La autonomía es, antes que nada, valerse por sí mismo. No depender de otros para vivir, asir las riendas de la vida y conducirla. Dictarse las propias leyes. Hacerse cargo, ser responsable por el propio destino.
Algo así ha logrado este niño, se diría. Pasa las horas fuera del local de comida rápida, paradito, pidiendo. Su aspecto inocente, sus rasgos infantiles, despiertan simpatía entre los turistas de la Ciudad Vieja de Montevideo. Cuando el movimiento empieza a mermar, regresa a casa y le da lo reunido a su madre. Su éxito no es inexplicable. Tiene estudiadas la disposición física inofensiva, la expresión candorosa, la mirada que apuñala lo que aún hay de tierno en el corazón de los transeúntes. Su infancia es su capital, pero ha desarrollado además un expertise, todo lo que le permite llevar dinero a su casa.
Para la sociedad puede ser muy reprobable la mendicidad, pero no para el niño. De hecho, es una fuente de reconocimiento y valor. Su mamá, su hermano menor y él mismo sobreviven gracias a esa actividad que logra sostener, con perseverancia y esfuerzo. Eso le permite experimentar una temprana autonomía: se maneja, conoce la calle, se hace responsable, y logra no ser una carga para su familia.
Cuando crece, sin embargo, su apariencia se convierte en un obstáculo. Ahora los adultos ya no le dan nada. Su presencia adolescente ya no evoca inocencia. Recaen sobre él miradas de desconfianza y cautela. ¿No debería estar estudiando? Además, un duelo adolescente menos frecuentado atropella su niñez: ya no sirve más en casa. Su madre recurre a su hermano chico, aún niño, y le deja claro que ya no lo necesita1. La calle, más que un espacio de ejercicio de la autonomía posible, es ahora un refugio peligroso. Porque la casa no siempre es un hogar, ni la familia siempre una fuente de amor incondicional.
Llamar autonomía a esa experiencia, claro, es tramposo. Como explica Robert Castel, en las sociedades modernas el ideal de autonomía absorbió el sentido positivo de un individualismo que contribuyó a obtener más libertad y capacidad de autodeterminación frente a los mandatos de clase o género. Sin embargo, argumenta, hay un individualismo que no es conquista, sino el resultado de estar acorralado por un conjunto de restricciones. Un individualismo negativo, definido en función de carencias: seguridad, protección, vínculos estables y sanos, entornos favorables. Es más bien un estado de soledad en el que la persona se rescata como puede, utilizando para ello los recursos con los que cuenta. Así considerada, la autonomía resulta una caricatura de sí misma. En lugar de revelar libertad y capacidad de llevar las riendas de la propia vida, es un remedo irónico y malicioso de independencia, un rincón solitario desde el que el desamparado resiste.
Quizás porque sobrevivir depende en buena medida de la ayuda mutua2, la interdependencia es más evidente entre los más vulnerables. Enfrentan la inseguridad como pueden, ya que no tienen poder para exigir mejoras de infraestructura. Entonces, se organizan para caminar en grupo, se ajustan a horarios rígidos para evitar peligros, ejecutan complejos itinerarios que saltean ciertas esquinas. Dependen de redes informales de intercambio de bienes o servicios, de programas del Estado, de diversas formas de clientelismo. Interactúan con pares, pero también con quienes tienen más poder y los coaccionan. Evitan resignarse, tolerando condiciones que otros simplemente no soportaríamos.
Pero la interdependencia no es un rasgo de las personas que intentan construir su vida en medio de estas condiciones. Toda vida humana es de por sí vulnerable, y no puede desarrollarse sin el cuidado ni el compromiso de otros. No forjamos la autonomía en soledad, ni mucho menos a pesar de los otros, aunque nuestra cultura tienda a equiparar un mayor grado de autonomía con un correlativo desprendimiento del intercambio con los demás. Esta mirada individualista postula un punto de vista propio de quien puede prescindir relativamente de redes de apoyo y solidaridad, pero ignora el papel constructivo que las personas guardan entre sí.
La autonomía resulta de un conjunto de capacidades que construimos y que nos permiten asumir responsabilidad sobre nuestra vida, y conducirla según proyectos que hemos logrado forjar. Y, como nos recuerda la tradición filosófica del reconocimiento, solo podemos realizar esta tarea de forma mediada. Charles Taylor desarrolla la idea de que no definimos quiénes somos mediante introspecciones solitarias, sino a través de respuestas que hallamos en la interacción con los demás. Axel Honneth explica cómo formarse una idea positiva de sí, una condición de posibilidad de conformarnos como sujetos, implica obtener autoconfianza, autorrespeto y autoestima, atributos que requieren una validación que solamente puede surgir del trato con los demás. Por eso la tarea de asumir las riendas de la propia vida es el fruto de una actividad relacional, no individual. Y dado que es fundamental para vivir en esta sociedad, propiciar las condiciones que la hacen posible es un objetivo relativo a la justicia.
De hecho, nuestra relación con el valor social de “hacernos una vida” es ambigua, y nuestro discurso acerca de él, en ocasiones, arrastra un uso opresivo o hipócrita. Alguien puede evocar el desamparo para justificar su vida malograda: “tuve que trabajar y arreglármelas solo desde chico, y apenas si pude ir unos años a la Escuela”. Otro puede recurrir a esa misma pieza narrativa para contextualizar su ascenso heroico, y el modo en que doblegó al destino: “pese a ello, con esfuerzo logré hacer mi vida”. Con seguridad hay una serie de atributos y decisiones personales que fueron clave en una u otra trayectoria, para empezar el esfuerzo y la lucha. Pero nunca es suficiente sin el compromiso de los demás, a veces de personas concretas, pero especialmente el que florece en instituciones y en cultura.
Quizás sea el olvido de nuestra propia fragilidad lo que en ocasiones nos lleva a atribuir faltas morales a ese adulto cuya infancia, en lugar de ser un campo de juegos, confianza y dignos horizontes, impuso la temprana soledad de quien lidia con el desamparo.
1. Basado en uno de los muchos casos relevados por Freiman y Rossal (2011) De calles, trancas y botones. Montevideo.
2. Una explicación detallada de esto puede encontrarse en Auyero y Servián (2023) Cómo hacen los pobres para sobrevivir. Buenos Aires.







