Narrativas, apropiación y disputa por la memoria
El teatro y el cine documental rioplatense han explorado el trauma de la apropiación de niñas y niños durante las dictaduras del Cono Sur. Si pensamos en los últimos años en nuestro país es imposible obviar Pátina, el espectáculo con que Verónica Mato debutó como dramaturga en el año 2009. En aquella obra Susana Souto y la propia Mato encarnaban a dos hermanas apropiadas que acababan de recuperar su identidad y el espectáculo analizaba el contraste entre un personaje que necesitaba reconstruir su historia y otro que pretendía que el pasado no era determinante de su presente y de su futuro. Pero lo que nos interesa en este artículo es detenernos en dos obras argentinas: Potestad, la obra de teatro de Eduardo Pavlovsky (escrita en 1985) que se estrenó el 16 de octubre en el Palacio Taranco, y el documental de Gabriela Jaime La construcción del enemigo (estrenado en 2015, treinta años después que Potestad), estrenado en nuestra ciudad el pasado 6 de noviembre en Casa Marx.
Las dos obras resultan particularmente elocuentes para comprender las dimensiones subjetivas y sociales del fenómeno de la apropiación de menores de parte de la dictadura y la utilización de esas apropiaciones. Pavlovsky en diversas entrevistas y textos posteriores ha señalado que en Potestad buscó mostrar la lógica del victimario desde adentro, sin suavizarla, sin explicarla, solo exponiéndola. Ese gesto estético —arriesgado y políticamente incómodo— se plasma en el monólogo fragmentado de un médico apropiador que oscila entre la confesión, la negación y el delirio. La obra, como se ha señalado, funciona como una radiografía del mecanismo íntimo de la represión. Pero lo más interesante es el lugar incómodo en el que coloca al espectador, quien aunque sospeche de algunos gestos iniciales (al menos a quien escribe le cuesta pensar que en los años setenta un ex jugador de rugby que escucha música disco fuera alguien confiable) puede empatizar con el personaje en las primeras escenas. Esa ambigüedad es la que busca Pavlovsky, y no hay nunca que olvidar que gran parte de la población de nuestros países decidió no ver la represión que ejerció el Estado en los años setenta.
En contraste, La construcción del enemigo se centra en el aparato comunicacional de las dictaduras del Río de la Plata. Jaime utiliza material televisivo y gráfico de la época para desarmar el relato oficial que convirtió a Alejandrina Barry en símbolo de una supuesta salvación estatal. Como afirma la directora: “El objetivo era mostrar cómo se fabrica un enemigo, cómo se justifican las políticas represivas a través de la manipulación de imágenes y discursos”. El film evidencia que el uso político de la infancia no fue espontáneo, sino parte de una estrategia coordinada que buscaba moldear el sentido común y mostrar a los padres “terroristas” como irresponsables ante sus propios hijos.
Pese a sus diferencias de formato y enfoque, ambas obras convergen en un punto fundamental: la apropiación no fue solo un acto físico sino también un acto narrativo. En Potestad, el protagonista intenta sostener un relato íntimo que convierte un crimen en un acto paternal. En el documental de Jaime, los medios operan de modo similar, pero a escala pública, al presentar a la niña como rehén de un “terrorismo” del que el Estado la habría salvado. En ambos casos, la violencia se disfraza de protección.
En infinidad de trabajos se ha señalado que la disputa por la memoria no es solo una disputa por lo que sucedió en esos años, sino por los relatos que intentaron legitimar lo que sucedió. Desde esta afirmación podemos entender el vínculo entre las dos obras: Potestad disecciona la narrativa subjetiva del apropiador, mientras que La construcción del enemigo expone la narrativa estatal que hizo posible que esos crímenes fueran socialmente tolerados o invisibilizados. El vínculo entre esas dos narraciones, la que se autojustifica y la que construye argumentos públicos para esa autojustificación, es un espacio que quizá ameritaría mayores investigaciones
En conjunto, las dos producciones permiten comprender que la apropiación es un crimen cuya dimensión simbólica perdura mucho más allá del hecho inicial. La verdad aparece —como en Pavlovsky— cuando la psique del victimario se resquebraja, o —como en el documental— cuando los archivos son revisados desde la actualidad y puestos en diálogo con la memoria viva de quienes fueron convertidos en objeto de propaganda. En ambos casos, el retorno de lo negado abre la posibilidad de una reparación, aunque sea tardía.
Las dos obras prometen volver el año próximo, y ese será el momento para profundizar tanto en la obra de teatro como en el documental, obras imprescindibles en el contexto que se vive en este rincón del planeta.







