Personalismos políticos en el enjambre digital por Nicolás Martínez

Byung-Chul Han escribe de una manera que recuerda a los aforistas orientales que admira, es decir, frases cortas, imágenes precisas y una quietud en la superficie que oculta una radicalidad devastadora. Su aporte a esta trilogía de reflexiones a propósito de los personalismos políticos, es el más paradójico de los tres. Porque Han no describe un sistema de dominación que se le impone al sujeto desde afuera, porque eso lo haría reconocible, y resistible. Sin embargo, describe un sistema en el que el sujeto es simultáneamente el dominador y el dominado, el carcelero y el prisionero, el explotador y la fuerza de trabajo. Y en ese sistema, figuras como Milei o Bukele no son los tiranos, sino que son los espejos más nítidos de lo que el sujeto ya hace consigo mismo.

Han construye su diagnóstico sobre una distinción que tomó de Foucault pero que lleva en una dirección propia. Foucault describió la modernidad como una sociedad disciplinaria con hospitales, cárceles, escuelas y cuarteles como instituciones que producen sujetos dóciles a través de la vigilancia, la norma y la corrección. En este sentido, el poder funciona ahí mediante la prohibición: no debes, no puedes, no eres capaz. Han sostiene que ese modelo entró en crisis y fue reemplazado por algo más eficiente y más invisible: la sociedad del rendimiento. Aquí el poder ya no dice “no debes” sino “puedes”, “debes poder”, “sé todo lo que puedes ser”. El sujeto de nuestro tiempo no es el obediente que cumple órdenes sino el emprendedor que se autogestiona, el coach de sí mismo, el proyecto en permanente optimización. La violencia no desaparece, sino que cambia de signo y se vuelve positiva, en sentido gramatical: no suprime sino que prescribe.

En este contexto, los caudillos digitales adquieren una función que ni Sadin ni Žižek iluminan completamente. Milei no es solo el individuo tirano que Sadin describe, ni el punto de reposo del goce que Žižek analiza. Es también, y quizás sobre todo, el modelo de rendimiento extremo que el sujeto contemporáneo admira porque encarna sin pudor lo que él mismo practica en privado, es decir, la autoexplotación total presentada como virtud, el trabajo sin descanso como señal de autenticidad y la eliminación de todo límite como sinónimo de grandeza. En “La sociedad de la transparencia” (2012), argumenta que la demanda contemporánea de visibilidad total (de políticos, de instituciones, de personas) no es una conquista democrática sino una nueva forma de control que elimina lo que él llama el “otro” en sentido radical: todo lo que resiste a la mirada, que guarda silencio, que no se exhibe. En este sentido, Bukele es el caso de estudio perfecto. Gobernó con una transparencia selectiva y espectacular, donde sus decisiones se anunciaban en tiempo real, su imagen se construía en directo y su popularidad se medía en métricas instantáneas. Pero esa transparencia no era apertura democrática, sino una performance de la transparencia, la simulación de la visibilidad total que oculta precisamente lo que más importa: los procesos de decisión reales, las redes de poder efectivas y los costos humanos de las políticas de seguridad. Han diría que el ciudadano que celebra esa transparencia no es víctima de un engaño en sentido ordinario, es un sujeto que ha aprendido a confundir la imagen con la realidad, la visibilidad con la verdad, el stream con la política. Y lo ha aprendido porque vive inmerso en plataformas que operan exactamente con esa lógica donde lo que no se muestra no existe, lo que se muestra es lo que es.

En “En el enjambre” (2014), analiza la comunicación digital. La masa tradicional, la que llenaba plazas, la que marchaba, la que tenía cuerpo y presencia, ha sido reemplazada por el enjambre digital, es decir, una multitud sin alma colectiva, sin dirección sostenida, que se forma y se disuelve en torno a focos de atención momentáneos. El enjambre no delibera: reacciona, no construye posiciones: produce ruido, y en ese ruido, la indignación y el entusiasmo son funcionalmente equivalentes porque ambos generan engagement, ambos alimentan el algoritmo y ambos hacen visible al líder que los provoca. El enjambre no solo le sirve al líder; le sirve al sistema de plataformas que monetiza la atención. El ciudadano que cree estar ejerciendo su voz política al comentar, compartir o reaccionar está, en realidad, produciendo valor para las empresas tecnológicas y energía para el ciclo de visibilidad del caudillo. Desde esta perspectiva, la participación política se ha convertido en trabajo no remunerado al servicio del capital de la atención, donde el sujeto de rendimiento se explota también en el terreno de la política.

En “La sociedad del cansancio” (2010), describe cómo el sujeto de rendimiento termina inevitablemente en el agotamiento. No el cansancio del obrero explotado desde afuera, sino la fatiga existencial del que se ha explotado a sí mismo hasta vaciarse. Y ese sujeto agotado, paradójicamente, desea un amo. No uno que lo discipline, sino uno que lo libere de la carga insoportable de tener que decidirlo todo, optimizarlo todo, rendirlo todo. El caudillo que promete “yo me ocupo”, que habla con certeza en un mundo de incertidumbre permanente, que simplifica lo complejo hasta hacerlo manejable, no aparece como una amenaza para el sujeto agotado, por el contrario, aparece como un alivio.

Esta trilogía comenzó con una pregunta: ¿qué son estos liderazgos, cómo nombrarlos, cómo entenderlos? Sadin pregunta: ¿qué subjetividad produce nuestra época? Žižek pregunta: ¿de qué gozamos, y a qué precio? Han pregunta: ¿qué nos ha agotado tanto que preferimos entregarnos? Las tres preguntas se entrelazan en un diagnóstico que es, al mismo tiempo, político, filosófico y profundamente personal. Porque el tirano digital no vive solo en los palacios de gobierno. Vive también en la pantalla que consultamos cien veces por día, en la métrica que nos dice si valemos, en la fatiga que sentimos al final de una jornada en la que hicimos todo y no descansamos nada. Combatirlo, si eso es posible, empieza por reconocerlo ahí, tan cerca. Quizás por eso la filosofía, vieja y lenta como es, sigue siendo urgente.

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