Roberto Bolaño en primera persona por Gerónimo Pose

En noviembre de 1999, Cristián Warnken abrió el ciclo La belleza de pensar en la Estación Mapocho leyendo un poema de Gabriela Mistral sobre el país de la ausencia. Roberto Bolaño escuchaba sentado frente a él. Llevaba más de veinticinco años sin pisar Chile de manera continua, había vuelto recién el año anterior después de todo ese tiempo, y algo en ese poema lo obligó a hablar del exilio sin ponerse solemne, a decir que Enrique Lihn es un poeta mayor del siglo XX en nuestra lengua, que en cualquier antología del año 2050 no puede faltar, y que quizás el único lugar donde eso todavía no terminaba de entenderse era en Chile. La conversación con Warnken es una de las más memorables del libro Notas para una autobiografía que Alfaguara acaba de publicar en abril de este año, y lo es porque Bolaño aparece ahí como en las mejores páginas de este compilado: sin personaje, pensando en voz alta.

El libro reúne casi treinta años de conversaciones, desde 1975 hasta 2003, aparecidas en medios españoles, latinoamericanos y europeos, junto a tres diálogos televisivos filmados en Chile. Los editores eligieron con un criterio claro, no la exhaustividad sino la profundidad, quedándose con aquellas entrevistas donde Bolaño se detiene, se contradice, vuelve sobre sus propias afirmaciones. El resultado es Bolaño sin el filtro de la crítica ni el barniz de la posteridad.

La primera entrevista del volumen data de 1975. Tenía veintidós años, acababa de salir de Chile y lo entrevistó Macario Matus en El Día de México con una frase que parece la solapa urgente de un libro que todavía no existía. “Roberto Bolaño es un joven poeta chileno que salió de su patria a raíz del golpe de Estado.” Lo que esa presentación no dice es todo lo que había pasado antes. Bolaño había vuelto a Chile en agosto de 1973, cruzando prácticamente toda América Latina en bondis, a dedo y en barco, con la intención de sumarse a la resistencia de la Unidad Popular. Llegó días antes del golpe. En noviembre fue detenido en uno de esos ómnibus y estuvo preso ocho días hasta que un ex compañero de colegio que resultó ser policía lo reconoció e hizo algunas tramoyas para que pueda zafar.

En la entrevista de 1975 todavía habla del deber del poeta, de la obligación de ser primero un hombre joven chileno y luego plegarse en la lucha de su pueblo. La ironía no había llegado todavía o había muy poca. Vino después, cuando transitó suficiente mundo literario como para entender que ese mundo era una jungla poblada no de fieras sino de algo peor. En una entrevista para La Tercera de 1998 lo escupió sin vueltas. “La literatura es como ir en la selva, estás en plena jungla y solo oyes gritos de monos, chillidos, y en la literatura es lo mismo solo que en vez de esos monos delirantes hay escritores.”

Esa convivencia fue la marca de Bolaño: podía caminar por la biblioteca universal con la comodidad de quien camina en calzones por su casa, y al mismo tiempo era un íntimo conocedor de las calles, de la vida del obrero, de la violencia. No era casualidad. Su padre era camionero y boxeador, y él había sido camarero, vinatero, vendimiador, vigilante nocturno antes de que alguien lo leyera. La intelectualidad y la viveza como balance perfecto, que luego volvería una y otra vez en sus obras y que en este libro de entrevistas se escucha con una claridad que ningún biógrafo podría reponer.

Lo que el libro va mostrando a medida que avanza es la transformación de esa voz, del Bolaño combativo y político de la etapa mexicana al narrador que empieza a consolidar un proyecto propio, después al escritor consagrado que habla desde el reconocimiento pero sin ninguna complacencia y aun manteniendo esa actitud crítica frente a la literatura en lengua española. Desde aquel muchachón que irrumpía en las conferencias de Octavio Paz para sabotearlas hasta el adulto que decía que Isabel Allende era solamente una “escribidora”. En 1993 los médicos le diagnosticaron la insuficiencia hepática que eventualmente lo mataría y desde entonces se obsesionó con dejar un legado. Pero en las entrevistas esa urgencia no aparece como angustia sino como lucidez, y a veces como una ironía que desarma. Cuando Warnken le cita el verso de Lihn “porque escribí estoy vivo” y le pregunta si comparte esa idea, Bolaño responde que no, que más bien diría lo contrario, que porque escribió casi la palmó, que si no hubiera optado por la literatura estaría más vivo y más sano. Y cuando le preguntan por qué escribir una novela de seiscientas páginas en un mundo donde la gente lee cada vez menos, no hay reflexión ni justificación. “Ni modo. No hay más que hacer.”

Cuando le preguntaron qué consejo le daría a un joven aspirante a escritor, no hubo titubeos. Le daría el consejo que se daban entre ellos los jóvenes infrarrealistas en México cuando tenían veinte, veintiún años y eran maleducados y valientes. Vivir mucho, leer mucho y follar mucho. La frase juega con la provocación y la ironía, pero también es un programa de vida que él mismo siguió con todos los costos que tuvo y que está en el origen del movimiento que fundó junto al poeta Mario Santiago en 1975, el infrarrealismo, esa vanguardia latinoamericana que durante años vivió en la marginalidad absoluta y que solo fue conocida masivamente después de la muerte de su fundador.

Notas para una autobiografía no es el libro que permite entender a Bolaño mejor que sus novelas. Es el libro que permite escucharlo, que es diferente y vale más en otro sentido. Escucharlo durante casi treinta años, desde el joven detenido en un ómnibus chileno destartalado en 1973 hasta el escritor que entrega su último manuscrito sabiendo que no va a alcanzar a verlo publicado, es asistir a algo que la ficción por definición no puede dar: la voz sin el personaje, el hombre antes de que la obra lo tape completamente.

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