Partidos y polarización ¿adversarios o enemigos? por Alejandro Guedes

Hace unos meses me invitaron a escribir en la plataforma digital Diálogo Político de la fundación Konrad Adenauer sobre la polarización afectiva. Es un concepto distinto al que estamos más acostumbrados de polarización ideológica (el ser de izquierda, centro, o derecha). La polarización afectiva se ha vuelto popular en la medida que diversos estudios que analizan la opinión pública en democracias occidentales han identificado un incremento de los sentimientos negativos entre seguidores de distintos partidos o líderes políticos[1]. En tiempos de hiperconectividad las diferencias dejan de ser solo “pensar distinto” y pasa a ser una hostilidad visceral, de desprecio y deslegitimación.

Lo que sabemos sobre partidos y polarización en la región viene, sobre todo, de sondeos como Latinobarómetro y el Barómetro de las Américas (LAPOP). Presentan los informes más conocidos por monitorear a nivel de la opinión pública tanto temas de ideología, como democracia y apoyo a partidos políticos. En Uruguay la identificación con los partidos es más fuerte y estable que en buena parte de América Latina, y existe una correlación alta entre auto identificación ideológica y voto. Dependiendo del estudio, aproximadamente 6 de cada 10 uruguayos se declaran cercanos a algún partido -muy por encima del promedio regional que se ubica en 30%-[2]. Además, en nuestro país una mayor proporción de encuestados logra ubicarse en la escala izquierda-centro-derecha. Ello da cuenta del anclaje identitario de los uruguayos con los partidos políticos y de la relevancia social de las etiquetas ideológicas como organizadores de preferencias. En ese marco, los partidos siguen siendo buenos orientadores del debate público.

Sin embargo, Uruguay tampoco escapa a tendencias regionales. Con cierto retraso, en los últimos años el tracking de las encuestas muestra que de a poco nos vamos acoplando al comportamiento regional. La cercanía partidaria, aunque todavía elevada, disminuyó respecto a niveles anteriores. En 2015, por ejemplo, alcanzaba al 80% de los encuestados. Y en cuanto a la auto identificación ideológica de los votantes, muestra un leve desplazamiento hacia las puntas; el electorado sigue siendo mayoritariamente de centro, pero hay más votantes que se sitúan en los extremos.  

El estudio de El Observador y UMAD

Una encuesta reciente del Diario El Observador en colaboración con académicos de la Unidad de Métodos y Análisis de Datos de la Facultad de Ciencias Sociales (UMAD), permitió tomar el pulso a la ciudadanía de nuestro país sobre una dimensión más amplia de la polarización política. En tal sentido los investigadores confirman lo que vemos: una polarización marcada, pero no extrema y estrechamente correlacionada con la preferencia partidaria. Este es un factor saludable porque nos indica que hay diferenciación programática entre los partidos. En otras palabras, hay perfiles y propuestas consolidas que los votantes perciben.

Un punto muy interesante de la encuesta es que nos muestra cuáles son los temas que generan una mayor polarización entre el Frente Amplio y la Coalición Republicana . Hay temas en los que la diferencia es bien clara, como es el caso de la seguridad pública, donde los votantes de la CR son mucho más proclives a dar mayor libertad para actuar a la policía, siendo esa respuesta minoritaria en el caso de los votantes del FA. Pero llama particularmente la atención el posicionamiento respecto al pasado reciente y la búsqueda de desaparecidos, tema que también divide las aguas de forma muy notoria. Con una sensibilidad mucho mayor entre los votantes del FA respecto a los votantes de la CR. El otro tema que divide ambos bloques de forma muy marcada es el feminismo que cosecha un apoyo mucho más amplio en la encuesta entre los votantes del FA respecto a la CR. Otra de las consultas de la encuesta que presenta un resultado polarizado es si la Universidad de la República tiene un sesgo de izquierda. Una mayoría de quienes se sienten identificados con la CR están de acuerdo con esa afirmación, siendo bastante minoritaria esa posición entre votantes del FA.

La polarización afectiva

No obstante, resulta muy interesante que la polarización es mucho menos marcada en temas más emocionales. Por ejemplo ante preguntas de la encuesta sobre si le disgustaría al encuestado que su hijo/a fuese de otro partido, o sobre un hipotético casamiento con una persona que vota a otro partido que no es el suyo. Ante esas preguntas que apuntan más de lleno a la polarización afectiva (no tanto a la programática) la diferenciación no es tan marcada.  Esa es una buena señal si se mira por ejemplo el panorama de la polarización afectiva en países como Estados Unidos, Brasil o Argentina donde hay una animosidad creciente y una violencia política que se traduce en mayor personalización de la política y un antagonismo visceral que retroalimenta identidades sociales del tipo “ellos vs nosotros”.

En suma, permitiéndome utilizar un par de conceptos rimbombantes, Uruguay conserva recursos institucionales y de cultura política que hacen menos probable un escenario de polarización afectiva como los que se viven en otros países. Sin embargo, la tentación de economizar en la comunicación política e ir por estos atajos emocionales, puede hacer que la polarización deje de ser una herramienta de clarificación ideológica para convertirse en un freno a la convivencia democrática.


[1] Uno de los estudios pioneros aplicado al caso de los Estados Unidos es un trabajo titulado Afecto, no ideología de Iyengar, Sood y Lelkes (2012).

[2] Latinobarómetro 2024.

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