El escritor y dramaturgo Joaquín Doldán acaba de publicar el libro “Un barrio llamado Rosencof”, donde repasa la vida del escritor y dirigente del MLN-
¿Cómo se gesta un libro sobre un autor con más de 40 libros?
Con mucho trabajo. Con inexistente capacidad de frustración, con la complicidad de ese autor, y con la ventaja de que es una persona con una vida increíble, que nace en un barrio, que viene de una familia de inmigrantes que escapan de los nazis. O sea que tiene tantas facetas que lo más complejo era elegir el tono y en qué lugar poner el foco.
Justamente, ¿en qué lugar se puso el foco?
En el Rosencof escritor. Es casi una biografía literaria, que es algo que no existe, es imposible. Lo que hice fue articular obra a obra, texto a texto, trabajo literario a trabajo literario y seguir esa cronología, y así entender las inspiraciones, y entonces ver su vida como él al vivió, como un escritor. Trascendiendo las otras vidas, la del líder tupamaro, la del bohemio, la del rehén, el posible político… El Ruso es un escritor, por sobre todo y con todo eso encima. Además es un autor prolífico, e interminable, y activo además. En el proceso de este libro salieron dos (“Con la raíz al hombro” y “Por los chiquitos que faltan”) y tuvimos que “pactar” un período de tiempo para que saliera “Un barrio llamado Rosencof” sabiendo ya que viene un par más y que quedaban pendientes (aunque insinuados en el libro) capítulos que serán históricos, como por ejemplo su voz despidiendo a Mujica.
En el libro no se hace mucho énfasis en su relación con Mujica, más allá de lo que se sabe…
Con Sendic un poco más porque creo que era un gran referente, y es cierto que no tanto en determinadas figuras claves porque se ha escrito tanto sobre ellos, y sobre historia, y sobre el pasado reciente, que decidimos apostar por contarlo pero desde la perspectiva individual. Es distinto porque muchas causas que defienden los derechos humanos, siempre se habían contado desde lo colectivo y quizás en las nuevas generaciones, en que las historias individuales adquieren un peso diferente, las causas colectivas no se entienden tanto como las historias personales. Hablamos de crímenes en la dictadura, y creo que se entiende y tiene un obvio impacto, pero estoy seguro que una persona te mira a los ojos y te cuenta cómo entraron a su casa de noche y sacaron de los pelos a su mamá y luego la mataron de un balazo en la nuca y la enterraron en un lugar pero no dijeron dónde y nunca más la viste. No es por lo explícito, ni por morbo, sino para que las palabras y los hechos reflejen la verdad a una generación que ve como algo lejano un suceso del que escucha hablar y que además comienzan a circular versiones distorsionadas, por gente que no estaba, o no sabe pero no le gusta la historia verdadera porque no va con sus creencias. Se ha puesto de moda la mentira, y cuestionar hechos demostrados que creíamos superados. Hay gente que afirma que la tierra es plana, que las vacunas previenen enfermedades, que la dictadura mató…
Los capítulos sobre la tortura y la cárcel son muy explícitos en este sentido…
El Ruso, y tantos de esa generación, a la tortura le llaman “la biaba”, y yo le hablé sobre eso. Es un término que queda cada vez más lejos de la juventud. ¿Qué es? Incluso más, para que se entienda que es la tortura, hay que describirla… Es más doloroso, seguramente, pero eso es porque es cierta. Pero más allá de eso, en política, o en la visión de aquel Uruguay, y de éste, el desafío era mostrarlo con sus ojos, con los ojos de un escritor. De un tipo sensible. Cuando escuchas hablar de la guerrilla te cuentan que en Uruguay había una democracia (incluso plena afirman por TV). Pero nadie analiza si hubo fraudes electorales, o amenazas internacionales. Te hablan de un país democrático pero no te dicen que había niños comiendo tierra para sentir algo en la panza, o que había poblaciones enteras viviendo como esclavos, no como obreros, porque no les pagaban, eran esclavos sumergidos en la pobreza y la ignorancia.
Eso va en el camino de que no se justifica la violencia…
Y menos con la perspectiva de hoy. Cada persona es hija de su tiempo. Un movimiento político en armas en una época de revoluciones y de guerras frías y con comunicaciones diferentes y polarizaciones no puede analizarse como se vería hoy. La violencia nunca se justifica, Mauricio no lo hace, se hace cargo de todo, de la que ejerció y de la que no, incluso de la que se enteró años después y también, con justicia de la reparación democrática, de la transformación republicana. Y de la importancia de la memoria. Le mataron a casi toda la familia en Auschwitz. Conoce de primera mano el dolor y las pérdidas. Hace pocos días, con una entereza de fierro a los 92 años tuvo que despedir a su amigo Pepe y seguir escribiendo poesía, buscando algo lindo en todo esto.
¿En dónde queda ese “barrio Rosencof”?
Su “Macondo”, su “Santa María”, es muy diferente porque geográficamente está hecho de pedazos de Montevideo, del Rojo cardenal patente, del club Tuyutí, del café y bar Parque de los Aliados, del ombú de Florencio Sánchez, del Centenario, de Gonzalo Ramírez, Vázquez y Garibaldi y Humaitá. Incluso de celdas, de cárceles diminutas, de cuarteles perdidos en el interior. Hay tablados pero también hay rejas. Es un barrio hecho de personas, y creo que no queda en un lugar sino en un tiempo determinado, en un Uruguay que está borroso, en blanco y negro.
¿Qué te sorprendió más en este acercamiento a Rosencof?
Su capacidad infinita de positivismo y alegría. De encontrar belleza en una celda, de escribir “La Margarita” de forma clandestina. Y de luego de ser amigo cercano de Benedetti, Galeano, Peloduro, Jaime Roos, Mujica, Huidobro, Zelmar… Y de los personajes más importantes de Uruguay, que sus referentes culturales sean el “Macho” Gutiérrez, el Tito Ferme, el Negro Varela, Doña Tota, el Gallego Menéndez. Gente de barrio. Porque eso tenemos en común. Somos gente de barrio.




