¿Quién controla a los que controlan? Por Santiago Pérez.

La CONMEBOL se presenta como garante del orden, transparencia y disciplina en el continente. Pero cuando las cámaras enfocan episodios de violencia, caos organizativo o agresiones a jugadores y aficionados, la institución parece tener un único reflejo: trasladar las culpas, señalar a otros y lavarse las manos.

Los ejemplos abundan, tanto en el pasado como en la actualidad. No se trata de hechos aislados, sino de un patrón de comportamiento que pone en evidencia un déficit estructural: la ausencia total de responsabilidad hacia la propia CONMEBOL.

Semifinal de Copa América en Charlotte: la familia al borde del desastre

El año pasado en la semifinal entre Uruguay y Colombia, la violencia volvió a ser protagonista. Tras el final del partido, los jugadores celestes Darwin Núñez, Rodrigo Bentancur, José María Giménez, Matías Olivera y Ronald Araújo junto a varios más, saltaron a las tribunas para proteger a sus familias, que estaban siendo agredidas por hinchas rivales. Las imágenes del bochorno recorrieron el mundo: futbolistas profesionales convertidos en seguridad privada porque la seguridad contratada brillaba por su ausencia.

La respuesta oficial de CONMEBOL fue condenar la violencia y abrir una investigación disciplinaria… sobre los propios jugadores que se habían defendido. Los mencionados fueron suspendidos con entre tres y cinco partidos, y multas de USD 20.000 y USD 12.000. Otros siete jugadores con USD 5.000 y, “afortunadamente”, sin suspensión. También fueron multados un dirigente y la propia AUF. Nadie en la organización admitió errores en el dispositivo de seguridad ni se habló de sanciones a la empresa contratada. Una vez más, la culpa fue de otros.

El caos de Miami: la final 2024

Apenas unos días después, Argentina y Colombia disputaban la final de la Copa América en Miami. Terminó siendo un bochorno. El partido comenzó con más de 80 minutos de retraso porque miles de personas sin entradas lograron forzar accesos. Hubo corridas, destrozos en las instalaciones y escenas de familias atrapadas.

El saldo: 27 arrestos, 55 expulsiones y un estadio con daños millonarios. CONMEBOL reaccionó rápido, sí, pero no para asumir la responsabilidad de la catástrofe logística, sino para culpar a las autoridades del estadio por no cumplir las “recomendaciones de seguridad”. Los administradores del Hard Rock Stadium respondieron que habían ido más allá de esas indicaciones. Una contradicción que, más que esclarecer, expuso la falta de un protocolo serio.

Avellaneda 2025: el caos en Independiente – U. de Chile

El patrón se repitió hace algunas semanas en la Copa Sudamericana. El partido entre Independiente y Universidad de Chile terminó suspendido en medio de escenas de guerra: bombas de estruendo, incendios en la tribuna, corridas masivas y decenas de heridos.

La reacción de la CONMEBOL fue casi automática: suspender el encuentro “por falta de garantías de seguridad” y anunciar sanciones contra los clubes. Lo que brilló por su ausencia fue cualquier autocrítica. ¿Cómo se permite el ingreso de pirotecnia? ¿Cómo se falla de forma tan estrepitosa en el control? Preguntas que nunca tuvieron respuesta.

El caso Martín Silva: pedrada y partido continuado

Pero los errores de CONMEBOL no nacieron ayer. En 2010, también en Avellaneda y durante un Independiente – Defensor Sporting, una pedrada lanzada desde la tribuna impactó en la cabeza del arquero Martín Silva, quien cayó ensangrentado al césped. El árbitro demoró unos minutos, recibió presiones y ordenó que el partido continuara.

La sanción de CONMEBOL fue ridícula: una multa de 20.000 dólares y un solo partido de clausura al estadio. Independiente terminaría consagrándose campeón de esa Copa Sudamericana. La integridad física de un jugador se puede relativizar si el negocio lo exige.

Complicidad con la violencia policial en Brasil

No se trata solo de lo que pasa dentro de los estadios. Desde hace años, hinchadas sudamericanas denuncian abusos y represión policial cada vez que visitan Brasil. Golpizas, gases lacrimógenos dentro de tribunas, detenciones arbitrarias, zonas de exclusión sin agua ni baños. Un combo de abusos que se repite en cada competición disputada allí.

Y sin embargo, la CONMEBOL mira para otro lado. Nunca ha sancionado a la CBF, jamás ha condicionado la designación de sedes por el accionar represivo de las fuerzas de seguridad, ni ha emitido comunicados fuertes en defensa de los hinchas visitantes. La vara es doble: mientras se sanciona con dureza a clubes por cantos discriminatorios o bengalas, se tolera la violencia institucional de la policía brasileña.

Un patrón inalterable

Si se juntan todos estos episodios, el hilo conductor es evidente: CONMEBOL se exime siempre de toda responsabilidad. Las culpas se reparten entre clubes, hinchas, policías locales (menos los brasileños) o autoridades de estadios. La institución que se supone máxima garante de la seguridad y la disciplina se transforma en una simple administradora de sanciones hacia terceros.

Esto ocurre pese a que en su organigrama abundan comisiones de ética, gobernanza, transparencia y auditoría. Pero en la práctica, esas instancias parecen existir más para decorar documentos y cumplir con exigencias formales, que para fiscalizar de verdad.

¿Quién vigila al vigilante?

El fútbol sudamericano no puede seguir naturalizando que su ente rector actúe sin controles externos. Mientras en otros ámbitos –finanzas, empresas u ONGs– existen reguladores independientes, auditorías públicas y marcos legales estrictos, la CONMEBOL se mueve con una autonomía absoluta.

El resultado está a la vista: torneos con fallas logísticas monumentales, jugadores expuestos a la violencia, hinchas tratados como enemigos por las policías, sanciones desproporcionadas y responsabilidades siempre desviadas.La pregunta entonces no es solo retórica. ¿Quién controla a los que controlan? Mientras no exista un mecanismo externo –sea de los Estados, de organismos internacionales, de las propias federaciones actuando en conjunto o de equipos que alcen la voz– que obligue a la CONMEBOL a rendir cuentas, los horrores seguirán repitiéndose. Y lo que debería ser una fiesta continental seguirá estando en manos de una institución que no conoce la palabra autocrítica.

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