El próximo 28 de junio, el Partido Nacional elegirá un nuevo Directorio. Una elección que parece ser motivo de interés solo para los blancos tiene de fondo una interpelación directa al sistema de partidos del Uruguay y a nuestra democracia.
Empecemos por lo obvio. El Partido Nacional ha atravesado dos instancias electorales bien distintas en el último año, que tienen una autocrítica pendiente, pero que en conformidad con la Carta Orgánica, y por tratarse de un congreso elector no se dará el próximo 28.
La primera señal de alerta fue sin dudas la baja votación que tuvimos en la interna nacionalista en junio del 2024. La oferta electoral pareció no satisfacer a una parte importante del electorado que se abstuvo de participar. Los motivos de la abstención serán algo a analizar en los próximos meses, pero lo cierto es que de esa interna, atípica en cierta forma, es que se conformó el órgano más importante del Partido para el próximo quinquenio, su Convención Nacional. Una Convención de 500 blancos que fueron electos por una lista, por un sector, pero que bien sabemos, en el partido de los hombres y mujeres libres, significa poco a la hora de encasillar el voto.
Luego vinieron los dos golpes más duros, la caída en la votación de octubre, en comparación a 2019, donde incluso el Partido Nacional pasó a ser la segunda fuerza política en departamentos donde la hegemonía nacionalista era de larga data. Luego de ese tropezón importante, culminamos el ciclo con la derrota de noviembre. Otros dos procesos que merecen sin duda una autocrítica detallada y descentralizada.
En las elecciones departamentales y municipales, el escenario es otro. La mayoría de los uruguayos optaron por la gestión del Partido Nacional, y aunque se perdieron dos departamentos como Río Negro y Lavalleja, recuperamos Salto (en Coalición). El balance final es considerablemente diferente al de las elecciones nacionales.
Lo que es evidente es que el Partido Nacional pide a gritos una renovación. Tiene que ser generacional, es cierto, pero no puede agotarse ahí. Es una renovación en el estilo de conducción, es una renovación en su liderazgo. Luis Lacalle Pou, es sin dudas el líder del Partido y estamos ansiosos de su regreso, pero para ello, obligatoriamente, tenemos que esperarlo con un Partido Nacional con cuadros nuevos, formados y preparados, para ser gobierno otra vez. Es la tarea número uno que tiene el próximo Directorio, construir un Partido Nacional fuerte, con rumbo y luces largas.
Primeramente, no podemos permitir que por ver sólo el árbol y no el bosque completo, perdamos departamentos como Río Negro y Lavalleja. La discusión sobre la Coalición Republicana es impostergable. Dicho esto, no podemos esconder la bandera blanca y celeste. No somos lo mismo que el Partido Colorado, ni que cualquier otro socio de la Coalición Republicana, pero muchísimo menos somos lo mismo que el Frente Amplio. Parece una obviedad, pero no logramos transmitirlo con claridad en la última elección. Este es un punto de vital importancia, pero no para el Partido Nacional exclusivamente, es un punto de vital importancia para el sistema de partidos y la democracia de nuestro país.
El sistema tiende hacia una competencia centrípeta, de hecho la segunda vuelta genera incentivos para que así sea. Si bien es cierto que esto genera cierta estabilidad al sistema, también representa algunas amenazas que Giovanni Sartori advierte en su obra Parties and Parties Systems (1976), y que en nuestro sistema empezamos a ver. Si los ciudadanos comienzan a percibir a todos las opciones como lo mismo, si existe cierta homogeneización ideológica, la cancha está libre para que outsiders, no necesariamente amigos de la democracia, corran por izquierda y por derecha, o sin ideología alguna y ataquen al sistema en su totalidad. No hay que tenerle miedo a las diferencias, mucho menos en democracia. Es precisamente por eso, que desdibujar los límites entre modelos de país no es solo un error electoral, es una erosión a la democracia del Uruguay.
Volviendo a la conducción del Directorio blanco, y aclarando lo importante de la elección para todo el sistema de Uruguay, tiene que ser una que no le tenga miedo a las palabras ni a las discrepancias. ¿Cuál es el proyecto que el Partido Nacional le va a ofrecer a la ciudadanía en el 2029? Si lo construimos como oposición responsable, o simplemente como oposición al Frente Amplio, nos perpetuaremos en ese rol, en el de oposición. ¿Somos oposición? Naturalmente, pero en esencia y principalmente somos la alternativa.
El proyecto lo tenemos que construir en torno a nuestros ideales y a nuestros valores de los que tampoco puede el próximo Directorio, ni ningún blanco, renegar. Abrazamos con mucho orgullo las ideas de la libertad, de la descentralización, del humanismo y de un nacionalismo propio del S XXI, que incluye, que construye en torno a lo común pero tiende puentes, no levanta muros. Atravesado transversalmente por estas columnas, debemos proyectar el Uruguay que queremos construir entre el 2030-2035.
Aferrado a nuestros principios y a nuestra esperanza, vamos a elegir a un blanco, que tendrá el inmenso honor y orgullo de presidir y liderar a nuestra joven colectividad de 188 años, hacia un nuevo triunfo en el 2029. Para que el Partido Nacional logre transitar este camino con amplitud, unidad y rumbo, el 28 de junio hay que votar desprendido de los sectores, abrazados a la bandera blanca y celeste, sabiendo que vamos a votar mucho más que el Directorio. El 28 votamos por el Partido Nacional y por nuestro país.






