¿Quién cuida a los cuerpos que cuidan? Por Héctor Inzaurralde

El primer signo de civilización

Cuentan que un estudiante le preguntó a la antropóloga Margaret Mead cuál fue, según ella, el primer signo de civilización. Esperaba oír “herramientas”, “cerámica” o “fuego”, pero Mead respondió: “un fémur humano curado”.
En el mundo animal —explicó— un hueso roto suele ser una sentencia de muerte. Nadie sobrevive sin poder moverse. Un fémur curado muestra que alguien cuidó de otro: lo alimentó, lo protegió, esperó a que sanara. El cuidado fue, así, el primer gesto humano, la raíz de toda cultura.
Si esa es la medida de nuestra humanidad, ¿qué nos está pasando cuando los cuerpos que cuidan son los más violentados? En Uruguay, los golpes a maestras en escuelas públicas no son un hecho aislado: son un espejo civilizatorio. Una sociedad que agrede a quienes educan está negando el fundamento mismo de su convivencia.

La crisis del cuidado

La filósofa Nancy Fraser ha descrito nuestro tiempo como una crisis estructural del cuidado. No se trata solo de falta de recursos o tiempo, sino de una crisis moral y política: el sistema económico se apoya en el trabajo invisible de quienes cuidan —madres, docentes, enfermeras—, pero lo desvaloriza y precariza.
En Cannibal Capitalism (2022), Fraser advierte que “el capitalismo devora las bases mismas que lo sostienen: la naturaleza, la política y el cuidado humano”. Cuando los vínculos que sostienen la vida son tratados como carga o mercancía, lo que se erosiona no es solo el bienestar, sino la posibilidad misma de justicia.
Las maestras agredidas encarnan esa fractura. En sus cuerpos se condensan la violencia y el cansancio de una época que ha hecho del rendimiento su moral dominante.

El cuerpo que enseña

El cuerpo docente es un cuerpo expuesto: enseña, escucha, sostiene, contiene. No es solo transmisor de saber, sino presencia y palabra encarnada. Judith Butler nos recuerda que la vulnerabilidad no es debilidad, sino condición de lo humano.
Sin embargo, el neoliberalismo ha hecho de la autosuficiencia un ideal y de la interdependencia una vergüenza. Los cuerpos que cuidan —docentes, enfermeras, padres— quedan así desprotegidos, aislados y muchas veces desbordados.
Cuando una maestra es golpeada, no se daña solo un cuerpo: se golpea el lazo social, la confianza mínima que sostiene la educación. Se hiere la posibilidad del reconocimiento.

El cuidado como acto político

Fraser propone mirar el cuidado como un acto político y estructural, no como un gesto privado. La modernidad separó la esfera productiva de la reproductiva: el trabajo “serio” quedó en el mercado; el cuidado, en el hogar y en las mujeres.
Pero ninguna sociedad puede sostenerse sin cuidar sus condiciones de existencia. Por eso, cuidar a las maestras no es una cuestión de sensibilidad, sino de justicia. Cuidar es resistir la lógica del descarte. Es afirmar que no todo se mide por su rentabilidad, que la dignidad empieza allí donde alguien se detiene a sostener al otro.

Hacia un nuevo contrato del cuidado

Fraser propone un nuevo contrato del cuidado, un pacto cultural, político y económico que ponga en el centro la sostenibilidad de la vida.
Ese contrato se apoya en tres pilares: reconocimiento, redistribución y representación.
Reconocer es el rostro moral de la justicia; redistribuir, su sustento material; representar, su condición democrática.

El reconocimiento: rostro moral de la justicia

Axel Honneth enseña que toda injusticia comienza con una herida de reconocimiento. Cuando una persona o profesión deja de ser vista como valiosa, pierde su autoestima moral. El desprecio es la primera forma de violencia.
Reconocer a las maestras no es un gesto sentimental: es afirmar que su tarea sostiene el mundo común. Enseñar, cuidar y acompañar son actos de altísimo valor político.
Fraser amplía esta mirada: sin redistribución ni participación, el reconocimiento se vuelve hipocresía. La justicia, dice, necesita las tres cosas a la vez: respeto, recursos y voz.

Redistribuir y representar

Redistribuir es cuidar en serio. Significa mejorar las condiciones materiales y emocionales de quienes enseñan: reducir la sobrecarga horaria, fortalecer su salud mental, garantizar salarios dignos y crear espacios de bienestar docente.
Representar también es cuidar. Fraser habla de “paridad participativa”: todos deben poder decidir como iguales sobre las políticas que los afectan. En Uruguay, las maestras y profesores deben tener voz real en las reformas educativas.
Cuidar es también escuchar. Un país que no escucha a sus educadores deja, en el fondo, de educarse a sí mismo.

Del yo me salvo al nos salvamos juntos

Un nuevo contrato del cuidado exige una transformación cultural: pasar del “yo me salvo” al “nos salvamos juntos”. Del individuo que compite al sujeto que coopera. Cuidar es redistribuir poder y reconstruir comunidad. En tiempos de fragmentación y violencia, el cuidado se convierte en una forma de resistencia ética.

Cuidar como principio civilizatorio

Quizás el fémur curado del que hablaba Mead sea hoy el aula donde una maestra, pese al cansancio, sigue enseñando. El gesto de quien, ante la herida, decide no huir sino acompañar.
Ahí comienza otra vez la civilización: en el acto simple y valiente de cuidar.
Una sociedad justa no se mide por su producto bruto, sino por cómo trata a los cuerpos que cuidan.
Fraser lo resume así: “Una sociedad democrática es aquella que cuida sus propias condiciones de existencia.”
Y Honneth completa: “La justicia empieza cuando aprendemos a reconocernos en el otro.”
Cuidar es el gesto que nos mantiene humanos. Y mientras alguien cuide a otro, aún habrá esperanza de civilización.

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