Echado a orillas del Plata, cual monstruoso fósil antediluviano, el viejo Cuartel de Dragones aparenta dormir un sueño pétreo. Sin embargo, algunas tardes y desde cierta perspectiva, los paseantes pueden apreciar cómo, por un breve lapso, inopinadamente, sale de su modorra. Entonces, los dientes almenados de sus muros le tiran un tarascón y le arrancan un trozo de infinito a la cúpula celeste. Afirman los conocedores que, una que otra madrugada, también lo han visto devorarse un bocado de firmamento aderezado con un ramillete de estrellas.
(Ubicación: Sarandí y Juan Lindolfo Cuestas)




