Estimado Hoenir:
En referencia al artículo publicado por Ud., días atrás en este medio, plantea Ud., en principio, correctamente, que existe una confusión frecuente entre “judíos”, “Israel” y “sionismo”. Sin embargo, a continuación, incurre en una contradicción: mientras advierte sobre ese error, termina reproduciendo una narrativa que, aunque más sofisticada, vuelve a deslizar la idea de un poder difuso donde “los judíos” aparecen como actores centrales de un poder global con intereses espurios.
Conviene a mi entender, primero, ordenar conceptos con claridad.
El pueblo judío es una comunidad milenaria, diversa en cultura, religión y pensamiento político. Reducirlo a una entidad asociada al manejo de finanzas globales o generadora de conflictos bélicos no solo es una distorsión, sino que reproduce esquemas históricos que bastante han causado persecuciones trágicas.
El Estado de Israel es una democracia, de pronto con tensiones internas (como toda democracia), pero también con elecciones competitivas y, sobre todo, una sociedad plural. Sus gobiernos, como los de cualquier país, toman decisiones que pueden ser criticadas, pero no representan a ninguna supuesta “estructura global de poder”.
El sionismo, por su parte, es simplemente “el movimiento de autodeterminación del pueblo judío en su tierra ancestral”. No es una teoría de dominación mundial ni una red financiera, sino una expresión política comparable a otros movimientos nacionales.
El artículo sugiere que Israel habría actuado como “pieza sacrificable” en un tablero manejado por intereses superiores. Esta visión no solo carece de evidencia concreta, sino que despoja a Israel y a su gobierno, de criterio propio, de independencia en sus decisiones y desconoce además un hecho fundamental e insoslayable en un contexto de análisis regional: el país enfrenta amenazas reales y persistentes desde su creación.
Grupos como Hamás, la Yihad islámica, los Hutíes o Hezbolá, así como el propio Estado República Islámica de Irán (a partir de la revolución y toma del poder de los ayatolas), han declarado abiertamente su intención de destruir a Israel. De hecho, ha sido el régimen iraní quien ha financiado, armado, entrenado y hasta coordinado a buena parte de los grupos terroristas que atacan a Israel.
En ese contexto, las acciones militares israelíes no deberían analizarse como meras maniobras de provocación, sino como respuestas inevitables dentro de un entorno de esa amenaza permanente.
Atribuir los conflictos de Medio Oriente a una vaga convergencia de intereses financieros globales puede resultar tentador para ciertos sectores que gustan de las simplificaciones, pero distorsiona completamente y en exceso una realidad mucho más compleja. La región está atravesada por rivalidades religiosas, geopolíticas y estratégicas que exceden ampliamente cualquier explicación materialista.
Asimismo, resulta especialmente revelador que, al intentar ejemplificar ese supuesto poder financiero difuso, se recurra una vez más a apellidos como Rothschild y Rockefeller. Recurso que no es casual.
El primero ha sido, durante más de un siglo, uno de los blancos predilectos de la propaganda antisemita europea, desde los panfletos del siglo XIX hasta la maquinaria propagandística nazi, que utilizó a la familia Rothschild como símbolo de una imaginaria conspiración judía mundial. Repetir hoy ese recurso, aun de forma aparentemente crítica o distante, implica continuar una tradición de señalamiento que históricamente sirvió para justificar prejuicios y persecuciones.
Conviene además señalar que los grupos económicos actuales de la familia Rothschild (sus empresas), ya no ocupan el lugar tan destacado en las finanzas internacionales como el que tuvieron en el siglo XIX. El sistema financiero contemporáneo está estructurado en torno a corporaciones multinacionales, fondos de inversión y bancos globales con accionariados diversificados, muy lejos del modelo de dinastías familiares que suele evocarse en discursos conspirativos.
Por otra parte, la inclusión del apellido Rockefeller, en esa misma categoría, revela una confusión aún más evidente. Esta familia no es judía y proviene de una tradición protestante bautista profundamente arraigada en los Estados Unidos. Mezclarla en una supuesta red de poder “judía” muestra hasta qué punto estos relatos operan más por asociación simbólica que por datos verificables.
Más preocupante aún es que, en el intento de evitar teorías conspirativas explícitas, el texto termina bordeando una versión más sutil de las mismas: aquella que, sin afirmarlo directamente, deja flotando la sospecha sobre “ciertos apellidos” o “ciertos grupos”.
La historia enseña que ese tipo de insinuaciones nunca son inocuas.
Criticar a un gobierno israelí es legítimo, lo cual no significa que esté de acuerdo con su mirada sobre el particular. Pero sugerir que detrás de los conflictos globales subyace una lógica asociada al pueblo judío sionista y un supuesto afán de control mundial, constituye en los hechos un acto de judeofobia, y conduce a un terreno peligroso, donde el análisis político se mezcla con prejuicios medievales.
Si realmente se busca claridad, el primer paso es evitar esas asociaciones, el segundo es buscar la información en las fuentes apropiadas.
Entender el mundo exige investigación exhaustiva y honesta, no atajos sesgados.
Le extiendo un cordial saludo,







