El colectivo teatral festejó su aniversario con el reestreno de tres espectáculos en su nuevo espacio Maniobra Teatro Club
Diego Araújo empezó a estudiar teatro para trabajar la forma de presentarse y argumentar ante el público y en asambleas en años en que militaba de forma partidaria. La actuación pronto fue quedando de lado para que ganara protagonismo el trabajo de dirección y de dramaturgia. En 2014 se estrenó Mi noche triste, co escrita junto a Patricio Raurich, convirtiéndose en el mojón inicial del colectivo Tomania. Para celebrar el aniversario número once montaron tres espectáculos: El Partido, Busco trabajo y Mi noche triste. “El Partido tiene una re escritura -comenta Araújo- porque si bien me gusta mucho tenía unos problemas a nivel de estructura que creo que quedaron más o menos resueltos. Cuando volvés sobre algo que escribiste hace diez años te das cuenta que hay problemas latentes”.
En El Partido era muy interesante la forma en que planteabas, y parodiabas, la discusión bizantina entre comunistas, trotskistas o maoistas que en realidad permanecían ajenos a lo que pasaba en las calles.
Sí, yo militaba en ese momento y estaba muy fresca mi observación sobre el infantilismo de izquierda, la discusión entre nosotros mismos sobre cosas que no son trascendentes, al menos por el momento. Y por eso creo que es importante hacerla nuevamente. Y en esta re escritura aparece algo sobre nuestra función respecto al teatro político. Desde la temática y desde la discusión interna de los grupos. Cuando hacemos una obra ¿por qué la estamos haciendo? ¿qué estamos diciendo? Hace diez años cuando hicimos la primera obra pensábamos que teníamos una chispa que iba a iniciar algo y que la gente iba a salir transformada. Y después ves que no (risas) y discutís tu propia función en el arte ¿Para qué estás haciendo esto si no está cambiando nada? Ese debate nos atraviesa como creadores.
Mi noche triste era una especie de sainete que tenía más que ver con el teatro popular
Total, Mi noche triste, que fue nuestra primera obra, tiene ese eje. Siempre me pareció que estamos haciendo teatro de una forma muy tonta, como para que nos vean los mismos, los que están de acuerdo con nosotros, y siempre estuvo la preocupación por generar nuevos públicos. Ahora Morir de amor (telenovela teatral que este año se fue presentando por capítulos semanales) es una búsqueda que tiene que ver con eso, con hacer teatro popular. Claro, ahí entrás en una tensión de negociación entre lo que vos querés decir y lo que el otro quiere ver, y en esa negociación estamos sin certezas. En el caso de Morir de amor fue generar un nuevo público, una comunidad de personas que sostengan el proceso de Maniobra y que sea una puerta de entrada para otras cosas.
Morir de amor trabaja el código de la parodia, algo que no es novedoso para ustedes pero que se exacerbó en este caso y que me recordaba a las telecachadas del viejo Show del mediodía.
Mirá, me pasaba con Espalter que en mi casa decían que era un guarango y lo veo en retrospectiva y pienso: “estaba bueno lo que hacía, tenía un manejo de los tiempos y del humor de cara muy interesante”. Ese tipo de artista popular tiene un valor tremendo que hay que rescatar. Creo que ese espacio históricamente lo cubrió el carnaval, pero también es un ámbito cada vez más profesional, cada vez hay menos tablados, cada vez es más cara la entrada. De todas formas siento que hoy en día el teatro está en un momento bisagra muy interesante. Hoy la gente hasta el cine lo ve por plataformas en su casa, y el teatro hay que ir a verlo, la teatralidad la completa el espectador. Y me parece que el teatro se está volviendo nuevamente un espacio erotizante para el público. Morir de amor fue un golazo de gente, hacíamos dos o tres funciones llenas. Y es verdad que es una sala pequeña, pero son nuevos espectadores, gente de treinta o cuarenta años que no tenían el hábito de ver teatro. Y todo es un aprendizaje. Yo pienso que se hace teatro para completar con alguien más, necesitás al público, y me parece que hay que escucharlo. Y hay que estar atento a lo que está pasando, hay que tomar los fracasos propios como aprendizaje, reflexionar y generar algo que tenga esa conexión. Morir de amor es una parodia sin más pretensión que conectar con el espectador y generar risa. Pero hay gente que se está conectando, que se está acercando, que está deseosa de ver teatro, hay algo que está pasando ahí. Más allá de un berretín que teníamos desde el principio que era reírnos de la clase dominante. Hacer un humor desde la burla como una pseudo venganza y reírnos de la clase dominante.
¿Maniobra es un espacio colectivo?
Sí, somos varios que compartimos la casa. Con Tomania siempre fuimos muy amantes del espacio porque nos da independencia. Tuvimos Yacaré, La Regia Cristina, La Emergente y ahora Maniobra, y creo que todo es parte del mismo proceso. Ahora en Maniobra gestionamos el espacio con Facu Santos Remedio y Min-ocho, que es artista plástica y grafitera.
Son varios los colectivos y grupos que gestionaron o están gestionando pequeños espacios independientes: El Almacén, La Madriguera, Ensayo Abierto, El Espacio Vacío.
Si, yo creo que hemos sufrido mucho las salas, entonces tenemos eso de “quiero algo chico pero mío” antes de ir a lugares que son gigantes dormidos que te generan un montón de problemas a nivel de producción. Entre los fijos, los porcentajes, AGADU… y todo lo que pasa en el medio de repente estás haciendo un espectáculo enorme y cobrás doscientos pesos. Creo que no está bien naturalizar la auto explotación. Y entiendo que es difícil manejar una sala, que es complejo, pero nosotros estamos en un proceso en el que nuestro espacio nos define, y creamos para ese espacio, escribimos para ese espacio y nos sentimos cómodos en ese sentido. Somos independientes de lo independiente.
Luego de festejar su aniversario número once, el colectivo se apronta para celebrar el primer año de Maniobra Teatro Club, ubicado en Pérez Castellano 1368. Estén atentos a las novedades.







