Los seres humanos hemos creado mitos a lo largo de nuestra historia —hechos de carácter social—, que surgen de la propia actividad humana, como fenómenos que se expresan con imágenes reconocibles, seres de carne y hueso que hablan con palabras convincentes; símbolos de lo que quisiéramos ser, o símbolos que nos advierten de los peligros que amenazan la frágil vida humana. El héroe, al ofrecer su vida por una verdad, se transforma en un santo laico. Nadie ofrecería lo más sagrado —su propia vida— de no tener la certeza de una verdad absoluta. Pero la verdad absoluta no existe, la duda sí. Al juego entre esas dos categorías se le llama pensar, observar y volver a pensar.
“Que viene el lobo”, advertía Pedro, el campesino ruso que dio nacimiento a una de las leyendas populares que ha calado más hondo en la mente humana. Una advertencia que acompañó durante varias generaciones la llegada del sueño de millones y millones de niños que escucharon de boca de sus padres esa advertencia para disfrazar anécdotas de carácter didáctico. Así como los niños campesinos de zonas árticas debían cuidar de sus majadas, sus corderos, sus cabritos del asedio de los lobos, la leyenda siguió estando presente en los cerebros adultos. El asedio es otro, más complejo, más elaborado, pero el reflejo ante él es el mismo.
La cocaína llegaba a los Estados Unidos por el sur, por distintas vías, incluyendo submarinos adaptados al tráfico marítimo y una red de corrupción. No hubiese hecho falta que Trump justificase una operación de tal envergadura para llevarse al no presidente de Venezuela esgrimiendo otras razones que las de ejercer ilegítimamente un cargo que le correspondía a Edmundo González Urrutia. Desde el primer momento, tras las elecciones del 28 de julio de 2024 usurpaba la titularidad de la presidencia. ¿Trump no contaba con los recursos legales y los apoyos suficientes como para cerrarle todas las puertas al régimen militar de Venezuela? Maduro ya no está en la presidencia, y eso, seguramente, los venezolanos se lo agradecen, pero le ha quitado toda legitimidad a su decisión, y ha sido un acto fallido de justicia. Desde la hora cero debió contar con la legalidad internacional como herramienta para conseguir que se cumpla la voluntad expresada por el pueblo de Venezuela el 28 de julio de 2024. Estados Unidos está sentado en uno de los pocos sillones del Consejo de Seguridad de la ONU.
Una vez más, la leyenda del lobo feroz viene dando dividendos. En estos días varios especialistas, en los Estados Unidos, hacen cálculos sobre las ganancias que la familia Trump viene acumulando desde que regresó a la presidencia, y entonces se entiende todo. Solo tiene una virtud: la de haber anunciado, antes de que Netanyahu acabase su “misión” en la Franja de Gaza, que ese sitio era ideal para crear un enorme negocio de alto valor turístico, casinos, etcétera. Al grito de “Que se vienen los terroristas”, Trump hace el juego de la mosqueta para ocultar su propósito fundamental: hacer dinero, mucho dinero a costas de la amenaza de una guerra generalizada, siguiéndole el juego a su amigo Vladimir Putin. Para ninguno de los dos la democracia es rentable. ¿Cómo destinar sus habilidades, y las de su familia por un salario? Para los Estados Unidos será un golpe durísimo, y no se quitará la costra así nomás.
Pero en la solución habrá un alivio: no van a caer bombas atómicas ni Rusia se apropiará de Ucrania. Seguramente, atrás de esta dolorosa farsa hay otra verdad, más amarga para las víctimas, sus familias y sus países. Estos días están pasando cosas detrás del escenario. La relación Putin-Trump, posiblemente nos dé una gran sorpresa. ¿Qué hace en estos días el ministro del Interior ruso en La Habana? ¿Se está reconfigurando el orden geopolítico del mundo?
Tal vez lo sepamos muy pronto, y con el desenlace se conocerán cosas, caerán mitos, sus ciclos se habrán agotado, y ojalá la libertad tenga su primavera al menos el tiempo necesario para que todo se sepa.







