El problema principal del túnel es que, siendo un esfuerzo enorme de toda la sociedad, a la que se le pide que espere X años para tenerlo listo, y de mientras, ¡aguante con los dientes apretados los gastos, las molestias, la quiebra de la economía del Centro, tan frágil ya! Es muy obvio que el Centro y la Ciudad Vieja han pasado por una depresión creciente que se remonta cerca de 80 años, arrancando con la ley de Propiedad Horizontal que primero provocó una emigración desde la Ciudad Vieja hacia el centro y Pocitos, y que después fue recibiendo golpe tras golpe hasta la situación actual. Las galerías, tan exitosas en los 60 y 70, jaquearon al comercio más chic de las tiendas del “boulevard” Sarandí, e incluso de la propia “18”, hoy son espacios abandonados, apenas sobrevivientes. Se apagaron con el surgimiento de los “shoppings” en los 80 y 90, y siguen recibiendo golpes. A pesar de los esfuerzos de los gobiernos post-dictadura (donde hay que anotar goles a favor y en contra), algunos errores de cálculo parecen irrecuperables. Las restricciones al tránsito en la CV, con un sistema de “cepos” del que nos arrepentimos rápidamente, un ordenamiento de los recorridos de ómnibus que reventó el poco comercio minorista, y que no se pudo compensar con la buena decisión de peatonalizar Sarandí y demás. Parece haber primado un “solucionismo” (neologismo para llamarle de alguna manera a esa costumbre que tenemos de aplicar soluciones que vimos por ahí sin saber qué efectos colaterales puedan provocar) que se repite hoy: la carreta delante de los bueyes.
Además, la historia nos engaña. Le llamamos “Centro” a un barrio donde antes había un centro. Pero ese Centro ya no es más “el centro de Montevideo”. A 300 años de la fundación, conviene recordar que fuimos una fortaleza, un puesto de vigilancia y control en la península militarmente más conveniente. Con un puerto que supo crecer y adaptarse a fines productivos, con un sistema ferroviario que alimenta(ba) al puerto, hasta que la ciudad desbordó y el Centro dejó de ser el centro de la ciudad. Mauricio Cravotto y su equipo de urbanistas lo vieron claro en 1930, cuando propusieron poner el fiel de la balanza en Tres Cruces. Van a hacer 100 años de eso en breve. Era, entonces, solo una cuestión geométrica. Pero cada vez que pensamos Montevideo, la avenida 18 de julio se ofrece casi automáticamente para cualquier cosa. Es decir, no parece importar dónde vive la mayoría de la gente y dónde trabaja la mayoría de la gente. Con el piloto automático, metemos la zarpa en 18.
Y en la Ciudad Vieja, que recibe los peores golpes. Porque permítanme llamarles la atención: después de llevar los famosos BRTs de 25 metros de largo hasta la Plaza Independencia, el proyecto los largan como diciendo “que se encargue otro”. No es justo.
Pero es menos justo dejar a la gente que se aprieta en los ómnibus que van de Manga a Punta Carretas, o del Cerro a Pocitos, abandonadas a su suerte. Como si fuese suficiente que estas líneas sean las que no dan pérdidas a las compañías. Es decir, no parece importar si el servicio es bueno o es malo, si es rápido o lento, si es cómodo o una tortura: si dan los números, debe estar bien. No los toquen, la gente no importa; ¿gobierna la izquierda? No me parece.
Sigo con otras cosas: los shoppings. Habrá gente que diga que esto no tiene nada que ver con el túnel de 18. La cosa es que los shoppings (las grandes superficies en general, pero estos en grado superlativo) generan roturas en el sistema urbano donde se instalan. Son como bombas en cámara lenta: generan desorden del tráfico, distorsionan los valores del suelo, destruyen los entornos inmediatos por la generación de falsas expectativas alimentadas por la propaganda inmobiliaria y, en general, destruyen el espacio público para contrastar con el espacio de sus maravillosos interiores. Las ciudades con experiencia controlan muy bien su instalación en las áreas urbanas; apenas las autorizan en las periferias o en los bordes de las autopistas. Nuestro ejemplo más reciente es el del entorno del cruce de Luis Alberto de Herrera con el codo de bulevar Artigas, conocido por “los cuernos”. Con el tramo de bulevar Artigas remozado, y Luis Alberto de Herrera en su mejor estado histórico, el nudo se ha convertido en un grumo de tráfico, donde todo se tranca y se enlentece, donde se entra sin saber cómo se va a salir. Colas de taxis, colas para entrar al parking, o al otro parking… Estaría bueno hacer un túnel para pasar de largo de ese entrevero, pero no es la idea “pasar de largo”, no sé si se entiende…
La pregunta es: ¿cómo ayuda el túnel de 18 a resolver los líos de tráfico en la Comercial o en el Buceo? ¿cómo ayuda a que los que viajan apretujados estén más cómodos?
Y, sobre todo, ¿cómo se supone que ayuda a recuperar el Centro y la Ciudad Vieja?
No hace falta que respondan.







