Prohibir TikTok es más fácil que reformar la educación por Ignacio Pintos

Prohibir redes sociales se convirtió en la respuesta para frenar los problemas de salud mental juvenil. Se repite que la evidencia es contundente, pero está lejos de serlo. Antes de cerrar cuentas conviene abrir otra discusión: ¿por qué la ciudadanía digital aún no está en la educación formal? O preguntarse si la ansiedad y miedos de los jóvenes son realmente un efecto del algoritmo, o el síntoma de una época incierta, con vínculos frágiles, futuro económico inestable y exposición permanente.

El celular puede ser una “máquina de abolir la espera”. La gratificación inmediata como norma puede generar impaciencia. Lo mismo la comparación social permanente y el scroll como micro dopamina contínua. Pero eso no equivale a decir: “Las redes están causando epidemia de enfermedades mentales”. Es un salto que la investigación todavía no confirma. Los gráficos que muestran aumento de ansiedad y aumento de uso de smartphones no prueban causalidad. Hay factores estructurales mucho más pesados: desigualdad, precariedad, deterioro institucional, crisis de expectativas, pandemia, fragmentación familiar, cultura del rendimiento.

No forma parte de la agenda dominante pero existe evidencia de la no evidencia.  Por ejemplo, un estudio publicado el mes pasado en el Journal of Public Health, que examinó a 25.000 jóvenes en Reino Unido, no encontró correlación entre el tiempo dedicado a redes sociales y un empeoramiento de la salud mental.

Y según Pete Etchells, investigador de la Universidad Bath Spa de la Comisión Australiana de eSafety para la evaluación de la regulación sobre la edad mínima en redes sociales: “Simplemente no hay consenso en la comunidad investigadora sobre el impacto de las redes sociales o los smartphones en el bienestar juvenil”.

Tampoco para otros pensadores contemporáneos el malestar juvenil no se reduce a un botón de scroll. Zygmunt Bauman habla de una modernidad líquida donde nada queda fijo; Hartmut Rosa, de la aceleración que nos deja sin tiempo para procesar experiencias. No se trata solo de tecnología, sino de ritmo vital. La ansiedad juvenil puede leerse también como síntoma de esa presión estructural por no quedarse atrás. La antropóloga argentina Paula Sibilia, habla de que vivimos en una cultura que convirtió la intimidad en espectáculo. Entonces la ansiedad no es simplemente emocional: es estructural. Surge de una forma de organizar la experiencia donde ser visto equivale a existir y donde el reconocimiento se mide, se compara y se monetiza.

En el podcast Todo es fake, el terapeuta argentino Luciano Lutereau reflexiona sobre la ansiedad no como efecto tecnológico, sino como clima psíquico y material de época. Habla de que la precariedad psíquica va de la mano de la precariedad material. Es decir, no es que los jóvenes estén ansiosos porque miran redes; miran redes en un contexto donde el futuro es incierto, la estabilidad es frágil y la desconexión es un lujo.

Para Lutereau el modelo cultural produce sujetos cada vez más ansiosos y adictivos (al consumo, a los vínculos, a la validación, a la inmediatez); en ese contexto, prohibir redes puede calmar la superficie sin tocar la estructura. En Uruguay (y en cualquier país): el trabajo depende de WhatsApp, la coordinación familiar depende del celular, el estudio depende de plataformas y las oportunidades circulan online.

Por otro lado, cuando un joven de 30 no sabe si podrá sostener a sus padres o si tendrá techo propio, la ansiedad o el miedo no es un defecto generacional. Es una lectura racional del contexto.

Tampoco habría titulares sobre “los cinco síntomas del cáncer de colon” si no hubiera personas dispuestas a hacer clic movidas por el miedo. La tecnología opera sobre emociones ya existentes. Pero la ansiedad no nace en el algoritmo. Las plataformas no producen miedo; lo detectan y lo monetizan.

En vez de preocuparnos por prohibir los celulares en el aula o vetar redes a los adolescentes, por qué no preguntarse: ¿Dónde está la educación formal en ciudadanía digital? Porque hoy se enseña matemática, historia, educación cívica, pero no se enseña la gestión del tiempo digital, la economía de la atención, cómo funcionan los algoritmos, cómo se construye la identidad online, cómo detectar manipulación emocional, cómo gestionar comparación y validación social.

Pero claro, incorporar alfabetización digital en la currícula implica reasignar horas. Y reasignar horas implica disputar poder curricular. Es político. Si entran 3 horas de ciudadanía digital: ¿Salen de dónde? ¿Qué sindicato? ¿Qué lobby disciplinar? ¿Qué corporación académica? Es más cómodo prohibir TikTok que discutir mallas curriculares.

Hace unas semanas, Ceibal, que hace años trabaja en la formación docente y la innovación pedagógica, organizó un Campus. Asistí a una de las conferencias sobre Ciudadanía Digital e Inclusión. Mientras escuchaba, seguía pensando lo valioso del trabajo de Ceibal pero con la espina de no poder contar con esas lógicas en los programas formales de educación. Consulté al panel qué obstáculos teníamos como sociedad para que eso sucediera. Uno de ellos, Matías Dodel, profesor de la Universidad Católica, que investiga desigualdades digitales, me contestó que en algunos sectores aún prevalece el miedo ante la tecnología y que eso funciona como obstáculo.

Dodel quizás explica el desconcierto generacional frente a tecnologías que transforman más rápido de lo que la política puede procesar. La historia está llena de pánicos morales. Los Cómics, los Videojuegos, el Rock, la televisión. Eso no significa que todo sea inocuo. Significa que el miedo no es un buen asesor de política pública.

Pero como dice el dicho: el que no propone una solución es parte del problema. Por eso imagino un camino intermedio de regulación focalizada que ponga límites a las prácticas adictivas y una alfabetización digital transversal en la educación formal.

En Uruguay el debate no parte de cero. Existe una Estrategia Nacional de Ciudadanía Digital que podría dejar de ser un documento bienintencionado para convertirse en política educativa transversal, con horas curriculares, formación docente y evaluación concreta. Regular no tiene por qué significar prohibir. Pero, sobre todo, puede significar asumir que la alfabetización digital es tan básica como aprender a leer y escribir.

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