¿Necesitamos partidos políticos? por Nicolás Martínez

Desde que el ser humano descubrió que convivir exigía algún tipo de organización, surgió también la inquietud por preguntarse quién ejerce el poder, con qué legitimidad y para qué fines. La filosofía desde entonces, ha sembrado la sospecha de que el poder tiende a justificarse a sí mismo y que la verdad suele ser la primera víctima en el campo de batalla de la política. En el siglo XX, Simone Weil, una filósofa francesa, retomó esa tensión entre pensamiento y poder. Su breve ensayo “Nota sobre la supresión general de los partidos políticos” (1940) se atrevió a formular una pregunta que aún hoy resulta escandalosa: ¿Es posible que los partidos políticos, lejos de fortalecer la democracia, la estén vaciando desde dentro?

Weil comienza advirtiendo de que el hecho de que los partidos existan y estemos habituados a ellos no es argumento suficiente para conservarlos, porque la costumbre es la forma más suave, pero más eficaz, de dominación. Nos hace creer que lo que existe hoy existió siempre, y que lo que existe siempre existirá. ¿No nos ocurre algo así con los partidos políticos? ¿No sentimos que son una pieza natural e inevitable de la vida democrática, como si fueran parte del paisaje moral?

Para que la voluntad de la mayoría pueda acercarse al bien, dice Weil siguiendo a Rousseau, debe expresarse sin pasiones colectivas. La pasión colectiva es una emoción amplificada, contagiosa y desbordada, convertida en identidad grupal, y los partidos no pueden prescindir de ella porque su supervivencia depende de movilizar adhesiones masivas. ¿Puede la democracia sostenerse cuando las decisiones se toman bajo el influjo de pasiones artificialmente alimentadas? ¿Podemos, como ciudadanos, distinguir entre lo que pensamos y lo que se nos enseña a sentir? ¿De verdad juzgamos los problemas públicos por su complejidad, o por cómo impactan en la autoestima del grupo al que pertenecemos?

La segunda crítica de Weil apunta a que el objetivo real de un partido político es su propio crecimiento, y no importa cuán noble sea su origen o qué ideales proclame, porque sin crecimiento, muere. Y como desea vivir, lo sacrifica todo por crecer. En esa búsqueda, la política corre el riesgo de reducirse a una guerra de máquinas, un juego de suma cero donde el adversario se convierte en enemigo y la negociación en signo de debilidad. ¿Puede una institución perseguir el bien común cuando su supervivencia depende de imponerse al otro? ¿Hasta qué punto la lógica del poder coloniza la lógica del bien? Cuando un partido gana, gana el bien común… ¿o solo gana el partido? Cuanto más total es el poder, menos espacio queda para la deliberación.

La tercera crítica de Weil es que cuando alguien entra a un partido, no se le invita a pensar, se le invita a adherir y debe asumir una doctrina global aunque solo conozca una parte de ella. En este sentido, dudar es una suerte de traición, y disentir, deslealtad. La filósofa sostiene que “Un partido es una pequeña Iglesia profana armada con la amenaza de la excomunión.” El partido promete identidad, pertenencia y coherencia moral, pero cobra un precio que es la renuncia a pensar por uno mismo. ¿Pensamos acaso de acuerdo con nuestra conciencia, o repetimos lo que dicen las estructuras que nos contienen? ¿Cuántas de nuestras convicciones son realmente nuestras? La adhesión partidaria puede convertirse en una forma de descanso moral donde el partido piensa por mí, evalúa por mí, juzga por mí y yo solo debo elegir y jurar lealtad. Pero el pensamiento, como la libertad, no admite delegación.

Weil no se limita a la crítica y propone algo tan simple que parece imposible. Sugiere una política sin partidos, donde cada representante se presente como un individuo con valores y razonamientos propios. En ese modelo, las alianzas serían flexibles, fluidas, temáticas. Y la responsabilidad individual reemplazaría la obediencia doctrinal. ¿Es viable algo así? Probablemente no en el corto plazo, incluso puede ser que, espontáneamente, los grupos vuelvan a formarse. Pero la viabilidad no cancela la pertinencia filosófica de la pregunta. A veces las utopías no son para ser realizadas, sino para recordarnos lo que hemos olvidado.

¿El problema son los partidos… o somos nosotros? Quizás los partidos no sean sino el espejo de nuestras propias inclinaciones humanas, es decir, la necesidad de pertenecer, el miedo al juicio, la comodidad de no pensar demasiado. Quizá los partidos prosperan porque responden a defectos que preferimos no reconocer: nuestro conformismo, nuestra pereza intelectual, nuestra sed de certezas. ¿Son los partidos el problema o solo la institucionalización de nuestras debilidades? ¿No será que atacarlos es más fácil que examinarnos?

¿Necesitamos partidos? ¿O necesitamos otra cosa? No se trata de abolir o conservar instituciones. Se trata de preguntarnos qué tipo de ciudadanía queremos ser. ¿Queremos partidos que piensen por nosotros, o queremos ciudadanos capaces de pensar incluso contra su propio partido? ¿Queremos identidades rígidas, o vínculos críticos? ¿Queremos política como espectáculo, o como ejercicio de conciencia? Los partidos políticos pueden ser herramientas útiles, sí. Pero no pueden sustituir la responsabilidad moral del pensamiento individual, porque la democracia no se sostiene únicamente con instituciones fuertes, sino con espíritus despiertos. Quizá, entonces, la respuesta no sea destruir los partidos, sino algo más íntimo y más arduo: no permitir que ningún partido destruya en nosotros la capacidad de buscar la verdad.

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