El senador ficticio Vinick (interpretado por Alan Alda) en la serie The West Wing —exitosa producción televisiva sobre los entretelones de la Casa Blanca— insiste hasta el hartazgo, durante un debate presidencial, con una misma premisa: bajar impuestos. Lo repite con tal obstinación que provoca risas entre el público. Pero la pregunta clave es: ¿Cuáles son las respuestas que deben dar los gobiernos? No hay una gran variedad. Aunque el debate político arrastre a candidatos y gobernantes por terrenos absurdos, la respuesta debería ser siempre la misma, incluso si termina por resultar monótona.
Recuerdo la primera campaña de Bill Clinton en EE.UU., que seguí de cerca. En cada debate o entrevista, sus respuestas giraban en torno a un mismo eje: el gobierno debe garantizar una economía sólida. Clinton evitaba desviarse hacia temas secundarios, marcando distancia del ala más socialista de su partido. En plena recesión heredada de George Bush padre —quien parecía favorito para reelegirse—, el demócrata supo enfocarse en lo esencial. Tenía claro cuál era su función como presidente y qué debía aportar a la sociedad. No se distrajo con debates ajenos a su plan. El resultado es conocido: ganó las elecciones y Bush se convirtió en uno de los pocos mandatarios estadounidenses en no conseguir un segundo mandato.
Confieso que, en su momento, también me reía cuando Clinton, ante cualquier pregunta, encontraba la manera de volver a sus temas centrales. Pero ahí está la clave: los gobiernos deben ofrecer un entorno donde trabajar, crecer y resolver problemas sin el fantasma del fracaso colectivo. Como escribí en una columna anterior, su tarea es “darnos la carretera para que nosotros manejemos el auto”.
Hoy, en Argentina, Javier Milei parece tener igual claridad sobre lo que un gobierno puede —y debe— aportar: crecimiento económico sostenido, control inflacionario, reducción de impuestos (como Vinick), libre mercado, inversión extranjera y, como consecuencia, mejoras salariales que mantengan su valor con el tiempo. Además, delegó en dos figuras claves —Sandra Pettovello en Desarrollo Humano y Patricia Bullrich en Seguridad— dos áreas críticas (si sumamos a Karina Milei, un gobierno con fuerte impronta femenina). Se anuncia ahora -sin confirmación- una serie de actos del Presidente por todo el país dando sus clases en economía, explicando cómo desde esos principios, se está creando una nueva realidad para los argentinos. Sí, se enreda en temas como el aborto o cuestiones de género, pero parece más un guiño a aliados conservadores (Trump, Meloni) que un eje de gestión.
El mensaje es claro: un gobernante debe concentrarse en el contexto macroeconómico, no en discusiones marginales. Por más que estas se resuelvan, su impacto nunca será comparable al de políticas que beneficien a toda la población.
En este punto, estuve revisando mis propias columnas de Voces, y entendí que tenía que hacer más énfasis en algunos puntos que puede haber quedado un poco escondidos
En La Tertulia de En Perspectiva, Eleonora Navatta señalaba un problema urgente: el aumento de enfermedades mentales. Su diagnóstico era contundente: la raíz está en que demasiada gente no tiene ingresos suficientes para lidiar con el estrés o ayudar a sus familias. Para quien escribe, la solución no pasa por más programas asistenciales, sino por un ambiente laboral dinámico y una presión fiscal baja.
Esto se conecta con otra idea que he manejado: el individuo delega ciertas funciones en el Estado, pero otras las conserva como propias y como responsabilidad personal. Las intervenciones estatales en temas como salud mental, aborto o medio ambiente suelen ser ineficientes. Ben Shapiro, analista conservador estadounidense, lo ejemplifica bien: aunque se opone al aborto, rechaza que el Estado lo regule porque —sabe— lo haría mal. La pregunta para Milei sería: “Usted quisiera que el aborto no existiera, pero ¿quién lo controlaría? ¿El mismo Estado del que desconfía?”
En mi comentario sobre Bjorn Lomborg y su postura ambientalista, queda claro el dilema: el crecimiento económico y la innovación ciudadana son la mejor defensa contra el calentamiento global. Se necesitan dos pilares: gobiernos que impulsen políticas realistas de crecimiento y bajo endeudamiento, y una sociedad capaz de encontrar soluciones sin depender de un Estado omnipresente. Como bien dice Lomborg: “El ingenio humano es lo que más aporta”.
Es importante que un candidato a presidente tenga -además de sus programas de gobierno- una fuerte convicción de que es lo que él entiende que el país necesita. Muchas veces los candidatos a cargos presidenciales toman discursos que ´suenan¨ apropiados pero el votante percibe vacíos. En el caso de EEUU, Donald Trump planteó con fuerza lo que creía que podía lograr, sin aparecer sometido a lineamientos partidarios, lo que resultó convincente para las grandes mayorías. Hoy se lo ve confundido, pero recordemos que en el camino a la presidencia se enfrentó a Kamala Harris. La candidata demócrata es de esos casos al que me refería antes, ante cualquier pregunta sobre cualquier tema, miraba a sus asesores para que la ayuden. No había allí la pasión por llevar adelante su propio camino histórico. Su fracaso no sorprendió a nadie.
La lección de Clinton, Milei y hasta el ficticio Vinick es la misma: un gobierno eficaz no se mide por su capacidad de discutir todo, sino por su enfoque en lo trascendente. Bajar impuestos, generar empleo, asegurar la moneda y liberar potencial individual no son eslóganes vacíos: son la base de cualquier sociedad próspera. El resto —como bien demostró la historia— termina siendo ruido.
Y mientras algunos se ríen de la repetición, otros entendemos que la consistencia, aunque parezca aburrida, es el primer paso hacia el éxito.







