Resurge un viejo conflicto por Joaquin Andrade

Tensiones entre India y Pakistán colocan nuevamente a Cachemira en el centro del conflicto

El pasado 22 de abril de 2025, el valle de Baisaran, ubicado en la región de Cachemira, al sur de la India, volvió a convertirse en el escenario de una tragedia con potencial de arrastre regional. Un atentado dirigido contra turistas hindúes dejó 26 muertos y más de 20 heridos.

El grupo responsable, el Frente de Resistencia (TRF), una organización insurgente activa en la región desde 2019, fue rápidamente vinculado por las autoridades indias con Lashkar-e- Taiba (LeT), grupo armado considerado terrorista por varios países. Sin embargo, esta atribución responde a una narrativa estatal ya consolidada, que muchas veces invisibiliza las demandas políticas históricas del pueblo cachemir y refuerza la criminalización de toda forma de disidencia en la región.

La respuesta del gobierno de Draupadi Murmu no se hizo esperar. El 6 de mayo, la llamada “Operación Sindoo” lanzó misiles sobre objetivos ubicados en territorio pakistaní, entre ellos presuntos campamentos de LeT y de Jaish-e-Mohammed. Desde Islamabad se denunció que el ataque causó la muerte de al menos 26 civiles, incluyendo mujeres y niños. La reacción de Pakistán fue inmediata: se autorizó el derribo de aviones indios en caso de incursiones no autorizadas y se intensificó el despliegue militar en la Línea de Control, línea divisoria informal entre ambos países en la región de Jammu y Cachemira.

En cuestión de días, el conflicto abandonó los caminos diplomáticos y entró en la lógica del fuego cruzado. Las bajas aumentan, los espacios aéreos se cierran, las tropas se movilizan y el mundo observa con declaraciones tibias de “preocupación” que poco contribuyen a detener la escalada. Mientras tanto, la población civil, como siempre, paga el precio más alto de la confrontación.

Frente a este escenario, es inevitable preguntarse qué hay detrás de este conflicto que parece no tener fin. Cachemira no es únicamente una herida colonial sin cicatrizar; es también un tablero geopolítico de alto valor estratégico. Se trata de una región donde confluyen disputas por el control de recursos hídricos, intereses militares, rivalidades ideológicas entre nacionalismos religiosos —hindú y musulmán—, y donde además se ensayan formas sofisticadas de guerra híbrida y desinformación. El conflicto, entonces, no se reduce a una disputa territorial: es también una batalla simbólica por el poder, la legitimidad y la influencia regional.

Desde la llegada al poder de Narendra Modi y la consolidación del proyecto nacionalista hindú impulsado por su partido, el BJP, India ha endurecido su política en la región, especialmente desde la revocación del estatus especial de Jammu y Cachemira en 2019. Este cambio legislativo no solo reforzó el control del gobierno central sobre la zona, sino que

también profundizó la militarización y la vigilancia sobre la población cachemir, en muchos casos reduciendo sus derechos civiles y políticos.

Pakistán, por su parte, ha utilizado históricamente el conflicto como una herramienta de cohesión interna, en medio de crisis institucionales y luchas de poder domésticas. La causa cachemir funciona como un símbolo de unidad nacional y, al mismo tiempo, como un argumento para mantener el protagonismo de las Fuerzas Armadas en la vida política del país.

Ambos países se asoman peligrosamente al abismo. Una confrontación abierta entre dos potencias nucleares tendría consecuencias desastrosas no solo para Asia del Sur, sino también para el resto del mundo. Las rutas comerciales podrían verse afectadas, los corredores estratégicos bloqueados, y actores como China podrían intervenir en un escenario cada vez más volátil.

Desde América Latina, esta crisis puede parecer lejana, pero en realidad no lo es. Porque cada episodio como este revela, una vez más, los límites del derecho internacional, la fragilidad de los organismos multilaterales, y el riesgo permanente de que las tensiones identitarias escalen más allá del punto de retorno. América Latina conoce bien lo que implica la instrumentalización del miedo, la exclusión del disidente y el uso del nacionalismo como vehículo de poder.

¿Estamos ante una nueva guerra olvidada por el Sur Global? ¿O frente a un nuevo capítulo de la crisis de los órdenes mundiales? Cachemira se ha convertido en un termómetro del siglo

XXI. Un espacio donde se cruzan la memoria colonial, las tensiones religiosas, los intereses económicos y las nuevas lógicas de guerra y propaganda.

Hoy, Cachemira vuelve a ser rehén de una historia inconclusa. De un conflicto en el que las poblaciones civiles siguen siendo silenciadas, desplazadas o asesinadas. De una narrativa donde los discursos simplificadores buscan justificar la represión, la militarización y el olvido. Y en medio de ese silencio, como tantas veces, la próxima erupción ya está en marcha.

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