El discurso de Yamandú Orsi ante la Asamblea General este 1º de marzo no fue una rendición de cuentas. Tampoco fue una enumeración exhaustiva de logros. Fue otra cosa: un intento de afirmación institucional y, sobre todo, de construcción de un marco narrativo para su gobierno en un momento donde la evaluación de la opinión pública enciende algunas alarmas en el oficialismo.
Como ya hemos señalado en similar ocasión del gobierno anterior, la Constitución exige al Presidente informar al Poder Legislativo sobre el estado de la República a través de su Art. 168. Pero el formato de comparecencia es una elección del presidente de turno. En tal sentido, siguiendo la modalidad de su predecesor, Orsi apeló a la concurrencia en persona al Parlamento, lo cual, en mi opinión fortalece el sentido de República, jerarquizando las relaciones entre los Poderes. Además, este formato de comparecencia es una oportunidad desde la comunicación política para fortalecer la imagen presidencial y (re) encuadrar el marco narrativo del gobierno, con lo cual , marca distancia de la clásica cadena de radio y televisión, o del acto militante. No es un detalle menor, claramente es un aprendizaje. En política no solo importa lo que se anuncia, sino también desde qué lugar se habla, con qué tono y para ordenar qué tipo de relato.
Si en su discurso inaugural de 2025 el énfasis estuvo puesto en un tono conciliador, en el reconocimiento a los partidos, en la idea de “acumulación positiva” y en un concepto amplio de libertad, el mensaje de este 1º de marzo mostró un corrimiento. Así lo señalé en un medio radial al otro día del discurso, advirtiendo que, sin abandonar de todo ese tono, ahora presenciamos un corrimiento. Se pasó del concepto de “acumulación positiva” al de “herencia”, que se muestra bajo la forma de déficit fiscal, patrulleras oceánicas y proyecto Neptuno. Este tono puede ser interpretado como el de un mandatario que intenta darle sentido a una hoja de ruta que no está del todo clara. Una hoja de ruta que como advertimos en un análisis anterior aquí, se forja en un marco de “habilidad y fragilidad de un gobierno sin mayorías”. Ante ello, el argumento del déficit fiscal, si bien es un dato casi que estructural que se manifiesta en cada pase de gobierno, se convierte en esta oportunidad en una pieza central de una narrativa que sí o sí tiene que gestionar la alta expectativa que fue generando el actual gobierno en su anterior rol de oposición.
De algún modo, Orsi volvió sobre una idea que ya había esbozado en diciembre, en los almuerzos de ADM, cuando dijo que sus prioridades estaban pensadas “desde lo cotidiano, desde la revolución de las cosas simples”. Esa frase, que podía sonar a consigna, encontró ahora un desarrollo más concreto. El discurso ante la Asamblea fue, en buena medida, la puesta en escena de ese capítulo de “las cosas simples”: salud, listas de espera, medicamentos, salud mental, primera infancia, transferencias, cuidados… cumplimiento de las 63 prioridades. Esa es la vara que el gobierno escoge para ser evaluado.
Ahí está probablemente uno de los núcleos más reconocibles de su apuesta política: construir legitimidad desde una agenda social concreta, de proximidad, de problemas tangibles y también desde los anuncios. Pero no desde una épica refundacional, ni de “buques insignias”, sino desde una promesa de eficacia estatal en la vida cotidiana.






