Mirar no cabe en una mirada Andrea Soto Calderón
¿Qué tipo de conocimiento puede ofrecer una imágen?
En su ensayo El espectador emancipado, Jacques Rancière comienza reflexionando acerca del mal político que hoy se le atribuye a la figura del espectador. Un fenómeno que se manifiesta en un clima cultural que considera el acto de mirar como una enfermedad o un mal adormecedor. Para construir esta crítica, Rancière reconstruye los presupuestos que vinculan la visualidad a un ejercicio asociado a la pasividad y a la ignorancia. “Sin embargo ninguna época ha mimado tanto a los fantasmas, dandoles licencia para exponerse en todas las pantallas…” (Duffouramentelle, 2023). Ya no son solo tiempos de censura, sino de sofocación.
La ambivalencia se multiplica en un devenir que señala los inicios en una herencia subyacente arraigada a interpetaciones de la tradición platónica que entiendendieron el mirar como algo separado del conocer y que asociaba la mirada con la permanencia ante una apariencia, porque para Platón (desde una ambivalencia) las imágenes inducían a la desviación y alejaban del conocimiento verdadero. Por otro lado, mirar también aparece en oposición al actuar; en ese sentido, el espectador es muchas veces asociado con una figura estéril, inmóvil, atrapada en la pasividad. Entre manipualciones, engaños y espejismos, lo que la escena visual ofrece en esta lógica es el espectáculo de una afectación desprestigiada, que forma una idea de la mirada ligada a la ilusión debido a ciertas asociaciones que alejan el “ver” tanto del conocer como del actuar (Rancière, 2010).
Según Andrea Soto Calderón, las críticas en relación con las imágenes se sostienen en un lamento que denuncia cómo “lo visual ha sido históricamente subordinado a una lectura instrumental o representacional”, lo que ha limitado la interpretación de su capacidad política. Frente a esta postura, propone repensar otra gestualidad del mirar, que no anule a priori el poder de la visualidad, sino que permita ahondar en la relación que tenemos con las imágenes desde una capacidad activa y generativa de pensamiento. Este giro responde a una urgencia actual por reexaminar las formas de percepción y los modos sensibles de vinculación con el mundo. (Soto Calderón, 2019, pp. 17–18).
El ejercicio de la visualidad debería, ante todo, despojarse de la creencia que la reduce a pasividad o desrealización dejando atrás la figura del espectador como sujeto adormecido y fascinado por la apariencia, para asumir, en cambio, la pregunta por la fuerza de su capacidad. Cuando una imagen aparece, un mundo nace con ella. Esto implica resignificar la relación con la óptica y preguntarnos: ¿qué es una imagen?, ¿qué acciones puede efectuar?, ¿desde qué dinamismo se ofrece? ¿qué relaciones acoge?, ¿qué saber tramita? ¿qué revela esconde o deja fuera?
Otras revisiones crecieron tras el “giro icónico” (iconic turn) —con autores como G. Boehm, W. J. T. Mitchell, H. Belting y H. Bredekamp—, como un movimiento que buscó ampliar la epistemología de la imagen, reconociendo el poder que estas tienen para actuar, mediar, configurar prácticas sociales, políticas y culturales. Lo que se pretende es invertir la mirada sobre la imagen, abandonando la idea del espectador como alguien que examina pasivamente desde una posición distante e introyectiva, para iniciar en cambio una investigación sobre el poder realizativo de la escena visual: su capacidad de afectar, producir, organizar, hacernos conocer y cuestionar.
Hay revelaciones que no se dan sin riesgo. En el centro de estas cuestiones quizá se trate ya no de pensar que frente a la imagen se pierde la realidad del viviente, sino de reconocer que en ella se despliegan potencias singulares. La enfermedad del espectador, formulada por la tradición —“cuanto más contempla imágenes, menos es”—, es justamente la tesis que Rancière quiere revertir (2010). La mirada no nos extrae de la realidad, sino que actualiza, modifican y amplifica posibilidades de acción sobre esta.
Esta reformulación implica abandonar la concepción de una comunidad disociada ante las imágenes para asumir que, por el contrario, estas pueden constituir el lugar donde una comunidad se confronta con su propia producción. Algo de lo que hablaba Artaud al relacionar el poder visual con la capacidad de poner a una comunidad en posesión de sus propias energías. Porque, más que una transmisión de contenidos, en el ver también se transmite un modo de organización del saber.
La resignificaciones de la política de la visualidad proponen pensar las imágenes “no como algo que está frente a lo real, sino como un dispositivo que lo modifica, lo hace ver de otra manera y lo toca en su sentido más profundo” (Didi-Huberman, 2007). Es difícil pensar cualquier cosa sin orientarnos en imágenes (ya sea mentales), y por ello, es necesario hacer de la historia sobre la mirada una instancia crítica. El poder del espectador se reactiva en la inteligencia que reconoce la performatividad de las metáforas, alegorías, pinturas, apariciones, sueños y representaciónes en teatros y pantallas.
La propuesta de Rancière consiste en reexaminar el lugar de la imagen y de la visualidad, no como mecanismos de enajenación, sino como formas de conciencia capaces de reconfigurar el campo de lo sensible (Rancière, 2010). Ver no significa necesariamente rendirse a la apariencia, sino entrar en relación a través de una mediación cargada de pensamiento y afectación. Lo que busca es desestabilizar las oposiciones heredadas entre mirar y hacer, entre sentir y pensar.
La emancipación del logos (pensamiento), más que una escisión de lo sensible, consiste en retornar con una pregunta para el pathos (afectación). Se apuesta por recuperar las fuerzas que habitan en la visualidad: no como una experiencia que se congela en la pantalla, ya que las imágenes no se limitan a representar, sino que operan sobre lo real, lo tocan, lo configuran y lo transforman (Soto Calderón, 2020). A través de las imágenes, las visiones y las metáforas, el espectador puede convertirse en agente de los mecanismos de su propio lenguaje.
No necesariamente es válido solicitarle a una imagen todos los registros de la consciencia. “Lo innmobrable nunca está lejos”. La vision posee un punto de incandescencia en tension, muy similar a la paradoja, que combiana la revelación irresoluble de una transparencia y opacidad a la vez. Así como toda pregunta, nos reenvía a otras preguntas, toda transparencia organiza nuevas opacidades. El desafío consiste en avanzar hacia una práctica en la que ver, pensar y actuar ya no se excluyan, sino que se entrelacen, reconociendo la potencia de reapropiación y de responsabilidad que puede desplegarse en la pregunta sobre la mirada. Porque parece más interesante pensar la cultura desde las imágenes que contra ellas.
Didi- Huberman, G. (2007). Cuando las imágenes toman posición: El ojo de la historia, 1, Buenos Aires: Ariadna Hidalgo Editora.
Duffourmantelle, A (2023). Defensa del secreto. Noctura.
Rancière, J. (2010). El espectador emancipado (H. Hernández, Trad.). Editorial Manantial. (Obra original publicada en 2008)
Soto Calderón, A. (2019). La performatividad de las imágenes. Ediciones Metales Pesados.







