Estamos acostumbrados a ver a músicos populares del mundo reunirse para hacer proyectos en común. En Uruguay esto no es corriente salvo excepciones. Sería extraordinario, por ejemplo, poder escuchar a Rubén Rada y Hugo Fattoruso en un disco a dúo. Existen los trabajos de Mateo y Cabrera, Cabrera y Fattoruso, pero poco más. En 1985 la juntada de Mateo con Rada debió significar un hecho histórico y ser una noticia que estuviera en los titulares: dos genios se unen y publican un disco. Pero para el medio periodístico, lamentablemente, esta noticia no fue importante. Aunque lo más significativo es que tampoco pareció que lo fuera para los involucrados, arrastrados quizá por el estigma de una sociedad que no valora lo suficiente a sus grandes artistas.
Rubén Rada y Eduardo Mateo publicaron “Botija de mi país” en 1987. Una iniciativa de ambos, una idea formidable pero que tuvo algunos inconvenientes. Primero y principal, la lejanía de Rada del terruño ya que estaba afincado en el exterior y segundo la marginalidad de Mateo y su dificultad para sobrevivir en aquel momento. Y de ahí la incertidumbre de cumplir con un determinado organigrama de producción (si esto hubiera existido). Lo concreto es que juntos –en estudio– registraron solo tres canciones: “Botija de mi país”, “Para hacer la conga” y “El Tordo”. Después, cada uno grabó por su lado sin tener casi contacto directo. Es decir que fue una unión por lo menos inesperada, pero que pudo ser mejor desarrollada. Una vez editado, los dos maestros extrañamente se desentendieron del trabajo. El saldo fue igualmente positivo si conocemos el contexto y donde en lo estrictamente musical, surgieron momentos de swing y locura inigualables.
“Botija de mi país” es un candombe clásico de Rada. La versión más reconocida es otra. Pero la de este disco tiene una singularidad. Su sonoridad no es la jazzera que Rada trabajaba en Argentina con su banda. La base que tocó Mateo fue con guitarra eléctrica, con un sonido alejado del utilizado en aquel momento –sin pedales, cruda y desnuda– y Rada grabó las congas. A pesar de chocarnos la sonoridad de esta guitarra, es tan sorprendente el rasguido, y tiene tanto swing, que uno es igualmente arrastrado. Mateo, en cierto momento, toca acentuando en lugares que no son los habituales, dando la impresión de que está en el aire; de que no hay “tierra”. El texto es uno de los más hermosos que Rada haya escrito: “Botija de mi país, espero que seas feliz/ vistiendo de amor a tus hermanos/ botija reí, reí/ que el tiempo que vos vivís/ mañana será un lindo pasado”. “Palo Bembe” es una invención rítmica propia del universo afro mateístico. En el 6/4 que propone Mateo hay como una detención del tiempo creando un trance capaz de invocar espíritus ancestrales. Precisamente, en “La Cebolla” Rada comienza con una especie de ritual negro alucinatorio demostrando que además de ser la Voz de Uruguay, detrás (o adentro) de su canto perviven los ancestros africanos. En esta pieza hace maravillas con el manejo de la voz, expresado en los distintos enfoques de emisión. En “Llamada” se envuelve de su particular visión de un candombe festivo. “Llamada” viene a ser una variación de “Candombe p’al Fatto” (La Rada, 1981), y una de sus estructuras melódicas de candombe más utilizadas. En “El Tordo”, el compás irregular de 5 nos sumerge en un área densa mientras el canto (sin texto formal y construido con onomatopeyas) crea una sensación lúdica (quizá la presencia de Rada haya influido en el resultado), con su loca improvisación en la parte de la modulación. Quizá sea el lugar del álbum donde se nota más la interacción y donde sorprendentemente ambos mantuvieron su personalidad y su sonido.
Cierra el disco con “Pizza para la mañana” de Mateo con el plantel que acompañaba a Rada en Argentina: Ricardo Nolé, Ricardo Lew, Urbano Moraes y Osvaldo Fattoruso. Una pieza enérgica en 12/8 ideal para la improvisación jazzera donde Nolé y Fattoruso se llevaron las medallas por su desempeño. “Botija de mi país” dejó la impresión de que el concepto general no tuvo demasiado en cuenta los textos de la canción estándar. El enfoque estuvo en lo rítmico donde ambos genios desplegaron su calidad musical. Un álbum único y por momentos desparejo, pero que es de un valor histórico imperecedero.