Pablo Vierci, escribidor: Argentina es como Uruguay a lo bestia

No hay muchos en nuestro país que hayan sido tan prolíficos en su producción. Tiene trece libros, varios guiones, cientos de artículos periodísticos y activa participación en medios de comunicación.  Habla hasta por los codos y tiene un excelente sentido del humor. La charla fue una excelente oportunidad para conocer al hombre detrás del autor.

Por Nicolás Martínez y Alfredo García /Fotos: Rodrigo López

———————————————————————

RECUADRO

Obra de Pablo Vierci

Los tramoyistas (1979, traducido a dos idiomas) Pequeña historia de una mujer (1984)

 Detrás de los árboles (1987)

 99% asesinado (2004)

 La sociedad de la nieve (2008, traducido a nueve idiomas)

 De Marx a Obama (2010)

 Artigas – La Redota (2011)

 El desertor (2012)

 Ellas 5 (2014)

Tenía que sobrevivir (2016, en coautoría con Roberto Canessa, traducido a tres idiomas)

El fin de la inocencia (2018

La redención de Pascasio Báez (2021)

El niño que heredó el silencio (2025)

Escribió guiones para los largometrajes Aqueles dois (1985), El viñedo (1999), Matar a todos (2007) y Artigas – La Redota (2011).

 Obtuvo dos veces el segundo Premio Nacional de Literatura de Uruguay (1987 y 2004) y dos veces el Premio Libro de Oro de la Cámara Uruguaya del Libro (2009 y 2024).

Sus guiones obtuvieron el Premio Fona (1999), el Premio al Mejor Guion en el 29° Festival de Cine de La Habana (2007) y el Premio al Mejor Guion en el 14° Festival de Cine de Lérida (2008).

 En 2003 obtuvo el Citi Journalistic Excellence Award en la Universidad de Columbia de Nueva York.

————————————————————————

¿Dónde escribías vos aquellas columnas de humor?

En Jaque y Posdata, también en el El Día y en La República. El humor es todopoderoso, te permite cualquier cosa. Y la ventaja del humor es que estás todo el día pensando en cosas divertidas y estás siempre en buena onda.

¿Hiciste algún libro de humor?

Sí, tengo un libro, De Marx a Obama, que en verdad es una compilación de artículos de los últimos treinta años, de la caída del muro de Berlín hasta Obama. A mí me fascina el humor. Yo soy un humanista librepensador, afiliado a la socialdemocracia, muy del laicismo. Entonces, es bastante fácil escribir para cualquier lado. Eso mismo lo viví con el programa Debate Abierto donde estuve los cuatro años de panelista.

Me acuerdo.

Era un programa de entretenimiento donde en vez de tirar bolazos tirabas ideas. Y lo que me sorprendía era cómo se enojaba la gente con las cosas que yo decía. Tenía polémicas con Julio Toyos, con quien me llevaba bárbaro. Aparte, yo era medio de la producción, o sea, si estaban todos de acuerdo con un tema, el que tenía que estar en desacuerdo era yo.

¿Alguien tenía que llevar la contra?

Y ese rol, que para mí era claramente un ejercicio de retórica, el público no lo veía así. Salía a la calle y me gritaban. Un día un tipo me quiso pelear en la calle y ahí me asusté. “¿Qué estoy construyendo?”, pensé. Yo me mataba de risa de las discusiones.

Te estaban atribuyendo cosas que vos no eras.

Estaban peleando contra un fantasma. Pero no siempre uno es dueño de la imagen que proyecta.

Estuve cuatro años en ese programa y quedé saturado. Y bueno, también me pasaba con las columnas y había algunas que eran muy populares.

Me acuerdo de un editorial que me dedicaron en Mate Amargo, vos trabajaste ahí, que se llamaba “Cagatintas bien vestido”. Entonces yo pedí derecho de réplica, creo que el director era Fernández Huidobro, y no me lo publicó. Mandé una notita diciendo: “Acepto lo de cagatintas, pero no lo de bien vestido. Porque nunca me vestí bien. No tengo ropa”. Me quedé dolido.

Para mí, el derecho de réplica es una regla de oro.

Se equivocaron porque no fue más que una notita, nada agresiva.

¿Cuántos libros llevás con este último?

Hasta ahora son trece.

Hay de todo tipo, porque has hecho un recorrido por diferentes cosas.

Bastante diverso. Nada que ver uno con otro.

¿Cuáles son esos libros que guardás sin publicar?

Tengo una carpeta en la computadora y en el disco duro, que es mi único tesoro. Yo donde me voy, me llevo un disco duro y tengo discos duros escondidos.

Tengo una carpeta que dice: “Temas inconclusos”, y tengo de todo ahí. Tampoco puedo abundar sobre el asunto, porque capaz que salen. Tengo guiones. El guion cinematográfico es mucho más rápido de hacer, si tenés una buena idea. A los directores les gusta tener un libro atrás del guión. El libro como manantial es extraordinario para el director.

¿Son trabajos recientes?

Hay una obra de humor que es una promesa que le hice a mis hijas cuando eran chicas. Mis hijas tienen ahora 40 y 37 años, ellas me lo pidieron y nunca lo logré. Tengo de todos los géneros y son inconclusos.

En la mayor parte de los casos es porque perdés el entusiasmo. La carga emocional se me enfría.

¿Es difícil pasar un libro a un guion?

Depende del director. El autor a veces no es el mejor guionista. Para mí lo ideal es que lo trabajen otros que tienen un punto de vista que vos no te imaginás. Pero la ventaja de la novela es que vos tenés definidos un montón de personajes. Hace años escuché que algo así como el 90 por ciento de las películas que ganaron el Oscar están basadas en libros. O sea, ese es un dato interesante. Yo se los digo a los chicos que vienen a decirme que les gusta escribir. Dale para adelante. La demanda que hay de historias es infinita. Un libro es una botella que tirás al mar y no tenés la menor idea de adonde va a terminar. Ahora, me gusta mucho más hacer una novela que un guion.

¿Cuánto te llevó hacer esta última novela?

Cinco años. Lo cortaba y volvía. Cambiaba el punto de vista. Tenía claro cuál era la situación y el personaje, que lo cuenta cuarenta años después. Los acontecimientos ocurrieron en los años sesenta, porque yo domino ese periodo. Soy de esa época, lo viví. Después, el tema del abuso sexual infantil está más sobre la mesa, está en los diarios y la televisión.

¿Qué te hizo poder terminarlo ahora?

Cuando encontrás el curso, el derrotero, casi al final, hay un momento en que se te abren las puertas. Es bien emocional la experiencia de escribir, cuando estás trabado te das cuenta y no tiene como sangre.

Ahora, cuando la sangre le viene se convierte en ese viaje emocional. Vas por un territorio desconocido, pero estás confiado de que estás yendo por algo que a vos te está deslumbrando. Entonces, cuando estás en esa especie de estado de gracia seguí, porque por ahí vas. Y yo soy muy disciplinado.

¿Tenés disciplina?

Me dedico todas las mañanas, aunque me frustre.

Porque todo depende de tu estado emocional, del ánimo en ese momento. Porque ya aprendí, desde que soy muy joven, empecé a escribir a los 29 años. Y me fue muy bien con Los Tramoyistas.

¿Ese fue el que se vendía en los kioscos en Estados Unidos?

Sí, me fue muy bien y pensé que era una cosa fácil y es complicadísimo. Entonces ya sé que si yo insisto, hay un momento que se desbloquea. Y la emoción y el goce que me produce… la satisfacción es infinita.

Ahora, para lograr eso, paso por cientos de horas de frustración.

¿Compartís con alguien lo que vas escribiendo?

Mi primer lector siempre ha sido mi mujer. Es criteriosa, no es uruguaya, considera que los uruguayos somos hiperracionales. Pero a esta altura de la vida vos ya sabés cuando el libro tiene carga.

¿Vivís de la literatura?

Con el derecho de autor te puede ir bien cuando se hace una película como La sociedad de la nieve.

Pero eso a un uruguayo le pasa una vez en diez millones.

Tuvo  250 millones de espectadores. También es un tema con tremenda carga de todo tipo. Es la vida y la muerte a los 20 años, en el medio de la nada. Yo empecé a trabajar con Bayona en el 2011; o sea, hace mucho tiempo. Y en todo el proceso yo ya sabía que iba a ser una obra que iba a generar una ola. Lo dije, lo repetí y fue un tsunami, porque abarcamos a una generación que yo no imaginé que íbamos a captar, que eran los jóvenes menores de 20.

No conocían la historia.

No tenían ni idea y fueron los que más se embarcaron en la historia. Cuando fui a hacer una recorrida por España, el año pasado, con el libro, el público eran chiquilines. No había adultos prácticamente. Entonces, volviendo a la pregunta, yo tengo el sueño de que lo puedo repetir. Dirán que es una fantasía, que se dieron un montón de factores que influyen, pero no sé, porque otro libro, el que hicimos con Roberto Canessa, Tenía que sobrevivir, lo presentamos en todos lados y se tradujo hasta en mandarín.

Lo que pasa es que es una historia muy fuerte de por sí.

Es cierto, sí. Pero uno no pierde las esperanzas de que otro tema también lo logre. Porque son muy erráticas las razones por las cuales un libro de repente se convierte en un boom. Es como una aventura, y no es científico. En el libro ponés lo mejor de ti. Para mí son años. Nunca hice un libro en un año. Los trece son años y años. Y mi objetivo principal es hipnotizar, que el lector quede como prendado, que no se pueda despegar. Entonces tengo siempre la expectativa de que las historias que están en esa carpeta de temas inconclusos puedan llegar a buen puerto. Y otra cosa que me está pasando es que ya no hago historias muy locales, como el libro La redención de Pascasio Báez. Apunto a temas comprensibles de manera más universal.

Hay libros viejos que estuvieron dormidos y explotaron, como El Señor de los anillos.

Porque claramente lo que hay es una demanda de  historias. El 99 por ciento es con este tema de las plataformas. Yo tuve mucha vinculación con Netflix. En rigor, la película La sociedad de nieve empezó por los estudios de cine y ninguno agarró viaje. Entonces llegamos a Netflix, que fue una bendición. Pero si miran la cantidad de horas que la población mundial  ve series y películas en las plataformas y la calidad de lo que ven, no está acompasado.

Se ve más cine y ha cambiado el lenguaje.

Totalmente. El lenguaje cinematográfico va a una velocidad brutal. Y el lector de hoy no es el lector de cincuenta años atrás. Hoy tiene ciento cincuenta mil películas arriba. Y eso te cambia indefectiblemente como lector. Entonces, partís de la base que lo que vas a hacer es autoral y popular al mismo tiempo.

Porque además no sabría hacer algo popular puro; por ejemplo, una historia de superhéroes. Yo creo que a todos nos gusta contar historias. Algunos nos dedicamos más, tenemos más horas de entrenamiento. Tengo más tiempo, soy más veterano que una persona que nunca agarró una lapicera.

¿Siempre con la Pilot roja?

La Pilot 05 roja. No sé en qué año se creó, pero soy un gran cliente de la empresa. Debería ser sponsoreado.

¿Tenés el perfil de tu lector uruguayo?

No, no tengo la más remota noción. Tengo una anécdota que creo no conté. Por esas cosas de la vida, en el 2003, gané un premio de periodismo económico en la Universidad de Columbia. Una cosa surrealista. Había escrito un artículo de economía de la crisis del 2001, ganó y fui. Eran varias personas de diferentes partes del mundo. Un mes en la Universidad Columbia a recibir clases de periodismo económico. Todos los que estaban ahí eran economistas con doctorados, menos yo.

¿Vos terminaste facultad?

No terminé porque vino el golpe de Estado. Estudié Derecho tres años, como todos los uruguayos de la época. Y después me fui a Humanidades en Psicología y Filosofía.

Seguí con la anécdota esa.

En la primera reunión que tenemos, me doy cuenta que el único absolutamente ignorante era yo. Aparte, hablando en inglés, que no soy demasiado bueno. Y entonces se me ocurrió una idea. Al lado de Columbia había un edificio gigantesco, de la editorial que me había publicado Los Tramoyistas. A la segunda reunión, después de ese bochorno, fui allí y dije quién era y que me gustaría llevarme unos cuantos ejemplares de mi libro. Entonces le entregué a cada uno un libro, y los tipos se dieron cuenta que yo no era un ignorante, era un raro. Que es un poco mi estigma. Soy siempre el raro.

¿Qué autores te marcaron?

Yo soy del boom latinoamericano y de todos ellos.

Cuando era joven y fanático, particularmente, me gustaba Cortázar y fue de los que más me decepcionó con el tiempo.

¿Entendiste Rayuela?

En aquel momento me pareció magistral. Pero quien quedó más como mentor fue Vargas Llosa. Su novela La Fiesta del Chivo es la que más logró eso de la hipnosis. La leía caminando porque no podía parar.

Coincido con Vargas Llosa pero lo máximo es Conversación en La Catedral.

Una joya, es la segunda. La escribió cuando tenía 35 años. Es impresionante. ¡Qué autor versátil! Nos ayudó a todos, porque puso el español en el mundo. Y bueno, es otra de las peleas que tenemos que dar: hacer obras en español, que es nuestra lengua, que es la más rica de todas y está en el ostracismo. Parece que fuera de segunda categoría. Inexplicable. La hegemonía angloparlante en estos temas es escandalosa.

¿Te acordás lo de Drexler en el Oscar?

Totalmente.

El boom latinoamericano se convirtió en el boom de las mujeres escritoras, ¿y ahora dónde está?

Yo estoy como en el síndrome de abstinencia. Cuando era joven leía todo. El Ulises me pareció fascinante, hoy no sé si me gusta. O En busca del tiempo perdido, todo, pero el último particularmente.

Pero yo no sé si hoy diría lo mismo. O era que estabas en una ola en la cual…

No teníamos televisión tampoco.

También, tenés toda la razón. Y, porque era real o porque era una ola avasallante, te fascinaba. Y ahora hay un síndrome de abstinencia. Hace tiempo que no encuentro en un libro la sensación hipnótica. Hace tiempo que no lo siento.

Me gusta mucho la novela policial, los nórdicos, por ejemplo.

Son muy buenos. Los americanos ya no, son livianitos. Incluso ahora leés de vuelta a Truman Capote y no entendés qué pasó. ¿Por qué tanto furor?

¿El gusto cambia con el tiempo?

Es buena pregunta. Porque yo siempre digo que la primera novela que me gusto fue el Quijote que la leíamos obligados en el liceo. A mí me fascinó el prólogo y me lo sabía medio de memoria, era sumamente graciosa esa sátira. Pero es tan distinta la realidad de hace quinientos años… Creo que así como el cine de hace veinte años resulta hoy antiguo, cambió el ritmo. También ocurre en  la literatura. Claro que hay obras que no. Hoy, de casualidad, estaba leyendo sobre El viejo y el mar, de Hemingway, y cómo que es una obra que está vigente en cualquier momento que la leas. Y hay otras que ya te es difícil leerlas.

La cultura audiovisual ha copado totalmente.

Es omnipresente.

Y sin embargo, el libro sigue peleando.

Sin duda que sigue peleando. Eso de que el cine iba a morir con la televisión… y no muere en lo más mínimo. Y volvemos a lo de hoy. Toda esa nueva producción audiovisual requiere de historias. La mejor manera de contar una historia es la parsimonia del libro. El guión no tiene ni estética. Y hay directores que, si hacés un comentario bien escrito, dicen de quitar toda la belleza, porque quieren la acción cruda y los diálogos. Es aséptico, totalmente aséptico. Pero todos sabemos que todas esas plataformas requieren historias.

Todas las historias son libros. Game of Thrones, por ejemplo, fue furor.

Y las generaciones que leen poco esas historias las leyeron y son libros gigantescos.

Y ves un tipo como Harari, que también se vuelve best seller.

No logró atraerme. Como me pasó con Dan Brown.

¿Vos entendiste a Dan Brown? El Código Da Vinci yo no sé de qué me está hablando. Me pasa como con la tecnología. De hecho, yo nunca supe, literalmente, sacar plata de un cajero. Nunca aprendí. O sea, me frustré tantas veces que me chupaba. Y ahora pasó porque ahora no hay más cajeros.

Hay sí. ¿Aprendiste a usar la tarjeta?

Uso dinero. Me lo saca mi mujer. Pero me pasa con algunos libros. Paulo Coelho, agarré y dije: “Vamos a ver cómo es un libro de mucho público, muy popular”.

Y no sé qué pasó, se ve que me bloqueo. Parece como que tenemos circuitos neuronales completamente diferentes. Porque no sé de qué está hablando. No logro entender cuál es el tema. ¿De qué estamos hablando? Entonces, lo que creo, con la visión optimista que tengo, es que, si te ceñís a lo autoral buscando lo popular, que no sea un gueto intelectualoso, tenés resultado. No es un tema de estrategia, es que así me gusta a mí como lector y como espectador de cine.

¿Para quién escribís? Es medio banal eso de que “escribo para mí mismo”.

Yo pienso lo mismo, pero creo que el primer lector sos tú. Es como con el humor, el termómetro es: si yo me río a carcajadas de una idea, vengo bien. Pero lo hacés porque creés que esto vale la pena compartirlo.

Apuntalo a todos los que quieren escribir porque desarrollar la creatividad te hace sentir más pleno y

más generoso. Esa frase de Domingo Arena: “La bondad es inteligencia pura”, yo la creo.

¿Cómo ves el futuro del libro y la creatividad frente a la inteligencia artificial?

A mí, en forma surrealista, me invitaron el año pasado de la OMPI, Organización Mundial de Propiedad Intelectual, por la película, a dar una charla sobre inteligencia artificial y creatividad. Entonces, lo primero que les dije es que yo no uso la inteligencia artificial. “Justamente, contanos. Porque todos los otros que van a estar en el panel la usan”. Yo no iba a hablar mal, como tampoco hubiera hablado mal de Gutenberg  en su momento. No la utilizo, pero me parece que es una herramienta fabulosa. La pandemia aceleró tanto los procesos que el teletrabajo se concretó en una semana, algo que hubiera llevado normalmente cuarenta años. El ser humano, abrumado en la incertidumbre más absoluta, en una semana, logró imponer en el planeta el teletrabajo.

¿Es la capacidad de resiliencia del ser humano que se adapta a cualquier circunstancia?

Yo tengo una visión muy optimista del ser humano. La tragedia de los Andes siempre me resultó un muy buen ejemplo de lo que es el ser humano cuando se le imponen las peores circunstancias. En la pandemia sucedió así. Al ser humano en situaciones límites le surge la compasión, la misericordia, la entrega y todo lo lindo que valoramos cuando no tenés nada. Y esa es un poco la percepción que tengo de la vida y de los seres humanos desde que tenía 22 años. Yo tengo una visión optimista de Uruguay. Esa frase de Einstein: “Un país feliz donde no existe la megalomanía”. Donde todos somos más o menos iguales. País de ingresos medios.

Ahora no tanto.

Pero fuimos eso desde principios del siglo XX. Entonces cuando yo tenía que venderles a los europeos la idea de que Uruguay es distinto, iba al Artigas del año 13. El republicanismo nuestro, que no lo tiene el resto de América es de mucho antes del 25  y el 30, es de las Instrucciones del Año XIII. Y Varela con la escuela pública, laica y obligatoria. Eso no te lo creen en Europa. Tampoco te creen que somos los fundadores de la socialdemocracia en el mundo. Y que teníamos un Consejo de Gobierno, que no había presidente de la República para evitar tentaciones autoritarias, no te lo creen.

Eso fue un reparto del gobierno.

Fue un desastre. Estoy totalmente de acuerdo. La idea del gobierno colectivo es una utopía. Lo viví. Me acuerdo que Nardone, cuando presidía, hablaba y parecía que era de oposición. Pero como idea, como utopía, creo que es interesantísimo. Uruguay es un buen laboratorio para crear historias y para ideas. El Ceibal es un ejemplo. Era una sociedad muy homogénea.  Yo siempre repito: en 1930, el 70 por ciento de los uruguayos era dueño de su casa. O sea, es una sociedad de clase media. Las diferencias en Brasil, Perú o cualquier país de América, son brutales. Y me parece que Uruguay es un pequeño país modelo. Abierto a todas las ideas, sociedad abierta y cosmopolita.

¿Sigue siendo así Uruguay, comparado consigo mismo?

Me parece que sí. Éramos mucho más igualitarios cuando se desarrolló esa socialdemocracia que ahora. Pero no puedo dejar de comparar con el resto del mundo. O compararlo con el debate en Argentina. No podés creer que esté en guerra constantemente consigo misma. Argentina es como un espejo que distorsiona. Y a la vez somos los más parecidos entre nosotros. Hay una frase que dice: “Miami es como Punta del Este a lo bestia”. Bueno, Argentina es como Uruguay a lo bestia. Argentina, en cierto modo, nos sirve para moderarnos en el buen sentido.

A ellos les tocó el peronismo y a nosotros el batllismo, las diferencias son sustanciales.

Exactamente, entre otras cosas, el batllismo lo hizo todo en democracia y libertad, y el peronismo es un coronel que terminó en la España de Franco.

¿Por qué era raro que escribieras en el Colegio Stella Maris?

Era completamente raro. Es un colegio de hermanos irlandeses que eran misioneros de la Irlanda pobre. ¿Quién era el adversario para ellos? Los ingleses. O sea, ¿a quién tenemos que ganarle al rugby? A los del British. Era muy rudo el colegio, solo de varones, donde lo que se valoraba era la lealtad y la integridad, mucho más que lo académico. Y escribir en ese ambiente era la cosa más rara. Éramos dos que escribíamos, Tomás Linn y yo. Mis compañeros me admitían escribir porque jugaba rudo en el rugby. Pero no se estilaba en esa época en un colegio solo de varones el escribir.

¡Qué bravo eso de ir a un colegio solo de varones!

Hoy lo miro y me parece un delirio. Absolutamente un anacronismo. Era una locura. Me acuerdo de la sorpresa cuando fui al IAVA, porque no había preparatorios en el Stella Maris, al encontrarme con las chiquilinas, porque era mixto.

¿Qué son esos seres? (Risas)

Por supuesto, una experiencia extraordinaria. ¡Qué me perdí! Mis hijas fueron a la escuela Noruega, acá en el barrio, en primaria, y en secundaria fueron al Seminario. Después hicieron facultad las dos.

¿Qué hicieron?

La chica hizo Biología con un posgrado de Neurociencia y la grande es economista y tiene un par de posgrados. Cuando le cuento del curso en Columbia no puede creerlo. No sabe si soy un chanta o un aventurero. Solo un uruguayo es capaz de hablarle de tú a un presidente o un rey. De igual a igual en todo, y le discute. Recuerdo el cuento de un ministro al que el auto no le funcionó y fue con un taxímetro a buscar a un ministro de otro país. Y de vuelta hablaban los tres, los dos ministros y el chofer. Cuando el tachero los deja el ministro visitante pregunta: “¿El señor no baja?”. “No, yo sigo”, le dijo el taxista.

Eso solo acá ocurre.

Y yo eso lo vivía, porque cuando estábamos tratando de conseguir productores para La sociedad de la nieve hasta que llegó Netflix me llevaban a mí. Pero no porque yo tenga algún don especial. Pero es que yo los trataba de igual a igual.

Como que no están acostumbrados a eso.

 No están acostumbrados. Les hablaba de cualquier disparate, como si fuéramos amigos de toda la vida.

Eso es típicamente uruguayo, y creo que es una de esas condiciones que tenemos para poder movernos en el mundo de la cultura.

¿Cómo ves la cultura en este momento en Uruguay?

No la acompaño demasiado, por lo que no quiero juzgar.

¿Sos un ermitaño que pasa su tiempo escribiendo?

Sí, soy bastante ermitaño. Entonces no la puedo juzgar, porque no tengo elementos. Es como que he estado muchos años con la mirada afuera. Pero no es de soberbio. Acá somos tres millones y afuera es gigantesco. Me contacto con extranjeros hablando de estos temas y siento que hablamos la misma lengua. Cuanto más idónea es la persona, mejor te sentís, el diálogo fluye mejor. Los peores son los fanáticos o los ombliguistas.

¿Has visto el cine uruguayo?

Lo último que vi fue un documental el año pasado sobre Torres García. O sea, tampoco acompaño las películas que están sacándose ahora.

Uruguay se ha vuelto un lugar de mucha producción extranjera.

Es un país cosmopolita, es perfecto. Estos productores con los que trabajamos han dicho que somos idóneos y técnicamente muy buenos.

¿Cuál era el libro que escribiste con seudónimo?

¿Cómo se llamaba? No lo tengo registrado. Acá está.

¿Qué nombre le puse? Mercaderes sin Ley.

El seudónimo es Fernando Solar.

Yo soy Pablo Fernando. Es un policial horrible. En una época dije: “Voy a hacer una colección de policiales o de humor, pero con seudónimo”. Y me di cuenta que no era buen negocio, porque me llevó más de un mes y la paga era por un mes. Si hubiera sido una paga razonable, hubiera seguido. Era una veta, después hacía lo que me interesaba a mí. Esto es más bien un divertimento. Hice solo uno.

¿Y ese lo computás entre los trece? (Risas)

No, no. Cuando me entusiasmé con esa idea empecé a leer todo eso y también Agatha Christie, que es más sofisticada. Pero empecé a leer todas esas colecciones policiales, que había un montón y sacaban, no sé, dos millones de ejemplares. Podría ser una eventual fuente de ingresos interesante.

¿En qué te marcó Brasil?

Me parece que Brasil te quita un poco el corsé. Uruguay tiene una cosita más encorsetada en todo sentido.

¿Dónde vivías?

En San Pablo, aunque mi mujer es de Río. Brasil me dio una apertura mental en lo político, vamos a decir. Me acuerdo que yo me enamoraba en aquella época de Leonel Brizola, que arrancó con João Goulart. Yo lo iba a ver y estaba bastante fascinado con la personalidad de él. Me acuerdo la frase que decía: “No podemos tirar la clase media al mar”. O sea, era un socialdemócrata. Creo que Brasil es muy descontraído. Te quita el corsé que Uruguay te lo vuelve a colocar. Nuestro país también tiene una cosa muy…

¿Aldeana?

Eso, aldeana. Donde, por ejemplo, eso que hablaba del humor hoy, te censuran por decir algo muy desfachatado. Y donde “las patrullas ideológicas”, como decían los brasileños, te castigan, te penalizan, si te salís de lo políticamente correcto. Eso me parece nefasto. Por encima de todo, uno es un librepensador. Siempre por encima de todo es respetar todas las ideas. Por supuesto que no respeto el racismo, pero todas las ideas pueden expresarse. En Uruguay se tiende todavía a tener esa cosa de lo bueno y lo malo. Esa dicotomía.

Todo muy en blanco y negro.

Muy en blanco y negro, la mayoría de las veces como muy antiguo, que te perjudica para todo lo que es creativo. Me aburre, me parece que banaliza el debate. Somos seres hipercomplejos. Yo soy una suma de complejidades.

¿No se ha vuelto una tendencia mundial lo políticamente correcto?

Me parece un horror. Y particularmente yo admiro el coraje para romper lo políticamente correcto. Me gustan los tipos que tienen el coraje suficiente para estar constantemente en una lucha que es una militancia.

¿Vos no sos de esos?

No, porque me llevaría muchísimo tiempo, mucha energía, pero lo que menos me gusta ser es políticamente correcto. Pertenecer a ese gueto de autores, ¡no, por favor! Los casilleros me parece que juegan en contra de la creatividad, sin ningún género de duda. Prefiero ser una persona que está a la intemperie desde siempre. Toda mi vida.

¿Qué hiciste en Brasil?

Era muy hippie.

¿Apenas vino la dictadura te rajaste?

Iba y venía, y después de una época me quedé fijo allá.

¿A tu mujer la conociste allá?

La conozco desde antes, porque tenemos unos parientes. Nos conocemos desde que tiene 15 años, pero el vínculo viene después. Mi padre es paraguayo y toda mi familia paterna es paraguaya.

¿Vierci es italiano?

De Génova. Ahí están mis antepasados. Tengo tres hermanos y todos viven acá. Ninguno se dedica a nada parecido.

Son los que trabajan.

Son tipos normales. Ahora, mi vida es una constante aventura. Está llena de incertidumbre. Es increíble que a esta altura de la vida yo no tengo muy claro lo que voy a hacer dentro de dos años. Sé que mientras tenga energía voy a seguir el mismo camino. No conozco otro, no se me ocurriría otro. Lo que tengo son proyectos y no me acuerdo cómo es Pablo sin un proyecto de este tipo. Tendría que nacer de vuelta.

¿Cómo te informás?

Antes leía toda la prensa, como todos los uruguayos. Y ahora leo a todos los medios de prensa del mundo en Twitter. Los que son de acceso gratuito. Entonces estoy informado como creo que nunca lo estuve. Sigo a todos los presidentes. Seguí a Obama, a todos. Sigo a este energúmeno de Estados Unidos. Me parece que es interesante saber lo que se está viviendo, al menos para saber dónde estamos. Es fascinante poder seguir lo que escribe Putin, creo que no escribe, pero lo que dice. Me parece que estamos en un momento, además, rarísimo, muy raro.

Hay cosas que no te las esperabas.

No. Vuelvo un poquito para atrás. Lo más disruptivo que viví en toda mi existencia, desde los años cincuenta, fue la pandemia. Recuerdo siempre que mis padres vivieron la guerra desde Uruguay. Me acuerdo lo que ellos me relataban. Particularmente mi madre me relataba el miedo de que Hitler atravesara el Atlántico. Era una cosa que me repetía siempre. Ella había estado además en Europa y un poco lo vio nacer.

El fenómeno del nazismo.

Lo trajo y hasta que murió siempre traía ese recuerdo. La marcó profundamente. Nuestra guerra, para mí, fue la pandemia. Esa cosa de no ver la luz al final del túnel.

La incertidumbre, el miedo.

La incertidumbre. Y cuando no sos solo vos, porque cuando yo era joven y recorría la Amazonia, si me moría, era yo. Pero acá había hijos y nietos. Toda una urdimbre gigantesca en vilo de repente por algo que no tiene una solución aparente. Para mí es un antes y un después. Me sorprende cómo los seres humanos tienen la resiliencia, de la que casi no se habla. A mí me sorprende que se hable poco. Cuando ocurrió la pandemia ya estábamos trabajando en la película de La sociedad de la nieve”. Yo le decía a Bayona que había que agregar este tema. Porque este ejemplo de incertidumbre es muy parecido a caerte en Marte. Yo nunca viví una experiencia tan disruptiva como la pandemia.

Sin embargo, parece que ya hubiese pasado un siglo.

Es increíble. Yo estoy viendo ahora una serie de unos meses atrás, se las recomiendo, que se llama The Pitt. Es en un sanatorio de urgencias y está como telón de fondo la pandemia, o sea, el fantasma de la pandemia. Están viéndolo, como lo vi yo, al fantasma de la pandemia. Todas las personas que conozco que murieron. Las personas que estuvieron al borde de la muerte. El temor por mi hija, que estaba embarazada en esa época.

El aislamiento.

Uruguay lo manejó bastante bien, pero fue tremendo. Es una imagen traumática. Pero, como lo vivimos todos, es un trauma compartido. Y a mí me sorprende eso: que hablo con productores que no quieren hablar del tema todavía. Yo tengo un proyecto que está vinculado a la pandemia. Porque nos tocó todas las fibras del cuerpo y de la psiquis.

Sos muy autorreferencial en todas tus obras. Todas han tenido vivencias propias.

Sí, pero algunas no. Por ejemplo, Ellas 5, que son las mujeres de los presidentes.

Me dio mucha envidia, porque lograste hacer hablar a María Auxiliadora y a Martha Canessa.

Con María Auxiliadora fue muy difícil. Logré mucha empatía desde el primer día que la conocí. Eso es confianza pura. Autorreferencial no sé, pero me parece que las obras que tienen carga, como decía hoy, son esas con pulsiones. La pulsión, como dicen los  psicoanalistas, es esa fuerza interior que te dice que hay algo que no terminás de entender y que necesitás imperiosamente darle un cierre. Como me pasa con El niño que heredó el silencio.

¿Y lo de Berrios?

Pero nosotros vivimos toda esa pesadilla. Estoy leyendo un libro sobre eso, escrito por un policía chileno, y su vida, sobre la DINA. Es apasionante, en la locura, en lo macabro. Todo el tema del gas sarín. El tema de eliminar al opuesto, que es tremendo y aparte lo matan en democracia, ¿verdad? Pero viene todo de Chile, o sea, viene de la DINA, de Contreras, de Pinochet, del Plan Cóndor. El autor es un expolicía, Nelson Jofré. Estoy en esa lectura.

¿Y lo autorreferencial?

Porque son esas cosas que tuviste guardadas por ahí y funciona como una catarsis. Hay un autor norteamericano, James Pennebaker, que habla de la escritura terapéutica. La escritura a mí me funciona como una psicoterapia y creo que al lector también, en cierto modo se la traspaso. Yo estaba leyendo hace poco el libro, de un músico inglés, que se llama Instrumental. Es un chico inglés que vive en España. El libro es del 2015, es nuevo. Él fue abusado en la infancia y a él lo sana la música.

¿Cómo te fue con la película La Redota?

No nos fue tan bien. Ahí hice el guion, junto con César Charlone. También había trabajado en Matar a todos. Hay éxitos y fracasos, no nos fue tan bien. El viñedo, en su momento, no fue mal pero tampoco fue bien.

Esa dio más que hablar.

Sí, porque fue de las primeras y la distribuyó Disney. Pero es todo un aprendizaje. Yo creo que realmente aprendí lo que se puede aprender en el proceso larguísimo de La sociedad de la nieve. Aprendí estando pegado a un tipo como Bayona. Y un día, como chiste, en Londres, me dice: “Pablo, ¿cuántos guiones tuyos tiré a la basura?”. Yo dije: “No sé, como cinco”, pero para mí es un orgullo, porque yo sé que esto es una suma de versiones y de atmósferas. O sea, nada de eso está perdido. Aprendí la obsesión. Aprendí que se te esté por caer el proyecto todos los días por las circunstancias más inverosímiles.

¿Como cuáles?

Como por ejemplo que la calima, en la Sierra Nevada, pinte toda la nieve de naranja y no servía. Cosas que no podés creer. Se te cae un proyecto en el cual estás trabajando dieciséis años. Entonces eso también te ayuda en la resiliencia. Es como un curso intensivo.

Hacer una película es un proceso muy largo.

Pasa como con los libros. Vos en la librería o en la plataforma de streaming competís con el que está al lado. Tú puedes ver la película uruguaya, la turca o la inglesa con el mismo clic. Es como una librería, estás al lado del principal autor francés del momento.

¿La experiencia del Oscar la sentís como una validación personal de tu trabajo o como una anécdota más de tu trayectoria?

No, en verdad lo del Oscar como validación personal jamás lo viví. Pero esto no es falsa humildad. Yo, desde que empezó a crearse La Sociedad de la nieve, estaba tan convencido porque no es una película, es una experiencia emocional. Siempre dije lo mismo. En la categoría de experiencia emocional no había competidores. Yo nunca dudé que España iba a elegir a esta película para presentarla para el Oscar. Nunca dudé de que íbamos a estar nominados en los premios porque corríamos solos. Por eso la sorpresa de que no ganáramos ninguno de estos tres.

Ganamos doce Goyas y después Toronto, pero la hegemonía angloparlante es la que vale y la que te catapulta. Y las visualizaciones en la plataforma. Tenemos 250 millones. Capaz que tendríamos 350 millones si ganábamos alguno de esos premios. No ganamos ninguno de los tres, pese a lo que luchamos.

¿Te sorprendió?

Te diría que la mayor sorpresa fue realmente descubrir que en el mundo audiovisual el español está menospreciado. Está en segundo lugar. Y la lucha por lograr que esté en la misma categoría es una lucha sin cuartel que hay que darla. Es difícil superar la hegemonía angloparlante en lo audiovisual.

Eso es dificilísimo porque vos te dabas cuenta cuando salías de ahí que el 90 por ciento vivían ahí.

Tomaban un taxi, porque son del barrio. Estaban cuidando el barrio. Bayona es muy amigo de Spielberg, le hizo Jurassic World. Es amigo personal y unos días antes le dijo: “La mejor película del Holocausto es la que compite con ustedes”.

¡Qué bravo!

Bayona hizo una prueba unos días antes de la ceremonia y llamó a varios amigos que votaban. Él conoce a mucha gente del ambiente. Llamó a Naomi Watts, a Sigourney Weaver, llamó a un montón de amigos de él para ver si habían visto la película. Votaban al día siguiente por la mejor película. La única que la había visto fue porque sabía que Bayona la iba a llamar. Me llama por teléfono y me dice: “Pablo, perdimos”. Claro, si tus amigos no te ven, estamos perdidos.

¿Termina siendo una carga el éxito de La sociedad de la nieve para vos hacia adelante?

No, en verdad no. Cambio de tema. Los otros temas que estoy trabajando son: uno con un cineasta que no tiene nada que ver y otro proyecto que tengo en mi archivo.

Agregar un comentario

Deja una respuesta