Juan Sebastián, de catorce años, se bajó de una mototaxi en una esquina de Bogotá, y le pidió al conductor que le prestara un minuto de conexión a internet. Así, combinó desde su celular con un adulto que hizo la transferencia y pagó por el servicio. Actuaba y lucía como un adolescente cualquiera. Delgado, de jeans, camiseta verde, con el pelo largo cayéndole por detrás del cuello, caminaba velozmente revelando la poca elegancia de un cuerpo en crecimiento. Llegó al Parque, esperó unos minutos, y confirmó con una vecina que estaba allí la identidad del señor que, parado sobre un cajón, le hablaba a un grupo de ciudadanos. Entonces, se le acercó al hombre por la espalda, sacó una pistola Glock de 9 mm. y le pegó varios tiros, dos de ellos en la cabeza. Juan Sebastián, que parecía solo un adolescente desgarbado, es ahora el sicario que disparó al senador.
La infancia de Juan Sebastán transcurrió en una zona de estrato medio bajo, que contaba con cierta infraestructura y acceso a la educación. Antes de cumplir los diez su mamá falleció, y su padre se fue a buscar trabajo a otro país, dejándolo con su abuela. Todo comenzó a desmoronarse, y antes de terminar la escuela ya se había entreverado con el entorno del microtráfico. Ni las redes familiares ni las de su entorno lograron amortiguar su caída. La única red que lo contuvo fue la de unos tipos cuyo negocio es la muerte.
Hoy, historias como estas comienzan a resultarnos más cercanas, tanto como esa tierra baldía, descuidada, en la que es posible que un niño se sienta más vivo al sostener un arma. Un sicario adolescente solo puede brotar en un suelo yermo en el que la existencia no obtiene los nutrientes para florecer con libertad. El mundo habla mucho de libertad, aunque en general lo hace remitiéndola a su sentido negativo, es decir, entendida como ausencia de interferencia, de restricciones a nuestra voluntad de actuar. En nuestras democracias, esa “libertad de los modernos”, como fue llamada por Benjamin Constant, protege constitucionalmente un conjunto de derechos básicos, y el despliegue de nuestro proyecto de vida frente a cualquier imposición del Estado o de otros particulares. Su importancia es radical, así como la necesidad de custodiarla y defenderla. No obstante, es insuficiente para representarnos cabalmente una vida libre. Para ello también necesitamos gozar de ciertas condiciones a partir de las cuales podamos tomar las riendas de nuestra vida. Las leyes y los derechos que salvaguardan nuestros proyectos realmente no significan tanto si no tenemos ni siquiera una posibilidad real de forjarlos, y así como salvaguardan nuestra libertad, en cierta medida también la presuponen.
La miseria tiene una faceta silenciosa, opresiva y modeladora que se revela especialmente en la escasez de alternativas. Por eso filósofos como Amartya Sen o Martha Nussbaum conceptualizan la pobreza como falta de libertad, más que como falta de recursos económicos. La miseria se erige en el corazón de las personas y comunidades que no cuentan con la capacidad de llevar adelante y combinar con libertad aquello que valoran de la vida. La posibilidad real de hacerlo depende de condiciones externas al sujeto que no son garantizadas por la posibilidad formal. Puede que haya un liceo gratuito a cien metros, pero si no puedo dejar la casa sola porque es inseguro hacerlo, o porque estoy a cargo del cuidado de mi hermano chico, que existan tanto el derecho de educarme como el propio instituto, no alcanza para hacerme de ese bien que es la educación.
Pero incluso antes de llegar al enorme problema de cómo contamos con las posibilidades efectivas, se plantea otra cuestión, relativa a ciertas condiciones internas: ¿cómo concebimos proyectos de vida que tengan valor? ¿Cómo nos hacemos capaces de imaginar acciones, relaciones y estados que conforman una vida que valga la pena ser vivida? Como ha señalado Nussbaum, poder desear nuevos objetos depende de nuestra capacidad imaginativa, pero esta se restringe ante las experiencias sistemáticas de privación. Cuando eso ocurre, las personas adaptan, aún inconscientemente, sus aspiraciones. Los horizontes de la vida se acercan y presionan la existencia a un ámbito cada vez más cotidiano y restringido en proyectos y alternativas.
Lo cierto es que solamente podemos vivir asignando valor a objetos y acciones, y eso lo logramos exclusivamente de forma mediada, en el marco de comunidades que jerarquizan y atribuyen valor a las cosas. En la interacción con otras personas significativas para nosotros, se configura aquello a lo que podemos aspirar. La libertad no resulta de elegir preferencias, metas, y objetos de una góndola del supermercado de los bienes; estos, en cambio, revelan su naturaleza a través de procesos de descubrimiento y creación que son inseparables del marco en el que crecemos, y que restringe o ensancha nuestros horizontes. Cuando otros nos comparten aquello que nutre la vida fecunda – sea un lenguaje, una actividad, un conocimiento, o una forma de mirar, comprender y vincularse – y nos hacen partícipes de algo que tiene valor para la sociedad, nos dan pistas y herramientas para experimentar un mundo que vale la pena. Para desarrollar un sentido positivo de libertad, todos necesitamos estos descubrimientos, así como el cultivo de un sentido crítico con respecto de esos propios bienes. La libertad nos desafía a pensar más allá del necesario respeto al proyecto ajeno. Sin experiencias ni personas que nos den la bienvenida a una vida socialmente valiosa, solo queda encontrar algo o alguien que de significado a la tarea de mantenerse vivo.
Regresando de Troya, y sabiendo Ulises que el canto de las sirenas era irresistible, ordenó a sus hombres que taparan sus oídos con cera para evitar que se rindieran ante su seducción. Y lo lograron. Pero ese navío tenía un puerto al que llegar, y esos hombres sueños y hogares. Para la libertad, no alcanza con combatir a los manipuladores de la miseria, sino que es preciso hacer de la vida algo que revele su valor a quienes nacen a ella.







