Empiezan las clases y el gobierno vuelve a dar plata a las familias de los niños que asisten a las escuelas públicas, 2.500 pesos por niño con el propósito de ayudar con los costos que supone el inicio de la escuela para los hogares. Fue prometido en la campaña electoral y parece que eso fuera argumento suficiente para hacerlo. No hay diagnóstico, ni siquiera objetivos, por lo tanto, tampoco está previsto evaluar la medida. En otros países hay algún ejemplo de iniciativas parecidas, mejor diseñadas y con alguna evaluación. Algunas incluso se aseguran más de cumplir con la intención declarada (apoyar económicamente a las familias al comenzar las clases), porque no entregan dinero sino los propios útiles escolares o la indumentaria. En todo caso no hay indicios que sea una medida efectiva para mejorar la asistencia o los aprendizajes. El diseño poco cuidado tampoco contribuye a la equidad. En la primera aplicación, en el 2025, se focalizó en los quintiles de menos ingresos, este año se amplió y el propósito para el año próximo es universalizarlo para quienes van a las escuelas públicas. Se excluyen unos cuantos con ingresos bajos y muy bajos que asisten a escuelas privadas gratuitas (muy fáciles de identificar) o que están becados en otras privadas, tal vez sea la sanción que merecen por traicionar a la escuela pública. En conclusión, el beneficio lo reciben muchísimos para los que probablemente representa un aporte marginal (los quintiles tres hacia arriba de ingresos) y no lo reciben algunos que lo necesitarían mucho más.
El gobierno actual privilegia las acciones de asistencia. En educación además de éste hay otros ejemplos, como la curiosa meta de ampliar la cobertura de los servicios de alimentación en educación media, en un Plan de Política Educativa donde predominan ideas muy generales. Es extraña porque no especifica que la prestación va a ir asociada con la extensión del tiempo educativo y de hecho hay liceos que hoy están brindando almuerzo en jornadas de la misma duración que antes. Por lo tanto, en la formulación y en la práctica el propósito es la alimentación en si misma.
La asistencia poco y mal articulada con la educación se vuelve asistencialismo, parece que alcanzara sólo ella para lograr equidad o para generar las condiciones necesarias para el aprendizaje. No es ésta una buena hipótesis para diseñar políticas.
Entonces ¿por qué se lo hace? Se la consideró una propuesta bien valorada por los electores y probablemente lo haya sido, junto con otras similares. Ojalá llegue el día que en las campañas electorales aprendamos a desconfiar, e incluso que no sean bien vistas, las promesas de dar plata o de no subir impuestos. Cuando cambiemos promesas de ventajas por propuestas que conduzcan al desarrollo colectivo y personal. Para eso hace falta mucha más confianza en los partidos y en el estado, pero eso es otro tema.
El problema no es sólo la plata y el asistencialismo, sino que además vienen en un paquete con iniciativas que mayoritariamente desmontan las recientes transformaciones, volviendo a la situación previa. El escenario es que los sindicatos y algunos sectores del FA vociferan la restauración y el gobierno educativo acata, sin alharacas acata. En un contexto que un poco desestimula y otro poco es hostil a la transformación, la apuesta debe ser a seguir con los cambios que se puedan y a pensar todas los otros que hacen falta.






