La canción popular uruguaya vivió una segunda época dorada a comienzo de los años 80. Son varios los trabajos discográficos que ingresan en esta categoría, caprichosa, pero que tiene un sustento conceptual. Nuestra música popular se desarrolla a partir de los 60 desde dos vertientes fundamentales. Primero, la aparición de artistas interesados en hacer una música que nos representara culturalmente, como forma de equilibrar las “invasiones argentinas” desde el folclorismo surgido en los 50 y, en segundo lugar, el auge del rock o sucedáneos, como el fenómeno popular de la llamada “porteñada” que fuera una parodia del rock and roll y de la beatlemanía. En nuestro país mientras tanto, lo roquero tuvo su potente movimiento con grupos importantes que sonaban a “uruguayo”, con la insalvable distancia tecnológica, porque eran escasos los grupos o solistas que podían acceder a buenos instrumentos, a una equipación de punta y, sobre todo, a estudios de grabación si no se contaba con el respaldo de una compañía detrás. Estos grupos, los que se aventuraron a cantar en castellano – hecho catalogado en la época (aunque parezca increíble) de revolucionario – fusionaron elementos de folclore con el rock: candombe, milonga y rítmicas argentinas (sonaba a todo trapo la zamba a través de grupos folcloristas argentinos). Al llegar la década del 70 y en un contexto de gran agitación política, vendrá la noche oscura y desde ahí en más nuestra música popular más politizada será censurada y luego prohibida. Gran parte de los artistas debieron marchar al exilio, y los que se quedaron en el país pasaron a ocupar el lugar de la resistencia contra la dictadura. Jorge Galemire (Montevideo, 1951-2015) fue un músico procedente del rock habiendo participado en agrupaciones como Aguaragua y El Syndikato, y un paso muy breve en los inicios de Los que iban cantando. Aunque su consolidación en el imaginario y en la estimación de sus colegas y el periodismo musical llegó con el disco emblemático de Eduardo Darnauchans “Sansueña” (1978), donde no solo escribió los arreglos de todas las canciones, sino que ejecutó cada uno de los instrumentos, inaugurando quizá el concepto contemporáneo de “hombre orquesta”. Su álbum debut “Presentación” (1981) será una obra referencial de muchos músicos, y sin alcanzar repercusión popular, llegará a convertirse en pieza de culto. Muchas de las canciones de este disco serán objeto de admiración y de estudio para expertos y periodistas musicales. Luego de este somero repaso, llegamos a 1983 y a quizá, la obra cumbre de Galemire. El magnífico “Segundos afuera” editado por Orfeo y reeditado en vinilo por el sello independiente Little Butterfly Records en 2022 (con chiste interno: se cita al disco histórico de la banda británica Génesis y se da un recibimiento irónico al segundo intento discográfico como solista). Una obra de arte dentro de los parámetros del pop uruguayo; fusionando el rock y el jazz con el candombe, la murga y la milonga. Un intento que afirmaba que sonar a Montevideo desde el rock – sus barrios y su gente- era posible.
Todas las canciones del álbum fueron un compendio de buen gusto y de alta musicalidad. Con picos altos como la excelente “Sin saber por qué”, con texto de Jaime Roos (enviado desde Holanda), con un arreglo de una extrema sofisticación y una notable performance de Osvaldo Fattoruso en batería. Estamos en la época donde los sellos discográficos más grandes se permitían invertir en horas de estudio para lograr un buen producto final, y donde Galemire pudo experimentar con el sonido y plasmar en la grabación lo que sonaba en su cabeza. Lo curioso es que el disco suena actual en pleno siglo 21, como si el tiempo no lo hubiese alcanzado. Los instrumentistas elegidos son parte de los mejores que ha dado nuestro país, provenientes muchos del área del jazz (claro que no todos ellos pues la estética del artista corría en varias direcciones). Tan solo nombrar a algunos grandes nombres: Ricardo Nolé, Gastón Contenti o Raúl Medina, junto al infaltable “dúo dinámico”: Gustavo Etchenique y Andrés Recagno. Capítulo aparte fueron los invitados especiales que se transformaron en piezas clave del disco. Eduardo Mateo en “Tus Abrazos” y Gastón Ciarlo “Dino”, en “Kublai Khan” con texto del poeta “perdido” Luis Campos. Una colección de canciones que son una panorámica de lo que buscaba Galemire en aquellos años; maduro y sabedor de su talento compositivo y como arreglador, habiendo cocinado muchos de estos ingredientes en el máster acelerado de “Siempre son las cuatro” (1982). Hay joyas que resaltan y dan una idea de la dimensión melódica de Galemire. Ejemplos: “La Costurera” o “Un son” (con texto de Washington Benavídes), esta última con una sección B de las más sorprendentes de toda nuestra música popular. Igualmente, con el transcurso del tiempo la canción que más prendió en el público y en los músicos fue “Tus abrazos”, donde Mateo participa de manera formidable desde la percusión y en un solo de guitarra, que es uno de los hechos musicales más hermosos que haya dejado registrado. “Segundos afuera” está, sin dudas, entre las piezas más perfectas de la historia de nuestra querida música popular.
Ilustración: Oscar Larroca





