo Dios”. Eso va entrando y por eso uno ve la eclosión de banderas en todos lados, ¡divino! Este es un país muy nuevo todavía y además nacido a pesar de los vecinos. Ni Milei ni Lula. Bien clarito. Ahora hay unos que dicen ser la filial de Milei, acá. Los dramas del Uruguay provinieron todos de mezclarnos con la política interna del Brasil y de la Argentina.
Ellos dicen que son los verdaderos liberales.
Tienen todo el derecho. A mí me parece patético que tengamos que tener un partido lulista, peronista o bolsonarista. No, no, acá somos orientales. Entonces la identidad nacional es algo que hay que proteger, por razones prácticas, no solamente románticas. No entreverarnos con lo que no es nuestro. El verso de la Patria Grande es un cuento muy grande. Ahora terminé de leer un libro sobre Methol, medio
pesado cuando se mete con la teología. Pero aprendí mucho, yo leo para aprender. El pobre Methol era un personaje más bien argentino. Perón era para él la síntesis hasta teológica.
¿Cómo define el peronismo?
Creo que es un movimiento más que un partido y eso explica la ramazón: desde el Brujo López Rega, de extrema derecha, a los montoneros en el otro extremo. De partido tuvo muy poco. Era un jefe que jugaba con el movimiento como un pianista en las teclas del piano. Y que no tuvo sucesión. Porque ese tipo de liderazgo no tiene sucesión, era él. Y ahí terminó en todo ese zafarrancho que es ahora. Es una lástima porque, sin lugar a dudas, el peronismo le abrió las puertas de la justicia social a mucha gente.
Argentina era un país muy injusto socialmente, y el ingreso de la masa obrera que proviene de la industrialización es esa gran obra.
Yo tengo una duda, ¿cómo llega un oscuro diputado a presidente?
Un oscuro diputado en el 71, si se refiere a mí.
En el 89 era bastante oscuro todavía.
Era senador en el 89. Yo fui electo en el 71 y me echaron. Me pusieron la bomba los tupamaros, antes.
Y me encapucharon los otros, después. El “amigo” José Ricardo Arab Fernández, capitán de artillería.
Entonces la diputación mía fue un año y medio. A veces pienso que estaba un poco agrandado. Hice la Ley de Marina Mercante. Hice la primera exposición sobre la Antártida, nadie había oído hablar de la Antártida. Fui un diputado que iba a más y me cortaron y nunca pensé que íbamos a poder volver.
¿Cómo hace un oscuro diputado para ser presidente? Trabajando.
Ahora, la muerte de Wilson fue determinante para eso.
Sí. Yo a veces pienso qué iba a pasar. Wilson iba a ser candidato a presidente y yo a vice. Él necesitaba
la pata herrerista. Incluso en el 71, Mario Heber iba a ser el vice, no Carlos Julio. Ahí hubo un lío con Titito Heber y Carlos Julio fue la segunda opción. Wilson, que no era ningún tonto, se daba cuenta que el herrerismo tenía una enorme fuerza. Yo calculo que iba a ser así.
Pero es casi seguro que Wilson en el 84 hubiera ganado.
En el 84 hubiera ganado y en el 89 yo creo que ganaba. Ahora, Wilson podía haber ganado mucho antes, en mi concepto. En el 71 Wilson casi gana. Y el estudio de la Corte es concluyente. Hay diez, once mil votos de diferencia. Los únicos votos cuestionados son ochocientos. ¿Qué tenía que hacer Wilson? Irse a Europa. Dejarlo agarrar a Bordaberry la presidencia y él poner distancia. A los cinco años era Wilson contra Pacheco. La mitad del Frente votaría a Wilson. No fue así. Y ahí maduró en el dolor. Porque hay que ver lo que es él cuando se va y él cuando vuelve. Tenía en la cara el sufrimiento por la lejanía. Fueron diez años.
Al uruguayo le cuesta mucho estar lejos.
Un tipo muy patriota, muy criollo. Cómo extrañaba la estancia, era muy paisano. Y además perdió el contacto con el Uruguay real. Él, como estaba lejos, tenía que ser más radical que nosotros, pero no veía cómo se movían las cosas cotidianas. No es una crítica, es una descripción de una cosa que era inevitable, porque estaba lejos. Y Sanguinetti ahí estuvo bien porque le habló clarito: “Mirá que arreglamos”.
¿Estuvo mal el Pacto del Club Naval?
Estuvo mal porque tenía que haber sido de todos los partidos.
¿Y en qué no tranzaron ustedes?
Wilson. No ustedes.
Bueno, Wilson estaba afuera.
Wilson, Por La Patria y Movimiento de Rocha eran la mayoría del partido. Hacían falta tres para bailar y no dos. El Partido Colorado era uno, las Fuerzas Armadas, otro. Los colorados enseguida del golpe de Estado buscaban a Tajes como en la época del militarismo. Tajes se llamó Medina. Faltaba uno para que el banco apoyara. Tenía que haber sido el Partido Nacional. El Frente Amplio, increíblemente, sustituye, porque Seregni era un hombre muy pícaro y muy inteligente. Y el empuje de Wilson llevó a decir: “Nada, nada. Si no es con Wilson, no queremos nada”. Creyó que bajaba en el puerto y se acababa todo. Y atrás de los contenedores había dos mil personas.
Éramos más, yo estuve.
Bueno, treinta mil. Pero era una lectura lejana de la realidad. Es inevitable que el que está a cien kilómetros vea menos que el que está tres. Yo estuve siempre, nunca fallé. Había que estar preso, fui preso. Había que estar votando el No, votamos el No. Había que estar en el barco, estuve en el barco. Ahora no me llevaron de tiro nunca, porque le cabresteaba. Y Wilson me ayudó mucho.
¿Cómo fue eso?
Cuando se hace la lista de ACF, yo pensé que iba a ir ahí. Wilson dijo que no. Entonces saqué ABP, que me dio personería. Las noticias eran: Pivel no sé cuántos miles de votos, Lacalle, un puñadito, pero Lacalle. Después, lo del ómnibus.
El famoso ómnibus. ¿Fue así o no fue así?
Fue así, incluso yo había pagado la parte mía, porque iba acompañado con Gustavo Heber, un sobrino mío.
Nos sentamos bien atrás, en los asientos que nos tocaban. Mucha gente gritaba: “¡Lacalle, Lacalle!”, y creo que no les cayó muy bien a Zumarán y los que estaban adelante en el ómnibus. Arranca y en la fuente del Parque da la vuelta por el Obelisco. Y de repente viene Juan Raúl caminando y me dice: “Luis Alberto, hay un error, tú no vas en el ómnibus”. “Cómo no, si arreglamos con Polilla y pagamos”. “No, no, tú no vas en el ómnibus”. “Ah, no me quieren. ¡Pare el ómnibus!”. Paró en la Giralda, frente al Pereira Rossel, ahí me bajé y la primera foto fue un fuego. Pero me volvieron a dar personería. Me agarré una calentura regular porque fue una cosa fea. A la larga, sirvió. Porque mucha gente votó a Wilson con la salvaguarda del Senado herrerista, 120 mil votos.
¿Recuerda el discurso en la Intendencia?
Su discurso fue admirable. Ahí mostró el nivel de patriota y de blanco. Pensé que iba a abrir la boca e iba a ser una puteada. Incluso no me quise poner en el estrado, estuve entre la gente, para verlo de lejos. Yo estaba medio caliente todavía. Y cuando abrió la boca, chapó.
¿Cómo se llevaba usted con Seregni?
Con Seregni, muy bien. Respeto a todo el mundo y más a un general. Mucho huevo cómo se aguantó nueve años. Y siempre bromeábamos. Yo le decía: “Lo que pasa es que usted es un salvaje colorado”. Y se reía. “Y para peor quincista, si fuera de la 14, vaya y pase”. Y él me decía: “Sí, pero acuérdese, Lacalle, acá van a quedar dos partidos: el Frente Amplio y el Partido Colorado”. Yo le retrucaba: “No va a ser así”. Y no fue. Incluso hay una cosa que nunca he contado y voy a contar ahora. Cuando la Ley de Empresas Públicas. 72 por ciento a 28 por ciento. Nos dieron tres por una. Fue un día bravo. Y a la mañana siguiente, llamé a Seregni. Y vino al Palacio Estévez. Yo lo usaba mucho a pesar de la demolición que hizo Sanguinetti del edificio. Yo había trabajado ahí cuando era secretario de Heber. Y me acuerdo que el general vino muy sonriente. Había tenido un pequeño accidente. “¿Cómo está general?”. “Y cómo quiere que esté. Ganó Nacional. No me pasó nada en el accidente y ganamos el referéndum”. “Bueno, muy bien. De eso le quería hablar. No me empuje, déjeme respirar”. Y después me fui a ver a Rodríguez Camusso.
¿A Pancho?
Tenemos un parentesco por allá lejos. Rodríguez Camusso me impresionó cuando me contó: “Cuando cumplí 13 años me llevó mi padre a la quinta y delante del doctor Herrera me dijo: ‘Después de Dios, él’”. Rodríguez Camusso estaba trabajando con el Partido Comunista y le dije: “Don Pancho, cuidado”. No pasó nada pero fue un deseo de que no me dejaran muy arrinconado, porque eso siempre trae malas inspiraciones. ¿Leyó el libro de Gramsci de Arocena?
No coincido en muchas cosas.
Es una historia interesantísima. Es el gran triunfador de nuestra época. Pobre tipo, murió en la cárcel de Mussolini y se ha convertido en un referente. Para mí, uno de los grandes problemas que tiene el país es el tema del poder sindical, no legitimado por el voto ni ordenado como están los partidos. Si tienen mucha más fuerza que los partidos, a veces es necesario que se reglamente. El ejercicio del poder sindical es muy importante porque la prueba está que en este gobierno tiene un peso muy grande.
El poder sindical está sobrevalorado por ustedes porque lo desconocen.
Ojalá fuera más democrático y se supieran las finanzas, la personería jurídica, las elecciones. Las mías las controla la Corte Electoral. Y el poder lo tienen. Pararon el puerto, la pesca, la licencia de los funcionarios públicos, que era una joda esa licencia médica. Cien millones de dólares para eso. Eso les quita prestigio.
El sindicalismo actual no es el mismo de hace veinte años atrás.
El sindicalismo es esencial. Pero acá lo que pasa es que es un partido político sindical, vamos a no engañarnos. Una fuerza a la que yo quiero legitimar. Si a mí me piden legitimidad para elegir candidato, presidente y voto con la Corte Electoral, pido lo mismo. Para mí es el problema político más grande que tiene el país, es esa fuerza que incide. Nadie lo puede negar. Eso y el tamaño del Estado, que es lo que más jode a la gente en el Uruguay.
Usted no lo pudo achicar mucho.
Bueno, pero lo que pude lo hice.
Poquita cosa.
¿Poquita cosa? El puerto, que es la semilla del país, no le parece importante.
¿Hay que hacer un puerto de aguas profundas?
No, porque no tiene ninguna conexión terrestre. La gente cree que el puerto termina ahí y el ferrocarril para llevar la carga y las carreteras para llevar los contenedores. Están pensando solo en la parte de agua y un puerto es agua, tierra y comunicación.
Pero cómo va a ser un puerto solo porque hay profundidad. Pongo el contenedor en Rocha… ¿y lo llevan en bicicleta? Hay que profundizar y mejorar el puerto de Montevideo y abaratarlo, porque es el puerto natural del Paraguay y de Bolivia.
En el año 2009 usted dijo que no entendía al país o el país no lo entendía a usted.
Bueno, eso es un titular equivocado. Le faltó un adjetivo. Hay una parte del país que no me entiende y una parte del país que yo no entiendo. En Búsqueda hicieron una picardía y le sacaron “parte” porque era más notorio. Y para joderme de paso, viejo deporte uruguayo. Porque quedaba horrible decir “el país no me entiende”. Entonces, nene, andate a la Antártida.
Decir “una parte” me parece que fue franco. Los resultados electorales dicen otra cosa, había una gran parte que sí me entendía. Por eso me dio mucha lástima esa triquiñuela, porque le quita el sentido a lo que yo dije.
La relación con Mujica nunca fue buena.
No fue buena porque la historia empieza muy lejos, en el año 59. Dame un cigarro, por favor.
¿Sigue fumando?
Fumo cuatro o cinco por día. Fumo dos de estos armados con tabaco Rio Novo, con el mate.
¿A la marihuana no le entra?
No. Marihuana probé una vez en Estados Unidos, me pareció un asco.
¿Le falta naco nada más?
Me pasó algo muy gracioso de joven. Yo fui a la conferencia de la UNESCO en las Naciones Unidas y eran cuarenta y cinco días. Los diputados que no teníamos idea… Tenía que haber ido gente de la Cancillería. Yo fui a París con Julita. ¿Y qué hago? Me llevo naco y chala. En esa época se podía fumar en todos lados, era más civilizado. Y nosotros en los lugares tenemos: URSS, USA, United Kingdom, Uruguay. O sea que estamos con la pesada por la U.
Estábamos en la Asamblea General y estaba un soviético muy correcto al lado mío. Cuando yo saco el naco, que parece una caca de perro, y empiezo a cortarlo con una navajita y saco la chala, el tipo me pregunta: “¿Es tabaco eso?”. Porque andá a saber qué creía que era eso. El naco es una delicia pero da mucho trabajo.
Bueno, en el año 59, ¿qué pasó con Mujica?
Hubo un congreso de la juventud del Partido Nacional en un local que era de Residentes de Paso de los Toros. Yo estaba y después supe que Mujica estaba por la 41 de Erro. Acabó en una piñata y alguien apagó la luz y ahí se acabó el relajo. Ahí estuve con Pepe sin saberlo. Él después deriva con Erro a la Unión Popular, que tuvo una malísima votación en el 62. Después me entero de sus hazañas, me ponen una bomba en Echevarriarza. Le pusieron a mi madre porque yo vivía en un apartamento. Después, cuando gana la elección, lo llamo, como corresponde. Le dije de vernos y me citó en el despacho de Lucía, que estaba pegado al mío. No me trató muy bien. Me llevó a un cuartito, no dejó entrar a la televisión y se produjo uno de esos silencios embarazosos. Le dije: “Mire, presidente, hablaremos lo que usted quiera después. Yo le vengo a decir una sola cosa, su vida es una novela. Si le quiere poner un final feliz, cuente conmigo”.
¿Eso fue todo?
Yo estaba bastante caliente con él porque después de ser amnistiado… O sea, una generosidad nacional hacia torturas, secuestros, robo, asesinato, terrorismo, todo, hubo un perdón, hubo un olvido más que un perdón. Y en el Filtro estuvo jodiendo con Zabalza, Fernández Huidobro, con los miguelitos y el baño de sangre. Y después ya no nos vimos nada más que en estas circunstancias.
¿No hubo nunca diálogo cuando él fue presidente?
No.
Mirándolo hoy, ¿completó la novela en forma feliz?
No. Una presidencia que no tenía un empuje, sin una teleología. Esa cosa de la vela prendida al socialismo salió mal. Lo de Paraguay fue jorobado. La Triple Alianza para sacar a Paraguay y que entrara Venezuela. El Mesías de ellos, que mientras tuvo billetera gorda era bárbaro.
¡Qué visión tuvo Seregni cuando no lo recibió!
Seregni tenía el nivel de un hombre de Estado. Hay que respetarlo mucho más allá de las discrepancias. Se aguantó la mala. Y además muy inteligente en la conducción. El proceso empieza cuando se logra la central única sindical. Eso es tan antiguo como el mundo. El Partido Laborista en Inglaterra es creación de los sindicatos que quieren un brazo político. Pero mientras no había unidad era bravo. Ahí está Rodney Arismendi, un hombre de una gran claridad.
Arismendi era un peso pesado.
Y cómo lo consideraban en el mundo como marxista.
Acá nunca se le valoró mucho, ¿no?
No, porque la parte intelectual no tiene mucho nivel. Hay un academicismo pero que no se transmite a lo político. Me acuerdo que una vez me vio con un libro de Teilhard de Chardin y Rodney me dijo: “Va por buen camino”. Y yo siempre le decía: “Usted no puede andar bien. De Cerro Largo, vasco y no es blanco. Algo andaba mal”. Yo lo admiraba por cómo hablaba.
¿No era fácil hablar en esa Cámara?
Recuerdo la primera vez que hablé en la Cámara. En la Asamblea General, Mario Heber, mi primo y como mi hermano mayor, sentado al lado mío, me dijo un día: “Luis Alberto, hace dos meses que estás y nunca hablaste, tenés que largarte”. De repente alguien no sé qué dijo del herrerismo en la guerra y me largué a contestarle. Y cuando me siento me dice Mario: “Cuidado, te contesta Vasconcellos”. Era un batllista nato. Tenía ojos como de lobo. Un hombre intenso, con una pasión inteligente y valiente. Y dijo algo así: “Señor presidente, me quiero referir a las palabras del diputado Lacalle Herrera”. Yo pensé: “Me mata, se termina”. (Risas) Ponía esa cara de enojado y dice: “Quiero señalar el honor que es para esta Cámara que hable el nieto de Luis Alberto de Herrera”. Entonces bajé a agradecerle las palabras y a partir de ese momento tuvimos una relación magnífica con Vasconcellos, que era batllista mil por ciento. Fue de las cosas lindas de la vida política que me tocaron.
¿Arismendi hablaba bien?
Arismendi manejaba muy bien los silencios. Y hablaba cinco horas. En esa época no había límite en la Asamblea General. Erro se descargaba con seis horas, era horrible. Pasábamos 48 horas. Ahí dormíamos, nos crecía la barba, comíamos un sándwich, era una cosa espantosa.
La leyenda urbana del whisky en la taza, ¿es verdad?
Sí, no todos, muchos. Me acuerdo que lo llamaban “un té frío”. Es del mismo color. Dicen que Arismendi tomaba coñac, no sé. A veces era necesario, estábamos un día entero o dos días. Pero no todo el mundo, tampoco era una francachela. Lo que sí vi fue gente con revólver. Hoy sería inadmisible. Me acuerdo una vez que Palito Arrillaga entró como diputado con un 38 en la cintura. Todo eso después pasó. Yo soy un poco un puente entre aquel mundo antes del 58 y después.
Los cambios han sido brutales.
Yo les digo a los muchachos: “Cuando era presidente no había internet, no había teléfono móvil”. Ahora uno dice eso y creen que es un dinosaurio. No había redes. Entre Lacalle Pou y yo hay un abismo tecnológico que incide en el funcionamiento electoral, por eso son dos maneras distintas de liderazgo. Luis es mucho mejor que yo.
¿Qué aprendió Luis de la tradición familiar?
Supongo que por ósmosis, porque acá siempre se habla de política. Con mi mujer decíamos: “Este que vio la parte fea de la presidencia”, porque era lo doméstico. Y un día, Luis tendría 16 años, una época jodida de la adolescencia. Padre famoso que no le gustaba.
Y era rebelde y pico.
Él se las corrió todas. Y un día dice: “Porque si hay dos cosas que no voy a ser es político y abogado”.
Se está comiendo esas palabras hasta el día de hoy.
Hay una cosa que los periodistas no dicen, y es que Luis es descendiente de Joaquín Suárez, presidente colorado, por la madre.
Usted ha dicho que es más Pou que Lacalle.
Bueno, eso era para joderme a mí otro poquito. Él es Lacalle Pou. Más Brito del Pino que Pou. Gente con mucha tradición partidaria blanca independiente. Pero es más inteligente. Luis tiene 147 de cociente intelectual. Los estudios para él fueron una cosa relativamente fácil. Y después es más pícaro. Yo soy más vasco.
Más pícaro que usted difícil.
No, a mí me falta astucia. Yo soy Lacalle de la provincia de Lugo, venidos en 1790. Y los Herrera, andaluces de Jerez de la Frontera. Pero después soy Uriarte, Olascoaga, Celayeta, Areta. Todos vascos. Y a mí lo vasco me hace mucha fuerza. Soy muy estructurado. Me reconozco como defecto hacia el ejercicio político la falta de flexibilidad. Más diálogo.
¿No siente nostalgia del Parlamento con otro tipo de discusión por el nivel intelectual de hoy en día?
Estamos además con esto de las redes que fomenta las tribus. Nadie mira un mensaje de WhatsApp contrario, mira los propios. Son como ciudadelas con murallas y se convencen entre ellos. Había otro nivel de pensamiento. Encontrar en el otro, razones. Eso es un poco el país que se distinguió de la Argentina, donde se mataban por cualquier cosa. Es un país distinto. Por eso con la Patria Grande no tengo nada que ver.
¿Fue difícil estar cinco años callado?
Pero lo armamos buenamente como corresponde, padre e hijo. Me dijo: “Papá, ahora me toca a mí”, y yo me borré todo lo que pude. No me podía borrar del todo, incluso este libro se esperó a que pasara su gobierno.
Lo hizo solo porque era su hijo. Si no, lo hubiera hecho.
Yo soy un activista. Fui mayoría absoluta en el 89. El herrerismo tenía veinticinco diputados. Y después quedamos reducidos ahora a la mínima expresión. Acá se desayuna, almuerza y cena con política. Y yo me casé con una mujer espléndida que fue socia de eso. Entonces le debo el 51 por ciento.
¿Quién manda en la casa de los Lacalle Pou, políticamente hablando?
Julita es la bisagra familiar. Todos vamos hacia ella como punto de referencia.
¿Es la más racional de todos?
Es muy inteligente. Nos quiere. Como dice San Pablo: “Sin amor no hay nada”. Y acá tenemos amor a la patria, amor al Partido Nacional y de nuestra familia. Somos un grupo familiar coherente, homogéneo con sus matices.
¿Qué errores cometió el gobierno de Lacalle Pou?
No sé si errores grandes. Primero hay que ver la circunstancia que le tocó, que lo vuelve un período muy especial. Ese par de años de pandemia fue otro mundo, otro país, otros parámetros, otro orden de prioridades. Quizá que la coalición funcionara un poco mejor. Quizás no haber sido más radical en algunas cosas. La reforma del Estado, por ejemplo, pero era muy difícil. Había que atar varias moscas por el rabo.
Por eso a Sanguinetti le encanta decir que Lacalle Herrera y Lacalle Pou son distintos. Yo lo tomo como una amable chanza.
¿Es coalicionista usted?
Creo en el mecanismo. Para mí la política de la coalición tiene que ser lo distinto al Frente, la otredad. No es pensar en una izquierda de segunda. Tiene que ser justamente la contracara para que la gente tenga opciones bien delimitadas.
¿Qué oposición hay que llevar adelante: dura o apuntando a políticas de Estado?
Hay que ver si desde el gobierno se generan políticas de Estado, porque el mano es el gobierno. Un gobierno que dice que en el año 27 va a terminar los estudios sobre seguridad, no se puede tomar como una posición firme. Desde el 1 de marzo pasado todos los días hay una equivocación. Yo no digo que sea mala intención, pero equivocaciones nimias, infantiles, que dan pie. Creo que no hay un gobierno con timón.
¿Le parece?
El problema de Orsi es que es el primer presidente que no tiene un basamento propio. Vázquez lo tenía. Mujica, Sanguinetti, Batlle y yo lo teníamos. Cuando el que lo impulsa, que es Mujica, desaparece, Orsi es un presidente que no tiene esa columna propia.
Entonces está sometido, se me ocurre, porque lo vemos desde afuera, a lo que hay debajo jerárquicamente, que es Sánchez y Díaz; Carolina, que sigue siendo la apuesta del comunismo; el propio Bergara. Entonces, debajo del presidente hay varias corrientes. El presidente Orsi oscila, más para acá, más para allá. La trilogía Castillo, PIT-CNT, Partido Comunista y Socialista, que está incorporado, es una versión más radical, llamémosle. Y Oddone, que está atajando penales, porque el Frente es prisionero del pasado y está embretado en el presente porque necesitamos inversión. Lo de la pesca y el puerto fueron horribles señales a todo el que quiera venir.
Entonces creo que va a haber un empate que ni tan tan ni muy muy. Ojalá no fuera así, porque al presidente hay que respetarlo, porque no llegó por recomendación de nadie; llegó por el voto.
¿Hacia dónde tenemos que apuntar como país?
Creo que hay que recordar que nacimos a pesar de los vecinos. Podemos cumplir una función articuladora. Es difícil, porque no tanto es Lula, sino Itamaraty. Lula va a pasar, Itamaraty queda. Y no solo es Milei, es Buenos Aires. Buenos Aires sigue teniendo el imperio y le pone el pie encima a las provincias. Uruguay tiene que ser partidario del multilateralismo. La integración que sirve es la comercial y económica. No tenemos cosas en común Bolivia y Uruguay, pero sí el interés de que la prosperidad sea mayor. Después cada uno hace lo que quiere con su prosperidad. Esto que pasó con el CPTPP es una buena medida que impulsó Lacalle Pou y se cumplió en este gobierno. Y hay que reconocer esas líneas. El Plan Ceibal, una maravilla. Ley forestal, una maravilla. Ley de Puertos, que no la tocaron todos los que nos relajaron, porque es buena.
Hay líneas que son comunes y todos pusimos algo.
Reconocerlo, pero de antes, no ahora que te toca estar en el gobierno. Y creo que eso es un poco la falta de nivel, no académico, pero sí…
De formación.
Formación filosófica, histórica, geopolítica.
¿Con qué pensamiento filosófico se identifica?
Soy católico, apostólico, romano y tributario del humanismo cristiano que tiene el bien común como base y el derecho natural. Entonces esos son los valores principales filosóficos. Yo soy exalumno jesuita: Teilhard de Chardin, Santo Tomás, la escolástica, es decir, pensamiento tradicional católico, que en nuestro país es una rara avis porque es un país sin Dios. Mis valores son Dios, la patria y el instrumento es el Partido Nacional. Tampoco soy un gran intelectual, ¡ojo!
Alguna lectura tiene.
Me defiendo. Y además creo en lo trascendente, en que hay otra vida después de esta, que hay unos valores superiores.
¿Qué les aconseja a sus nietos?
Que no sean indiferentes. Lo mismo que a todos los jóvenes. A mí me estremece de temor la indiferencia. Una cosa es divertirse, todos lo hemos hecho. Pero, ¿qué le pedimos a la enseñanza? Que fortalezca valores y que transmita destrezas. No hay notas, no hay abanderados. En la enseñanza tiene que ser competitiva la excelencia porque es lo que levanta un país. Nunca fui sobresaliente, aclaro. Era bueno muy bueno. La prueba está en las escuelas privadas en los barrios más carentes de Montevideo, porque aplican esos criterios, son muy buenos. Es una prueba objetiva y yo creo que a la enseñanza le falta justamente eso: transmitir valores. Dejemos la parte religiosa porque el país no tiene religión. Y la patria. El conducirse correctamente. El fair play. Por eso el Ministerio de Deportes para mí era fundamental que existiera, entre otras cosas, por prevención para la droga, porque con la droga estamos en la persecución del comercio, pero nadie habla contra el consumo.
No se han hecho campañas contra el uso de drogas.
Y mientras haya consumo, va a haber droga. Hay algunas instituciones como el Liceo Militar donde hay cola para entrar. ¿Todos quieren ser militares? No. El 20 por ciento sigue. Quieren orden. Entonces eso tendría que ser un valor común. Hay algunas filosofías que lo licúan, todo es relativo, no hay ningún absoluto. Y la vida es como a mí me gusta. No hay parámetros.
¿Le tiene miedo a la muerte?
Curiosidad. Porque sé que me voy a morir. Algo muy gracioso de Chiruchi, todo un personaje. Un día le digo: “Che, Juan, no podés ser candidato a vice, candidato al Senado, candidato a diputado y cada tanto a intendente”. Y dice Juan: “Yo voy a ser candidato a todo lo que pueda hasta que me muera, si me muero”. (Risas) Yo sé que hay otra vida. Ahora, mi madre que vivió hasta los 98 me decía…
Tenemos Lacalle Herrera para rato.
No, pero mi padre hasta los 60. Así que hagamos promedio, ya estoy ahí. Ella me decía: “Es lo desconocido recontra conocido”. Entonces yo mi cuenta traté de arreglarla. Voy a los Ejercicios Espirituales todas las semanas de carnaval. Seis días de silencio absoluto.
¿Se banca seis días sin hablar?
Es muy bueno, porque es impresionante cómo eso incide en uno mismo. El primer día no tanto, pero a los tres o cuatro días, uno empieza la introspección.
Y el manual lo escribió San Ignacio de Loyola en el siglo XVI, en la cueva de Manresa. Y se sigue exactamente. Entonces los primeros días son los más bravos. Porque es el examen de conciencia. El espejo. Si uno lo hace cabalmente, es bravo.
¿Los hace todos los años?
En carnaval, que es una semana medio ridícula.
¿Podría ir a un tablado?
Yo iba mucho de chico a uno en la calle Berro, frente a la heladería Fuentes. Había otro en la calle Viejo Pancho al que también iba. Pero después se convirtió en ir a ser insultado, perdió la frescura. Una cosa es bromas y otra cosa insultos. Y además he sido objeto de la grosería más espantosa.
¿De acá a veinte años los partidos políticos van a seguir siendo significativos o vamos camino hacia individualidades?
Creo que no hay democracia sin partidos políticos, porque hay varias mentiras sobre la democracia. La primera, la de Pericles. ¡Qué divino! Eran doscientos y había veinte mil esclavos laburando. Sin agrupamientos es anarquía. Somos los partidos más antiguos del mundo, 190 años el año que viene. Estamos preparando un gran festejo.
Me acuerdo del festejo de los 170 en el Palacio Peñarol, que usted aparece y empiezan a gritar “¡Presidente, presidente!”.
Pero qué lindo discurso me salió. Empieza: “Era una cinta. Solo una cinta. Nada más que una cinta y nada menos que una cinta que decía: ‘Defensores de las Leyes’”.
¿Cómo explica el surgimiento de estos partidos outsiders?
Bueno, creo que no hay espacio para que esos sectores florezcan en los partidos grandes. Los partidos son como los ríos, llevan de todo, no es solo agua cristalina y por eso son partidos mayoritarios, porque incluyen todo.
¿Cómo ve el tema de la financiación?
Es inmoral que se hable de un millón de dólares para una lista. Hay que aumentar la plata del Estado. Y yo tengo una idea que no me la quiso comprar nadie. Que los aportes de la gente y de las empresas fueran a una cuenta del Banco República. Todo a una misma cuenta y se reparte por los votos. ¿Vos sabés lo que es pedir plata? Es horrible. Las campañas financieras son desagradables. Entonces, si hacemos financiación para todos en una sola cuenta y una ayuda del Estado, se acaba todo esto. Porque se hacen una zafra los que te dije. Además sustituyen por la jeta en la pantalla la presencia personal y territorial de la que hablábamos al principio. A mí me parece una idea buena.
¿Piensa que la democracia está en riesgo?
Democracia es un concepto muy laxo. La democracia liberal del ciudadano como común denominador. Tuvimos que encontrar algo que abarcara a todos. Al paisano con una tropa en Caraguatá, al profesor de la facultad… Ciudadano solo no conozco. Conozco un periodista ciudadano, un joven ciudadano, un paisano ciudadano, un carpintero ciudadano, un policía ciudadano. Tuvimos que buscar ese concepto que es tan tenue que no quiere decir nada. ¿La opción cuál es? Hay algunos países que se organizaron en base a lo que se llamaba “las unidades naturales”. Alguien dijo: “Nadie nace miembro de un partido”. No conocía el Uruguay.
¿Cuáles son “las unidades naturales”?
El municipio donde vive, la familia y de qué se ocupa. Sindicato, municipio y familia. Ese era el pensamiento de Primo de Rivera. Era revolucionario y España nunca lo siguió. Pero eso después lleva a visiones estrechas. Entonces el concepto de ciudadano sigue siendo el común denominador más lógico. El ciudadano es cada cinco años. Durante cuatro años y medio es carpintero, policía o abogado. Y mira el mundo desde ese punto de vista.
¿Cómo le gustaría ser recordado políticamente?
Como un patriota. Se ríen porque tengo en preparación mi epitafio. En una piedra que va a estar en Cerro Colorado, porque me van a incinerar. Estará usted ahí. Vaya. Porque voy a estar mirando de arriba. Y va a decir: “Luis Alberto Lacalle Herrera conoció, amó y sirvió a su patria”. Es lo que creo que he hecho.
¿Le hará bien al país que Lacalle Pou sea candidato de vuelta a presidente?
Bueno, eso es una cosa que a la gente le toca decidir. Creo que fue un buen presidente, es un hombre de bien, inspirado sanamente, inteligente, hábil. Mirado así, la oferta política no desmerece. ¿En las opciones nacionales quién va a ser? ¿Será Sánchez, Carolina o Díaz? Por eso ahora van por él, lo están buscando.
Es muy pintoresco lo que pasa. Asume el presidente de la lucha contra la garrapata y lo primero que dice es: “¡Qué lástima que el gobierno anterior no fue tan bueno!”. Todos lo dicen. Hay una orden de erosionar a Lacalle Pou porque se le ve como el rival.
Pero surfea bien el tema.
Luis es un gran ejemplo de autocontrol. Y le cuesta porque es un cascarilla. Si viene un periodista y le dice: “Usted es un gran hijo de la…”. “Interesante su pregunta”. Y lo mira sonriente, como diciendo: “Si te agarro, te corto la cabeza”. Autocontrol. Y le cuesta porque se ve que se domina. Mi madre siempre nos decía: autocontrol; y es el autodominio que yo no lo he tenido siempre. Es una característica de Luis. Siempre está a cargo, esté donde esté. Él está a cargo porque está dominándose. Y eso en política vale mucho. Y como relación humana, también. Es una persona excepcional.
Inesperado, ¿no? Por lo que fue.
Nunca se sabe. La vida es un misterio. Cuando descubrimos que tenía 147 de cociente intelectual, era tarde. Leía un poquito y pasaba. Y es un tipo simpático. Está en una edad buena. Estuvo de presidente a la misma edad que yo, y está ahora en una madurez. Me gustaría votar una vez más.
No falta tanto.
Cuatro añitos de Orsi. ¿Qué te parece?
Va a sobrevivir perfecto con un gran presidente. Dentro de cuatro años hablamos.
¿Sabés lo que quiere decir Orsi? Osos en italiano.
Orso es oso. Por eso, que no se haga el orso. (Risas)







