Un 31 de Julio de 2017, el entrenador del primer equipo de Millonarios de Colombia recibe la peor de las noticias; es cáncer.
Un técnico se conduce permanentemente en la impotencia de los azotes físicos del alto rendimiento. La rutina del fútbol lo acostumbró a desayunarse con la lesión de un jugador importante un día de partido, o quizá una fractura de un irremplazable que lo obliga a desafiar al adjetivo y así, de nuevo reinventarse.
Para este partido, no está preparado. Nadie lo está. ¿Quién sabe cómo enfrentar que su propio cuerpo lo está matando?
Después de algo así, lo que toca es bastante claro. En la pizarra están las opciones, está el trabajo de la semana, los tratamientos, y el rival a vencer no tiene cara sino la propia. Sabemos cómo juega, y tenemos jugadas preparadas, pero no hay más metáforas futbolísticas válidas. Ya usé muchas. Todo redundaría en algo que quien pueda estar leyendo entenderá. El panorama es jodido. Un hombre de 61 años recibe ese golpe, y por supuesto tiene que refugiarse en los afectos para poder revertir ese resultado.
Así lo decidió Miguel Ángel Russo cuando, ante el partido más difícil, eligió abrazar a la pelota. En un presente cogobernado por la dopamina y el cinismo, un amor nítido por el fútbol parece heroico. Y lo que parece, en este caso, es. Un amor tan transparente que te deja viéndote a ti mismo, y preguntándote si eso que te cautivó en tu infancia todavía existe. Y sí, existe.
A veces la nostalgia nos induce a recordar tiempos pasados como mejores. Otras veces, hay canales que te acompañan a un tiempo y lugar que quizá jamás conociste. En aquel tiempo, el fútbol era otro. No el juego, que quizás sí es el mismo, con algún adorno grandilocuente como los extremos que suplen al “fowar”. El fútbol como ecosistema era otro. En ese otro fútbol, Miguel se crió, aprendió, y sobre esas mismas bases, luego profesó.
Hoy, días después de despedirlo, Miguel nos ayuda a encontrar al fútbol que extrañamos. Despedirlo nos da el panorama completo de la cancha, como ese jugador que hace la primera gambeta al recibir y tiene toda la cancha a su merced. En ese preciso momento, es libre.
Su carrera entera como futbolista se la regaló a Estudiantes de La Plata, uno de esos que no supieron vestir otra camiseta en su carrera profesional, que data entre 1975 y 1988. Qué difícil se le hace a este fútbol del rumor, que se alimenta del mercado de pases permanente, observar una carrera así, con solo una línea en Transfermarket.
Lo curioso del cariño, ¿no? El párrafo anterior es para una despedida a una gloria de pincharrata. Sin embargo, el propio Miguel se encargó de tener otra carrera de entrenador. Allí sembró experiencias gigantes de cariño en distintos clubes y países, que fue luego cosechando a lo largo de su presente, como todo homenaje bien hecho; en vida.
El último partido que lo tuvo en un banco de suplentes fue en un Rosario Central – Boca. Gran resumen de su impacto. No fue futbolista en ninguno de ellos, pero sí entrenador, y campeón en ambos. La ovación de un estadio entero en un fútbol sin visitantes puede parecer más sencilla de lo que es… el truco está en ser ovacionado por un estadio visitante. El aplauso no es a los trofeos, es a él.
La elección del presente para este texto es una decisión plenamente consciente, y se explica fácil. Han pasado ya días desde el deceso de Miguel Ángel Russo, quien partió siendo el entrenador de Boca Juniors. No obstante, lo que hemos visto en las canchas de fútbol argentino y expresiones de colegas impugnan cualquier redacción en tiempo pasado.
“Son momentos, son decisiones” su frase de cabecera, se rezó cual padre nuestro los domingos en todas las conferencias de prensa que lideró. Un mantra sagrado en este fútbol de sobre análisis, semántica y avidez patológica por titulares disruptivos. Hoy, recordada en su sonrisa inconfundible, condimentada con algo de su picardía, recuerda a alguien que entendía a la perfección el escarceo periodístico del siempre tan solemne universo fútbol.
Pero, ¿saben qué? Eso que Miguel repitió y se aburrió de repetir hasta la parodia, es en realidad una declaración de principios que el entrenador ejerció. Son decisiones. Somos, las personas, entre otras muchas cosas, decisiones.
Miguel decidió que la pelota iba a ser su refugio. Miguel comprendió, también, que ante el momento en el que parece que no nos queda nada, nos queda el fútbol, y eso es muchísimo, por más que sean mayoría las veces que nos lo olvidamos. Porque claro, son momentos. También son momentos los difíciles, los que parece que suspenden el tiempo y te dejan solo, aislado en la inmensidad de la angustia. Miguel nos enseñó que es posible achicar esos espacios, y también refundó el sentido de la tan bastardeada dignidad.
El deporte rey, copado hace años por la frivolidad estadística, a veces parecía hasta calzarse la medalla de rechazar la dignidad. Y no digo la dignidad de perder, no me refiero a una final perdida estrellando tres pelotas en los palos sintiendo que uno se estuvo a la altura. Claro, que boludo suena. Digo la dignidad de tratar de hacerlo mejor que ayer, sin olvidarse que el fútbol da revancha, aunque no quieras.
Ocho años después de ese 2017, que arrasaría con cualquiera, cosechó ocho pasajes por clubes como su entrenador principal. A esas ocho designaciones, agréguele las millas que significa saltar entre Colombia, Perú, Paraguay y Arabia Saudita. Y si por algún motivo a los escépticos esto les pareciera poco, súmele tres clubes argentinos, incluyendo dos pasajes por Boca Juniors, uno por San Lorenzo, y otro por Rosario Central. Cualquier juez de boxeo diligente debería decretar que esta pelea Miguel se la llevó por puntos.
Miguel decidió vivir, que es, entonces, la misma forma en la que decidió morir; amando a la pelota.







