Qué tanto ha cambiado el mundo por Ernesto Kreimerman

Max Boot, columnista del The Washington Post, se ve a sí mismo como conservador que hundió sus raíces ideológicas en los años 1980, “cuando ser conservador era genial”. En sus inicios destacó en el Christian Science Monitor pero luego llegaría al The Wall Street Journal. Hoy reflexiona desde el Council on Foreign Relations.

Aplaudido en algunos auditorios, duramente cuestionado en otros (han llegado a decir de él “que representa todo lo que está mal con el conservadurismo moderno, su oposición es el mejor respaldo que pude haber recibido”) Boot es conocido por sus duras críticas a la política estadounidense y defensor de una actitud intensamente intervencionista.

Hecha la breve presentación de Max Boot, admitamos que no es fácil la labor de quienes ven en el presidente Donald Trump una guía esperanzadora para sostener a los Estados Unidos. Tan intensa como fugaz, tan contundente como deshilachada, la praxis política de DT ha sido comparada con la frugalidad de una comedia de media tarde de la televisión de entretenimiento, de capítulos de emisión diaria de lunes a viernes y un concentrado de fines de semana, con historias unitarias sin un hilo conductor y que se contradicen en su linealidad, pero como propuesta atomizada suma frases hechas, escenas tensas cargadas de prejuicios y de desconsideración, humillantes, que serán corregidas tan pronto como se olvidan.

En su columna del 8 de diciembre, hace apenas unos días, Boot publicó su columna en The Washington Post a la que tituló “Trump está enviando un mensaje claro al mundo libre” y agregó a modo de bajada o complemento, “La estrategia de seguridad nacional de Trump critica a Europa, no a Rusia”.

Ya en el primer párrafo Boot nos da brevemente un mapa político de las raíces ideológicas de la confrontación de este tiempo, a la que califica de desalentadora. Lo resume así: “El “plan de paz” de 28 puntos para Ucrania que la administración Trump publicó el mes pasado se basó en gran medida en un documento ruso anterior. En cambio, la Estrategia de Seguridad Nacional de 29 páginas publicada la semana pasada por la Casa Blanca fue completamente un producto hecho en Estados Unidos. Pero el NSS (National Security Strategy) tendrá el mismo efecto: alentará al dictador ruso Vladímir Putin y desanimará a los aliados de Estados Unidos, especialmente en Europa. No hay nada especialmente sorprendente en este documento, ya que refleja la cosmovisión familiar MAGA, pero no obstante es profundamente desalentador”.

EL documento en cuestión era en el pasado una de las más explicitas reflexiones políticas acerca de las estrategias y propósitos profundos que reflejaba la opinión de una comunidad de inteligencia afecta a los debates con el objetivo de ir generando en ese ámbito unas ideas más elaboradas acerca de la coyuntura, con conocimiento de los desarrollos pasados y un análisis de escenarios posibles, analizados desde la óptica de la teoría de la optimización, es decir, asumiendo que el concepto de óptimo implica un balance entre la eficiencia y la equidad en la asignación de recursos.

Acotación “no al margen”

Preguntémonos, serena y honestamente, “¿qué tanto ha cambiado el mundo para que buena parte de las gentes preocupadas por la marcha de los asuntos de interés general haya cambiado tanto “para que gran parte de lo que hoy nos parece «natural» data de la década de 1980: la obsesión por la creación de riqueza, el culto a la privatización y el sector privado, las crecientes diferencias entre ricos y pobres. Y, sobre todo, la retórica que los acompaña: una admiración acrítica por los mercados no regulados, el desprecio por el sector público, la ilusión del crecimiento infinito” (Tony Judt, “Algo va mal”, 2011).

Una exploración que cobra más profundidad y sensatez, cuando va junto a la decisión de fondo:” hay que poder designar el problema que se quiere resolver”. Si, a las cosas, a las cuestiones, hay que ponerle nombre propio, para que sepamos que hablamos el mismo idioma, los mismos significados y que esas cosas valen igual o muy parecido.

A modo de remate, admitamos que “en la época del dogma radical, los jóvenes estaban lejos de sentir incertidumbre. El tono característico de los años sesenta era el de una confianza presuntuosa: nosotros sabíamos cómo arreglar el mundo. Es esta nota de arrogancia gratuita la que en parte explica la posterior respuesta reaccionaria; si la izquierda quiere recuperarse, le vendrá bien algo de modestia. En cualquier caso, hay que poder designar el problema que se quiere resolver” (Tony Judt, “Algo va mal”, 2011).

Nadie lo resumió de modo tan claro y contundente como Federico García Lorca, “La creación poética es un misterio indescifrable, como el misterio del nacimiento del hombre. Se oyen voces, no se sabe de dónde, y es inútil preocuparse de dónde vienen”.

De lo que hay preocuparse es de la improvisación. De lo que hay que ocuparse, es de la planificación. Para ello establece estándares de mejores prácticas en todo aquello que involucre a terceros. Concibamos como lo hizo Lorca, la creación poética es un misterio indescifrable. La vida es compromiso, planificación y tenacidad. Y por supuesto, pasión sin pausa.

Agregar un comentario

Deja una respuesta